Esta pregunta suele dividir a los cristianos carismáticos y a los no carismáticos. Cada grupo tiene algo que darle al otro.
Lo que enseña el Nuevo Testamento
1 Corintios 12–14 enumera varios dones dados por el Espíritu (sabiduría, conocimiento, fe, sanidad, milagros, profecía, lenguas, interpretación), dados «para provecho» común de la Iglesia. Pablo no anuncia ninguna fecha de caducidad.
Santiago 5:14–16 indica a los cristianos enfermos que llamen a los presbíteros para que oren por ellos y los unjan con aceite. Esa práctica ha continuado sin interrupción en las Iglesias ortodoxa y católica durante dos mil años (el Misterio de la Santa Unción).
La postura «cesacionista»
Algunos protestantes reformados sostienen que los dones milagrosos cesaron una vez completado el canon del Nuevo Testamento, y citan 1 Cor. 13:10 («cuando venga lo que es perfecto»). Pero esa lectura se discute incluso dentro de la erudición reformada, y es difícil conciliarla con el registro histórico: los dones sencillamente no se detuvieron. (Las citas bíblicas son de la Reina-Valera 1909, salvo que se indique otra versión; los corchetes son de esa edición.)
Lo que la historia muestra en realidad
San Agustín, que al principio pensaba que los milagros habían cesado, cambió de opinión después de presenciar en persona algunas sanaciones; las documenta extensamente en La ciudad de Dios XXII.8. Los Padres del desierto, las vidas de incontables santos (San Serafín de Sarov, San Juan de Kronstadt, San Nectario) y la tradición ortodoxa dan noticia de milagros continuos: sanaciones, profecías, discernimiento, incluso resurrecciones de muertos.
Los dones nunca se detuvieron. Siempre han sido señales de la presencia de Dios en su Iglesia.
La renovación pentecostal y carismática
Desde el avivamiento de la calle Azusa (1906), buena parte del protestantismo mundial ha recuperado una atención explícita a las lenguas, la profecía y la sanidad. Hay fruto genuino: un crecimiento misionero explosivo, conversiones, sanaciones reales. También hay caos, manipulación y falsa profecía. Pablo abordó ambas cosas ya en Corinto (1 Cor. 14).
El discernimiento importa
El mismo don que edifica a la Iglesia puede ser falsificado o fabricado por uno mismo. «...probad los espíritus» (1 Juan 4:1). Los carismas genuinos:
- Sirven al amor (1 Cor. 13). Si un don envanece a quien lo tiene, algo anda mal.
- Resisten el examen (1 Cor. 14:29). La verdadera profecía es sopesada por la Iglesia.
- Señalan a Cristo, no a quien ejerce el don.
- Producen santidad, no espectáculo.
En cuanto a las lenguas
En Hechos 2, las lenguas de Pentecostés eran idiomas extranjeros identificables: una señal para los de fuera. En 1 Cor. 14, Pablo se refiere a lo que parece ser un lenguaje privado de oración, útil para la devoción personal pero que debe usarse con cuidado en el culto público. Ambos fenómenos existen en la experiencia cristiana.
En cuanto a la sanidad
Los dos volúmenes de Miracles de Craig Keener reúnen un gran número de sanaciones y otros milagros reportados en todo el mundo, algunos con documentación médica. La evidencia es mucho más sólida de lo que la corriente escéptica dominante suele admitir. Al mismo tiempo, no toda oración por sanidad recibe como respuesta la sanidad, y a veces la sanación más honda es la del alma, no la del cuerpo. El «aguijón en mi carne» de Pablo no le fue quitado.
La mirada ortodoxa
Los Padres no niegan los dones; subrayan el don más hondo que hay detrás de ellos: la comunión con el Espíritu Santo. San Serafín de Sarov dijo que la verdadera meta de la vida cristiana es «la adquisición del Espíritu Santo» (traducción nuestra). Los dones brotan de la unión con Cristo. Búscalo a él, y los dones vendrán como él quiera (1 Cor. 12:11).
La Santa Unción se ofrece hasta hoy en toda parroquia ortodoxa. Hay personas que sanan. La Iglesia no lo anuncia; el Espíritu simplemente hace lo que hace.
Una palabra pastoral
No dejes que la discusión teológica te impida pedirle a Dios los dones que necesitas. No dejes que el entusiasmo te aparte de la sana doctrina. Mantente cerca de la Iglesia, de los sacramentos y de las Escrituras, y deja que el Espíritu dé lo que da: cuando, donde y como él quiera. Nunca ha dejado de obrar en su Iglesia.