Esta es una de las preguntas más honestas que alguien puede hacer. Si alguna vez la has rezado entre lágrimas, estás en buena compañía: el salmista lo hizo, y también la Madre Teresa.
La respuesta cristiana tiene dos partes. Primero: Dios sí se ha mostrado. «Y aquel Verbo fué hecho carne, y habitó entre nosotros» (Juan 1:14). La Encarnación no es Dios jugando a las escondidas; es Dios entrando en la habitación. (Las citas bíblicas son de la Reina-Valera 1909, salvo que se indique otra versión; los corchetes son de esa edición.)
¿Por qué no es más evidente?
Pascal observó que Dios da «suficiente luz para quienes solo desean ver, y suficiente oscuridad para quienes tienen la disposición contraria» (traducción nuestra). Una evidencia abrumadora produciría sumisión, no amor. Un Dios que apareciera en el cielo todos los martes tendría adoradores, pero no amigos.
La mirada ortodoxa
Los Padres llaman a esto la condescendencia divina (συγκατάβασις): Dios nos sale al encuentro según nuestra capacidad, no la suya. San Juan Crisóstomo usa la imagen de un padre que se agacha al nivel de un niño pequeño: no es menos amor, es más amor. El ícono, la Eucaristía, el silbo apacible y delicado: Dios se revela de maneras lo bastante pequeñas como para poder ser recibido.
Una palabra pastoral
Si ahora mismo sientes a Dios oculto, eso no es necesariamente evidencia de su ausencia. Algunos de los santos más hondos (San Juan de la Cruz, la Madre Teresa, San Silvano) atravesaron una larga oscuridad y encontraron a Cristo en ella, no más allá de ella. «Mantén tu mente en el infierno, y no desesperes».