Detrás de esta pregunta hay un temor silencioso: ¿y si Aquel que está al mando no es de fiar? La Escritura toma en serio ese temor. Los Salmos lo gritan. Job lo vive.
La respuesta cristiana no es una prueba filosófica de bondad: es un rostro. «El cual es la imagen del Dios invisible» (Col. 1:15). Cuando queremos saber cómo es Dios, miramos a Jesús lavando pies, llorando ante una tumba, negándose a llamar a legiones de ángeles y sangrando por quienes se burlaban de él. La omnipotencia de Dios se define por el Calvario, y no al revés. (Las citas bíblicas son de la Reina-Valera 1909, salvo que se indique otra versión; los corchetes son de esa edición.)
La mirada ortodoxa
Los Padres insisten en que los «atributos» de Dios no son partes de él. San Gregorio Palamás enseña que la bondad, el amor y el poder no son separables en Dios: encontrarse con su poder es encontrarse con su amor. Por eso la Iglesia antigua podía hablar de un Rey que reina desde el madero: San Justino Mártir leía el Salmo 96 (95):10 como «el Señor reinó desde el madero» (traducción nuestra).
Las voces modernas
Tim Keller lo expresó bien: un dios de puro poder sería aterrador; un dios de puro amor sería inútil frente al mal; solo a un Dios que es ambas cosas podemos confiarle nuestro sufrimiento. C.S. Lewis añadió que Aslan no es seguro, pero es bueno, y esa diferencia lo es todo.
Si la bondad de Dios todavía te parece lejana, empieza donde empezaron los discípulos: al pie de la cruz. La prueba es una Persona.