¿Pudo Jesús haber pecado? La tentación y el Cristo sin pecado

El Nuevo Testamento dice que Jesús fue tentado en todo y, sin embargo, sin pecado. La Iglesia ortodoxa enseña que no podía pecar, porque quien quiere y obra en él es el Hijo eterno. Lo que afirman la Escritura, Calcedonia y el Sexto Concilio, cómo lo explican San Juan Damasceno y San Máximo, por qué sus tentaciones fueron reales, y la postura protestante de Charles Hodge, a la que respondió W. G.…

El Nuevo Testamento dice que Jesús fue tentado en todo como nosotros, pero sin pecado. Desde entonces los cristianos se han preguntado si pudo haber cedido.

En breve

La respuesta ortodoxa: Jesucristo no podía pecar. Quien quiere y actúa tanto en su naturaleza divina como en su naturaleza humana es el Hijo eterno de Dios. Eso no hace menos reales su libertad humana, su tentación, su sufrimiento ni su obediencia.

Los cristianos coinciden en que Jesús nunca pecó. La pregunta más difícil es si podía hacerlo. Si no podía, preguntan los críticos, ¿fueron reales sus tentaciones, y puede realmente compadecerse de quienes caen? Si podía, ¿era el Hijo de Dios capaz de volverse contra el Padre? Los Padres responden a ambas preguntas. Este artículo expone lo que dice el Nuevo Testamento, lo que definieron los concilios y por qué San Juan Damasceno y San Máximo el Confesor concluyen que el pecado era imposible para Cristo, aunque sus tentaciones fueron del todo reales; Tomás de Aquino da la misma respuesta en Occidente. También expone, a partir de sus propios escritos, la postura protestante contraria de Charles Hodge, que sostuvo que Cristo pudo haber pecado, y la réplica de su colega reformado W. G. T. Shedd, que sostuvo que no. El trasfondo está en ¿Qué es la unión hipostática?, en especial la enseñanza de que Cristo tiene una voluntad humana además de una divina, y en Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre.

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Lo que dice el Nuevo Testamento

Dos conjuntos de afirmaciones crean la pregunta. El primero dice que Jesús estuvo sin pecado. Hebreos lo describe como alguien «tentado en todo según [nuestra] semejanza, [pero] sin pecado».1 San Pablo lo llama aquel «que no conoció pecado»,2 la Primera de Pedro, aquel que «no hizo pecado»,3 y la Primera de Juan dice que «no hay pecado en él».4 En el Evangelio de Juan, Jesús desafía a sus opositores: «¿Quién de vosotros me redarguye de pecado?»5 (Las citas bíblicas son de la Reina-Valera 1909, salvo que se indique otra versión; los corchetes son de esa edición.)

El segundo conjunto dice que las tentaciones fueron reales y costosas. Después de cuarenta días de ayuno en el desierto, Jesús «después tuvo hambre», y la primera sugerencia del tentador se dirige exactamente a esa hambre: «Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se hagan pan».6 San Lucas añade que el diablo «se fué de él por un tiempo»,7 lo que implica que la prueba continuó. En Getsemaní, Jesús «comenzó á atemorizarse, y á angustiarse» y oró: «traspasa de mí este vaso; empero no lo que yo quiero, sino lo que tú».8 Hebreos saca la conclusión para los creyentes: «en cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer á los que son tentados».9 Incluso dice que «aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia».10

Un texto más complica el cuadro. Santiago escribe que «Dios no puede ser tentado de los malos», y que «cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído, y cebado».11 Si Jesús es Dios, ¿cómo pudo ser tentado? Y si la tentación suele operar por medio de los deseos erróneos propios de una persona, ¿cómo fue tentado Jesús sin ellos?

Lo que definieron los concilios

El Concilio de Calcedonia, en 451 (véase ¿Qué definió realmente el Concilio de Calcedonia?), confesó que Cristo es plenamente humano, «hecho en todo semejante a nosotros, salvo en el pecado» (traducción nuestra).12 La carta de San León Magno, que el concilio respaldó, dice lo mismo desde el otro lado: «Pues lo que el Engañador introdujo y el hombre engañado cometió, no tuvo rastro alguno en el Salvador. Y por haber participado de las debilidades del hombre, no por eso compartió nuestras faltas».13

El Tercer Concilio de Constantinopla, en 680–681, trató directamente de la voluntad. Cristo tiene una genuina voluntad humana, y esa voluntad está en armonía con la divina: «estas dos voluntades naturales no son contrarias la una a la otra (¡Dios no lo permita!) como afirman los herejes impíos, sino que su voluntad humana sigue, y no como resistiendo y renuente, sino más bien como sometida a su voluntad divina y omnipotente».14 El concilio defendía la realidad de la voluntad humana de Cristo, y por eso su enseñanza incide en esta cuestión.

Estos textos establecen que Cristo estuvo sin pecado y que su voluntad humana nunca se opuso a Dios. Los Padres sacan la conclusión que se sigue de ellos: quien quiere en Cristo es el Hijo eterno, y una voluntad humana que sigue a la divina, «no como resistiendo y renuente», no puede volverse contra ella. Cristo no solo no pecó de hecho: el pecado era imposible para él. Esta es la enseñanza de la Iglesia ortodoxa. Algunos teólogos protestantes posteriores discreparon; su postura se expone a continuación como comparación, no como otra enseñanza ortodoxa.

Por qué no podía pecar

La Iglesia ortodoxa enseña, con los Padres, que Cristo no solo estuvo sin pecado, sino que fue impecable: incapaz de pecar. La teología católica y la mayor parte de la tradición histórica coinciden. El argumento central se refiere a quién es Cristo. El pecado es un acto de una persona, y la persona en Cristo es el Hijo eterno de Dios. Que el Hijo pecara sería que Dios actuara contra sí mismo. La naturaleza humana es verdaderamente humana, pero pertenece a una persona divina y nunca se la deja obrar por sí sola.

San Juan Damasceno, en el siglo VIII, añade un punto sobre cómo funcionaba la voluntad humana de Cristo. Los seres humanos, explica, suelen llegar a las decisiones mediante un proceso de sopesar opciones que no comprenden del todo. Llama a esto juicio (en griego, gnōmē) y dice que no puede atribuirse propiamente a Cristo:

«Y no podemos, si queremos ser exactos, decir que Cristo tenía juicio (γνώμη) y preferencia. … Pero siendo el Señor no un mero hombre sino también Dios, y conociéndolo todo, no tenía necesidad de indagación, ni de investigación, ni de consejo, ni de decisión, y por naturaleza hacía suyo todo lo bueno y ajeno a él todo lo malo».

Juan Damasceno, Exposición exacta de la fe ortodoxa III.1415

San Juan Damasceno no niega que Cristo quisiera humanamente. Niega que el querer humano de Cristo implicara la deliberación incierta que hace posible una caída para nosotros.

Más adelante, en el mismo libro, explica cómo se relacionan las dos voluntades. La voluntad humana de Cristo era verdaderamente libre y verdaderamente suya, pero siempre quería lo que quería la voluntad divina: «el alma del Señor, movida por su propio libre albedrío, quería, pero quería por su libre albedrío aquellas cosas que su voluntad divina quería que quisiera». Las dos voluntades diferían, dice, «no en la inclinación, sino más bien en el poder natural».15 Nunca hubo en Cristo una segunda inclinación que pudiera tirar en contra de Dios.

En esto San Juan sigue a San Máximo el Confesor, cuya enseñanza sobre las dos voluntades confirmó el Sexto Concilio. En la Disputa con Pirro, el registro de su debate en Cartago, en 645, con el antiguo patriarca de Constantinopla, San Máximo llama voluntad gnómica al modo deliberativo en que queremos: desde la Caída vacilamos entre bienes aparentes, los sopesamos y podemos elegir mal. La voluntad humana de Cristo es plenamente humana, pero es la voluntad del Hijo, y por eso no tiene esa vacilación. «Así pues, no es posible decir que Cristo tuviera una voluntad gnómica», concluye San Máximo, porque «por naturaleza tiene inclinación al bien y aversión al mal». Atribuir a Cristo una voluntad gnómica, advierte, haría del Señor «un hombre mudable y pecador».15

Tomás de Aquino, en el siglo XIII, explica por qué Cristo asumió debilidades humanas como el hambre y el sufrimiento, pero no el pecado. Cristo, dice, «asumió nuestros defectos para satisfacer por nosotros, para probar la verdad de su naturaleza humana y para llegar a ser para nosotros un ejemplo de virtud. Ahora bien, es evidente que por estas tres razones no debió asumir el defecto del pecado».16 El pecado lo habría hecho incapaz de expiar por otros, no habría probado que era humano (puesto que el pecado no forma parte de la naturaleza humana tal como Dios la hizo) y habría destruido su ejemplo.

¿Cómo fueron entonces reales las tentaciones? San Juan Damasceno responde que Cristo «asumió al hombre entero y todos los atributos del hombre, salvo el pecado», incluidos el hambre, el cansancio, el temor y la agonía en el huerto. El maligno «lanzó su asalto desde fuera, no mediante pensamientos sugeridos desde dentro», y «el Señor rechazó el asalto y lo disipó como vapor».15 Tomás de Aquino, en Occidente, traza la misma distinción sobre el origen de una tentación. «Ahora bien, la tentación que viene de un enemigo puede darse sin pecado, porque se produce por una mera sugestión exterior. Pero la tentación que viene de la carne no puede darse sin pecado, porque tal tentación es causada por el placer y la concupiscencia». Así, «Cristo quiso ser tentado por un enemigo, pero no por la carne».17 Según esta lectura, Santiago y Hebreos no entran en conflicto. Jesús fue genuinamente tentado desde fuera, en el hambre, el temor y el sufrimiento, pero no por medio de deseos desordenados interiores, que es la clase de tentación que describe Santiago.

William G. T. Shedd, profesor de teología sistemática en el Union Theological Seminary de Nueva York, defendió la misma conclusión en 1888, usando términos latinos de la tradición más antigua. Adán era capaz de no pecar; Cristo era incapaz de pecar:

«Lo caracterizaba no solo el posse non peccare, sino el non posse peccare. No solo era capaz de vencer la tentación, sino que era incapaz de ser vencido por ella».

W. G. T. Shedd, Dogmatic Theology (en inglés), vol. 218

El resumen de Shedd distingue la naturaleza de la persona: «Cristo, aunque tenía en su constitución una naturaleza humana pecable, era una persona impecable».19

La postura protestante de que pudo haber pecado

Shedd discrepaba de uno de los teólogos más respetados de su tiempo. Charles Hodge, del Princeton Theological Seminary, adoptó la postura opuesta en su Systematic Theology. Afirmó la ausencia de pecado de Cristo tan firmemente como cualquiera, y luego negó que equivaliera a impecabilidad:

«Esta ausencia de pecado de nuestro Señor, sin embargo, no equivale a una impecabilidad absoluta. No era un non potest peccare. Si era un verdadero hombre, debió de ser capaz de pecar. … La tentación implica la posibilidad del pecado. Si por la constitución de su persona era imposible que Cristo pecara, entonces su tentación era irreal y sin efecto, y no puede compadecerse de su pueblo».

Charles Hodge, Systematic Theology (en inglés), vol. 220

El argumento de Hodge tiene dos partes. La primera se refiere a la naturaleza humana: ser verdaderamente humano es ser capaz de elegir mal, de modo que un Cristo que no pudiera pecar no sería plenamente como nosotros. La segunda se refiere a Hebreos: el punto de la carta es que Jesús puede ayudar a los tentados porque conoce la tentación desde dentro, y una tentación sin posibilidad de éxito parece, para Hodge, no ser tentación en absoluto.

Los defensores de esta postura suelen subrayar que no hace probable el pecado ni sugiere que Jesús estuviera cerca de pecar. Sostienen que su ausencia de pecado fue obediencia real, sostenida momento a momento por su dependencia del Padre y del Espíritu, y que eso es lo que la hace un ejemplo para los creyentes. La Primera de Pedro lo presenta precisamente en esos términos: Cristo padeció, «dejándonos ejemplo, para que vosotros sigáis sus pisadas», y «cuando le maldecían, no retornaba maldición».21

Respuesta a la objeción

La objeción de Hodge merece una respuesta seria, y los Padres la dan.

La enseñanza ortodoxa protege la unidad de Cristo. Si Cristo pudo haber pecado, entonces o bien el Hijo de Dios pudo haber pecado, lo que niega su divinidad, o bien el que pudo haber pecado era alguien distinto del Hijo, lo que divide a Cristo en dos personas. Esa es exactamente la división que los concilios rechazaron.

La postura de Hodge pretende proteger la realidad de las tentaciones y de la promesa de compasión de Hebreos. Pregunta qué significa la tentación si ceder nunca fue posible.

La respuesta tiene dos partes. La primera es la distinción que ya trazan San Juan Damasceno y Tomás: las tentaciones de Cristo fueron sufrimientos y presiones reales, procedentes de fuera, aunque no encontraran en él nada que deseara el mal. El mismo Jesús dice, poco antes de su arresto, que «viene el príncipe de este mundo; mas no tiene nada en mí».22 La segunda es un argumento que suele hacerse en su defensa: quien nunca cede enfrenta toda la fuerza de una tentación, mientras que quien cede pronto nunca siente cuán fuerte puede llegar a ser. Según esta postura, el Cristo sin pecado conoce la tentación más plenamente que nadie. No poder pecar no hizo fácil su lucha.

Los defensores de Hodge replican que la posibilidad pertenece a la naturaleza humana, no a la persona divina, y que el propósito de Dios garantizaba el resultado sin quitar la libertad. La réplica de Shedd fue que quien actúa es la persona, de modo que una posibilidad que esa persona nunca podría actualizar no es una posibilidad real suya. Esa es también la respuesta ortodoxa: no pecan las naturalezas, sino las personas, y la persona de Cristo es el Hijo de Dios.

Queda la inquietud de que una voluntad incapaz de pecar no es libre. Los Padres responden que la voluntad humana de Cristo era libre y elegía el bien por su propio movimiento natural. Tomás da la misma respuesta en Occidente. Compara a Cristo con los santos en el cielo, cuya libertad no se pierde sino que se perfecciona: «La voluntad de Cristo, aunque determinada al bien, no está determinada a este o aquel bien. Por eso corresponde a Cristo, como a los bienaventurados, elegir con un libre albedrío confirmado en el bien».23 La libertad de pecar es una limitación de la libertad creada, no su esencia.

El desacuerdo con Hodge es más estrecho de lo que parece al principio. Ambas partes afirman que Cristo nunca pecó, que fue plenamente humano, que sus tentaciones fueron reales y que puede compadecerse de los tentados. Difieren en lo que esas afirmaciones exigen, y la Iglesia ortodoxa sostiene que exigen un Cristo que no podía pecar.

Por qué importa la pregunta

La pregunta importa para la salvación, no solo para la especulación. El principio de San Gregorio Nacianceno, expuesto en ¿Por qué Dios se hizo hombre?, es que lo que Cristo no asumió, no lo sanó. La voluntad humana es donde la humanidad se apartó de Dios. Si Cristo tomó una voluntad humana y la mantuvo obediente a través del hambre, el temor y la muerte, entonces la sanación de la voluntad ha ocurrido primero en él. Hebreos extrae además una conclusión pastoral: puesto que tenemos un sumo sacerdote que fue tentado, «Lleguémonos pues confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia, y hallar gracia para el oportuno socorro».24 El Hijo encarnado no podía pecar, y esa es una buena noticia: la sanación de nuestra voluntad descansa en una victoria que no podía fallar, ganada a través de una tentación real, un sufrimiento real y una obediencia humana libre y completa.

Lo que podemos decir con confianza

El Nuevo Testamento afirma tanto que Jesús fue genuinamente tentado como que estuvo sin pecado. La Definición de Calcedonia lo confiesa «hecho en todo semejante a nosotros, salvo en el pecado» (traducción nuestra), y el Tercer Concilio de Constantinopla enseña que su voluntad humana era real y no era contraria a la divina. Cristo no podía pecar. Esa es la enseñanza de la Iglesia ortodoxa: San Juan Damasceno y San Máximo el Confesor le niegan la deliberación incierta, «gnómica», por la cual caen los seres humanos, y la teología católica coincide, pues Tomás describe su voluntad como confirmada en el bien. Algunos teólogos protestantes, de los cuales Charles Hodge es el más conocido, han sostenido que era capaz de pecar pero no pecó; la Iglesia ortodoxa no comparte esa postura.

Otras posturas y cuestiones abiertas

Si Cristo era capaz de pecar. No es una cuestión abierta para la Iglesia ortodoxa, que enseña con los Padres que no podía; la teología católica coincide. Algunos teólogos protestantes, entre ellos Hodge, han sostenido que sí podía. La postura de Hodge se incluye para explicar ese debate, no como una opción ortodoxa.

Qué hizo reales sus tentaciones. Los Padres sitúan su realidad en el asalto exterior y en el hambre, el temor y el sufrimiento que Cristo verdaderamente soportó; los autores protestantes que siguen a Hodge piensan que una tentación real requiere una posibilidad real de ceder.

Cómo se relaciona la voluntad humana de Cristo con su conocimiento. San Juan Damasceno vincula la libertad de Cristo respecto de la incertidumbre deliberativa con su conocimiento divino; los teólogos que enfatizan los límites del conocimiento humano de Cristo, como en Marcos 13:32, describen su elección humana de otra manera.

Notas

  1. Hebreos 4:15. En la edición en inglés, la Escritura se cita de la World English Bible (dominio público). ↩
  2. 2 Corintios 5:21. ↩
  3. 1 Pedro 2:22. ↩
  4. 1 Juan 3:5. ↩
  5. Juan 8:46. ↩
  6. Mateo 4:2–3. ↩
  7. Lucas 4:13. ↩
  8. Marcos 14:33, 36. ↩
  9. Hebreos 2:18. ↩
  10. Hebreos 5:8. ↩
  11. Santiago 1:13–14. ↩
  12. Concilio de Calcedonia (451), Definición de fe, trad. Henry Percival, NPNF 2.ª serie, 14 (1900), newadvent.org/fathers/3811.htm. ↩
  13. León Magno, Carta 28 (el Tomo), §III, trad. Charles Lett Feltoe, NPNF 2.ª serie, 12 (1895), newadvent.org/fathers/3604028.htm. ↩
  14. Tercer Concilio de Constantinopla (680–681), Definición de fe, trad. Percival, newadvent.org/fathers/3813.htm. ↩
  15. Juan Damasceno, Exposición exacta de la fe ortodoxa III.14, 18 y 20, trad. E. W. Watson y L. Pullan, NPNF 2.ª serie, 9 (1899), newadvent.org/fathers/33043.htm. Máximo el Confesor, The Disputation with Pyrrhus, trad. inglesa de Joseph P. Farrell (1990), pasajes sobre la voluntad gnómica. Las citas en español de ambos autores son traducción nuestra. ↩
  16. Tomás de Aquino, Suma teológica III, q. 15, a. 1, trad. Fathers of the English Dominican Province (2.ª ed. rev., 1920), newadvent.org/summa/4015.htm. ↩
  17. Aquino, Suma teológica III, q. 41, a. 1, respuesta a la objeción 3, newadvent.org/summa/4041.htm. ↩
  18. William G. T. Shedd, Dogmatic Theology, vol. 2 (New York: Charles Scribner's Sons, 1888), p. 330, cap. V, Christ's Impeccability; leído en el escaneo de archive.org. ↩
  19. Shedd, Dogmatic Theology, vol. 2, p. 333. En la p. 332 Shedd cita las palabras de Hodge, citadas más abajo, y discrepa de ellas. ↩
  20. Charles Hodge, Systematic Theology, vol. 2 (publicado por primera vez en 1872), p. 457; leído en el escaneo de archive.org de una impresión de Charles Scribner's Sons. ↩
  21. 1 Pedro 2:21, 23. ↩
  22. Juan 14:30. ↩
  23. Aquino, Suma teológica III, q. 18, a. 4, respuesta a la objeción 3, newadvent.org/summa/4018.htm. La objeción a la que responde Aquino afirma que la voluntad de Cristo estaba determinada al bien puesto que no podía pecar, citando su propia discusión anterior. ↩
  24. Hebreos 4:16. ↩

Bibliografía

Escritura

  • World English Bible. Dominio público.

Escritores antiguos y medievales, concilios

  • Concilio de Calcedonia, Definición de fe (451); Tercer Concilio de Constantinopla, Definición de fe (680–681). Traducción de Henry Percival. NPNF, 2.ª serie, vol. 14. 1900.
  • Juan Damasceno. Exposición exacta de la fe ortodoxa. Traducción de E. W. Watson y L. Pullan. NPNF, 2.ª serie, vol. 9. 1899.
  • León Magno. Carta 28, a Flaviano. Traducción de Charles Lett Feltoe. NPNF, 2.ª serie, vol. 12. 1895.
  • Máximo el Confesor. The Disputation with Pyrrhus (en inglés). Traducción de Joseph P. Farrell. 1990.
  • Tomás de Aquino. Suma teológica, Tercera Parte. Traducción de los Fathers of the English Dominican Province. 2.ª ed. rev. 1920.

Teólogos modernos

  • Hodge, Charles. Systematic Theology. 3 vols. New York: Charles Scribner, 1871–1873. Vol. 2.
  • Shedd, William G. T. Dogmatic Theology. Vol. 2. New York: Charles Scribner's Sons, 1888.

Registro editorial de verificación

AfirmaciónFuente consultadaConfianza
Todas las citas de la Escritura, de los concilios, de los Padres y de AquinoPáginas en las notas; banco verificadoMuy alta (literal)
Citas de Hodge y SheddTexto OCR de archive.org de los volúmenes impresos, verificado con verify-bank.mjsMuy alta (literal; se volvió a unir la separación silábica de fin de línea del OCR)
Shedd cita el pasaje de Hodge y discrepa de élShedd, vol. 2, p. 332, nota al pieMuy alta
San Juan Damasceno: no hay gnōmē en Cristo; su voluntad humana quería lo que quería la divina; la tentación vino de fueraExposición exacta III.14, 18, 20, newadvent.org/fathers/33043.htmMuy alta (literal en inglés; traducción nuestra)
San Máximo: Cristo no tuvo voluntad gnómica; una voluntad gnómica haría de él «un hombre mudable y pecador»Disputa con Pirro, trad. inglesa de Farrell, cotejada con un extracto publicado de esa traducciónAlta (literal según el extracto; traducción nuestra)
La impecabilidad es la enseñanza ortodoxa y la postura mayoritaria en la teología históricaShedd, vol. 2, p. 332, dice que los credos y los teólogos en general la han afirmado; Aquino y San Juan Damasceno como se citanAlta (una caracterización general)
Hodge enseñó en el Princeton Theological Seminary; Shedd, en el Union Theological Seminary de Nueva YorkInformación biográfica estándar; portada de Shedd (1888)Alta
Aquino: la voluntad de Cristo está determinada al bien y elige con un libre albedrío confirmado en el bienSuma teológica III, q. 18, a. 4, objeción 3 y respuestaMuy alta
El argumento de que quien nunca cede siente toda la fuerza de una tentaciónPresentado como un argumento de los defensores de la impecabilidad, no atribuido a un autor concretoInterpretación

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