Si lees esto en medio del duelo, debes saber que esta es una de las preguntas más hondas que puede hacerse un corazón humano, y que la respuesta cristiana es sí.
Lo que dice la Escritura
Pablo consuela a los tesalonicenses con la promesa de que se reunirán con los creyentes que han muerto: «nosotros, los que vivimos, los que quedamos, juntamente con ellos seremos arrebatados» (1 Ts. 4:17). Todo el sentido del pasaje es el reencuentro. (Las citas bíblicas son de la Reina-Valera 1909, salvo que se indique otra versión; los corchetes son de esa edición.)
Los discípulos reconocen a Jesús resucitado (Lc. 24:31; Jn. 20:16). La Transfiguración muestra a Moisés y a Elías identificables a través de los siglos (Mt. 17). Abraham, Isaac y Jacob siguen siendo ellos mismos cuando Jesús habla de ellos (Mt. 22:32). La identidad personal sobrevive a la muerte.
¿Y el matrimonio?
Jesús dice que en la resurrección no se casan ni se dan en casamiento (Mt. 22:30). Esto desconcierta a la gente: ¿significa que el amor se acaba? No. Significa que la alegría parcial del matrimonio humano queda asumida en la alegría mayor de la comunión universal con Cristo y con todos los santos. Nada bueno se pierde; todo se agranda.
C.S. Lewis: en el cielo, cada relación será más amorosa, no menos, porque cada amor quedará por fin libre del miedo, de la posesividad y de la sombra de la pérdida.
La mirada ortodoxa
La comunión de los santos no es solo una esperanza futura: es una realidad presente. Oramos ahora por nuestros difuntos queridos; pedimos ahora a los santos que oren por nosotros. El velo entre los vivos y los muertos es más delgado de lo que pensamos. La Liturgia misma une la tierra y el cielo: «Con estas bienaventuradas Potencias, oh Soberano amante de los hombres, también nosotros clamamos y decimos: Santo eres y santísimo…» (traducción nuestra)
En cada Liturgia se conmemora por su nombre a los difuntos. La Iglesia no los olvida. Tampoco Cristo.
Una palabra pastoral
Si has enterrado a alguien que amas, la esperanza cristiana no es un consuelo vago. El cuerpo que te abrazó te volverá a abrazar. La voz que dijo tu nombre lo volverá a decir. Cristo tiene las llaves de la muerte (Ap. 1:18). La muerte no tiene la última palabra: la tiene él.
Mientras tanto, ora por ellos. Enciende una vela. Recuerda su rostro. El amor no termina en una tumba.