En algún momento del siglo II surgió en Frigia, en Asia Menor, un movimiento profético en torno a Montano y a dos destacadas profetisas, Priscila y Maximila.
Sus seguidores lo llamaban la Nueva Profecía.
Sus adversarios acabaron llamándolo herejía.
La difícil pregunta histórica es por qué.
El cristianismo ya creía en la profecía
La Iglesia primitiva no rechazó el montanismo simplemente porque los cristianos pensaran que la profecía había cesado.
El propio Nuevo Testamento habla de profetas, visiones, lenguas, discernimiento y dones espirituales. La Didaché da instrucciones para examinar a los profetas itinerantes. Los cristianos del siglo II seguían conociendo las pretensiones carismáticas.
La cuestión no era, pues:
«¿Puede Dios hablar alguna vez de manera profética después de los apóstoles?»
Era:
¿Cómo debe examinar la Iglesia una pretensión particular de inspiración profética?
Montano, Priscila y Maximila
Nuestro conocimiento procede sobre todo de adversarios y de noticias posteriores, lo cual crea un problema histórico evidente. La literatura propia del movimiento desapareció en gran parte.
Según se cuenta, Montano comenzó a profetizar en Frigia. Priscila y Maximila se convirtieron en voces proféticas de primer orden y no en simples ayudantes secundarias.
Este liderazgo femenino es una de las razones por las que el montanismo sigue siendo importante para los historiadores de las mujeres en el cristianismo primitivo.
Los críticos antiguos describieron a los profetas como personas que hablaban en estados extáticos inusuales. Es difícil reconstruir si su manera era radicalmente distinta de toda la profecía cristiana aceptada, porque las fuentes hostiles moldean gran parte de la imagen que ha sobrevivido.
Pepuza y los últimos tiempos
El movimiento llegó a asociarse con Pepuza y las regiones cercanas de Frigia. La expectativa profética vinculaba esa zona con la venida de la Nueva Jerusalén.
La espiritualidad montanista tenía un tono escatológico intenso.
Pero decir que «predijeron que el mundo acabaría en una fecha concreta» es demasiado simplista. La evidencia que ha sobrevivido apunta con más claridad a una expectativa intensificada, a una geografía sagrada y a la convicción de que se estaba desplegando la edad final del Espíritu.
Disciplina estricta
La Nueva Profecía promovía una disciplina cristiana rigurosa.
Las fuentes la asocian con:
- ayunos exigentes;
- alta estima del celibato y la continencia;
- actitudes estrictas hacia las segundas nupcias;
- fuertes expectativas de martirio y de confesión;
- enfoques severos del pecado posterior al bautismo.
Para sus partidarios, esto parecía el momento en que la Iglesia se tomaba en serio lo espiritual.
Para sus críticos, podía parecer una nueva élite profética que imponía disciplinas más allá de la autoridad apostólica.
¿Añadieron los montanistas nuevas Escrituras?
Esto exige precisión.
Los profetas montanistas pronunciaban oráculos que dentro del movimiento se consideraban autorizados. Las controversias antiguas plantearon, por tanto, la relación entre la Escritura y la revelación continua.
Pero es engañoso imaginar que Montano simplemente publicó el «libro 28 del Nuevo Testamento» y exigió que toda la Iglesia lo añadiera a la Biblia.
La frontera entre la declaración profética, la autoridad eclesial y el estatus de Escritura estaba en formación en una época en que el propio canon del Nuevo Testamento todavía no había alcanzado su forma final, recibida por todos.
Tertuliano se une al movimiento
El intelectual más famoso asociado con la Nueva Profecía es Tertuliano de Cartago.
Tertuliano ya era un importante escritor cristiano latino antes de su creciente simpatía por el rigorismo montanista. Sus escritos posteriores defienden los dones proféticos, una disciplina más estricta, el ayuno y exigentes normas morales.
Es demasiado simplista decir que todo lo que escribió Tertuliano se volvió herético cuando abrazó la Nueva Profecía. Sus obras anteriores y posteriores siguen siendo históricamente indispensables.
Su trayectoria demuestra por qué el montanismo no puede descartarse como un culto evidentemente no cristiano desde el primer momento.
Por qué se opusieron los obispos
La oposición parece haber obedecido a varias preocupaciones:
- la manera y la autoridad del discurso profético;
- pretensiones que parecían situar la nueva profecía por encima del discernimiento episcopal ordinario;
- expectativas apocalípticas centradas en Frigia;
- disciplinas rigurosas tratadas como mandatos del Espíritu;
- el temor de que el movimiento desdibujara la frontera entre la fe apostólica y la nueva revelación.
Las distintas iglesias reaccionaron en momentos distintos. El proceso no fue un decreto centralizado que llegara al instante desde Roma.
¿Era ortodoxo el montanismo en su doctrina?
En asuntos centrales como Dios y Cristo, la Nueva Profecía podía sonar mucho más cercana al cristianismo mayoritario que movimientos como el marcionismo o el gnosticismo valentiniano.
Eso es precisamente lo que hacía difícil la controversia.
Un movimiento puede afirmar buena parte del credo de la Iglesia y, a la vez, crear un problema de autoridad mediante pretensiones de nueva revelación.
Algunos grupos montanistas posteriores pudieron también desarrollar enseñanzas no idénticas a las del movimiento más antiguo, de modo que el «montanismo» a lo largo de los siglos no debe tratarse como perfectamente uniforme.
La profecía y la Iglesia institucional
Las historias más antiguas a veces contaban un relato ordenado:
el cristianismo carismático fue reemplazado por los obispos, el canon y el control institucional.
La realidad es más complicada.
Los propios obispos podían valorar la profecía. El cristianismo litúrgico y ascético seguía siendo hondamente vivencial. La respuesta de la Iglesia al montanismo no fue simplemente una victoria de la burocracia sobre el Espíritu.
La disputa era sobre el discernimiento: quién puede decir «el Espíritu dice», cómo se examina esa afirmación y si una profecía posterior puede imponer una revelación vinculante a toda la Iglesia.
Una norma útil del Nuevo Testamento
El propio Nuevo Testamento rechaza dos extremos.
San Pablo dice que no se desprecien las profecías, pero también que se examine todo. La Primera Carta de San Juan advierte a los creyentes que prueben los espíritus. Los profetas de 1 Corintios no están por encima del juicio; otros ponderan lo que se dice.
Esa combinación es importante.
El cristianismo no tiene que elegir entre la credulidad y el cese por miedo.
Veredicto final
El montanismo importó porque obligó a la Iglesia primitiva a definir los límites de la profecía continua sin negar la realidad de los dones espirituales.
Montano, Priscila y Maximila llamaron a los cristianos a una vida exigente y escatológica, y afirmaron poseer una poderosa inspiración profética. Su movimiento atrajo a creyentes serios, entre ellos Tertuliano.
Sin embargo, la Iglesia en su conjunto juzgó cada vez más que sus pretensiones proféticas y su estructura de autoridad no podían conciliarse con seguridad con la regla de fe apostólica y pública.
La lección duradera no es que «la profecía sea falsa». Es esta:
Ninguna pretensión de poseer el Espíritu queda autenticada por sí misma solo por ser intensa, sonar sobrenatural o ser moralmente rigurosa. La profecía misma debe ser examinada dentro de la fe apostólica de la Iglesia.
Fuentes principales
Fuentes primarias
- 1 Corintios 12–14; 1 Tesalonicenses 5:19–22; 1 Juan 4:1.
- Eusebio, Historia eclesiástica 5, que conserva material antimontanista.
- Epifanio, Panarion.
- Escritos posteriores de Tertuliano asociados con la Nueva Profecía.
Estudios modernos
- Véase Christine Trevett, Montanism: Gender, Authority and the New Prophecy.
- William Tabbernee, estudios sobre el montanismo y Pepuza.
- Rex D. Butler, obras sobre la Nueva Profecía y Tertuliano.
- Estudios de Cambridge sobre el montanismo, las profetisas, la escatología y el cristianismo del siglo II.