Lo que dicen los textos. El Ester hebreo, seguido por la Reina-Valera y otras traducciones protestantes, no menciona a Dios ni una sola vez; su cuidado está presente pero oculto, como en las palabras de Mardoqueo de que la liberación vendrá «de otra parte» (4:14). El libro griego añade seis pasajes: (A) el sueño de Mardoqueo, antes del capítulo 1; (B) el texto del decreto real contra los judíos, en el capítulo 3; (C) las oraciones de Mardoqueo y de Ester, en el capítulo 4; (D) la dramática entrada de Ester ante el rey, en el capítulo 5; (E) el segundo decreto del rey, en el capítulo 8; y (F) la interpretación del sueño, en el capítulo 10, seguida de una breve nota sobre la traducción. Es seguro que el griego contiene estos pasajes y el hebreo no (Muy sólida).
De dónde vienen. La nota final dice que «en el cuarto año del reinado de Ptolomeo y Cleopatra» Dositeo, que decía ser sacerdote, y su hijo trajeron la carta (probablemente a Egipto), y que la había traducido Lisímaco, hijo de Ptolomeo, que estaba en Jerusalén. Los estudiosos suelen fechar la versión griega a fines del siglo II o comienzos del siglo I a. C., aunque no es seguro a qué Ptolomeo se refiere (Moderada). No se sabe con certeza cómo ni cuándo entró cada adición en el libro griego.
Por qué importan. Las adiciones hacen explícito lo que el hebreo deja implícito. Mardoqueo ora al Señor, Dios y rey que gobierna sobre todo; Ester, antes de arriesgar su vida, ora: «Señor mío, solo tú eres nuestro rey»; y al final Mardoqueo concluye que estas cosas vinieron de Dios. El libro pasa a ser abiertamente una historia de oración y de providencia.
Lo que lee la Iglesia ortodoxa. La Iglesia ortodoxa lee Ester según la Septuaginta, con las adiciones en su lugar dentro del relato. La Iglesia católica también las cuenta como Escritura; el Concilio de Trento confirmó el libro completo. San Jerónimo, al traducir del hebreo, las trasladó al final del libro, y por eso la Vulgata y la Douay-Rheims las imprimen como Ester 10:4 a 16:24. Las Biblias católicas modernas las devuelven a su lugar con la numeración antigua o las marcan de la A a la F, como hace la New American Bible.
La práctica protestante. Las Biblias protestantes siguen el libro hebreo. Cuando imprimen las adiciones, las ponen entre los apócrifos; los Treinta y Nueve Artículos anglicanos permiten leer esos libros como ejemplo de vida e instrucción de costumbres, pero no para establecer doctrina.
Lo que cambia y lo que no. Ninguna doctrina depende de estos pasajes. Se diferencian del hebreo más en el tono que en la enseñanza: el hebreo muestra a un Dios oculto que actúa; el griego muestra al mismo Dios invocado abiertamente. Ambas versiones hablan de un Dios que guarda a su pueblo, y la Iglesia las ha leído juntas desde hace mucho.