La pregunta por los «no evangelizados» es una de las más antiguas del pensamiento cristiano. El testimonio bíblico nos da varios principios.
Dios es verdaderamente justo
Abraham pregunta: «El juez de toda la tierra, ¿no ha de hacer lo que es justo?» (Génesis 18:25). El Dios de la Escritura no condena a nadie por haber nacido en el lugar equivocado en el momento equivocado. En Romanos 2:14–16, San Pablo escribe que quienes nunca oyeron la ley muestran «la obra de la ley escrita en sus corazones», y serán juzgados en consecuencia. (Las citas bíblicas son de la Reina-Valera 1909, salvo que se indique otra versión; los corchetes son de esa edición.)
La revelación general es real y accesible
El orden creado mismo da testimonio de Dios (Romanos 1:18–20). Toda cultura ha luchado con la conciencia, la belleza y el anhelo de trascendencia. C. S. Lewis argumentó que los «anhelos de gozo» (traducción nuestra) universales en todas las culturas, y el sentido universal del bien y del mal, son en sí mismos una especie de predicación de Dios a todo corazón.
Cristo es el Logos por medio del cual llega todo acto de luz
Este es un énfasis muy ortodoxo (San Justino Mártir, San Máximo el Confesor): Cristo es el Logos eterno en quien participa toda verdad. Todo bien genuino que una persona alcanza por la luz que tiene, lo alcanza por Cristo, aun cuando no haya oído su nombre. Esto no reduce el cristianismo a un universalismo; lo dignifica como el cumplimiento de toda búsqueda sincera.
La pregunta no es una objeción: es un encargo
Si Dios es verdaderamente justo con los no evangelizados, la tarea de la Iglesia no es desesperar de ellos, sino llevarles la plenitud de la verdad que solo han vislumbrado.