Visto desde fuera, encender velas y pedirle a la Madre de Dios que ore por ti puede parecer idolatría. La práctica real es mucho más sencilla.
La distinción clave
La adoración (latría) corresponde solo a Dios. La veneración (dulía) se da a quienes reflejan su gracia, y la veneración más alta (hiperdulía) a María, que llevó a Dios en su cuerpo. Honramos a los padres, a los maestros, a los soldados, y eso no es adoración. La Iglesia honra a los santos de la misma manera, solo que en mayor grado.
Cuando «oramos a» un santo, la palabra «orar» conserva su sentido más antiguo: pedir, rogar. Los personajes de Shakespeare, en inglés, se piden favores unos a otros con un «I pray you» («te ruego»). Les pedimos a los santos que oren por nosotros, igual que se lo pedirías a tu hermana o a un amigo de confianza.
Por qué esto tiene sentido
Hebreos 12:1: «teniendo en derredor nuestro una tan grande nube de testigos». Apocalipsis 5:8: los ancianos en el cielo tienen «copas de oro llenas de perfumes, que son las oraciones de los santos». Apocalipsis 8:3–4: un ángel ofrece las oraciones de los santos delante del trono de Dios. Los santos en el cielo están orando. La Iglesia en la tierra les pide que sigan orando por nosotros. (Las citas bíblicas son de la Reina-Valera 1909, salvo que se indique otra versión; los corchetes son de esa edición.)
Si alguna vez le has pedido a un hermano en la fe de tu iglesia que ore por tu madre enferma, ya has hecho algo del mismo tipo que lo que hacen los ortodoxos, solo que con una familia un poco más grande, que incluye a los santos de todos los siglos.
La honra única de María
Isabel, llena del Espíritu, llama a María «Bendita tú entre las mujeres» (Lucas 1:42). María misma profetiza: «me dirán bienaventurada todas las generaciones» (Lucas 1:48). La Iglesia lleva dos mil años haciendo exactamente eso.
El Concilio de Éfeso (431) declaró a María Theotokos (Madre de Dios) —la que dio a luz a Dios— para proteger una enseñanza sobre Cristo: si su Hijo es Dios, ella es la madre de Dios. La honra que se da a María es siempre cristológica. Señala quién es Jesús.
Lo que no hacemos
No oramos a los santos en lugar de Cristo. Toda oración va, en última instancia, al Padre, por el Hijo, en el Espíritu Santo. Los santos son intercesores, no sustitutos. Convertir a un santo en rival de Cristo sería traicionar el deseo más hondo del propio santo: que conozcas a Jesús.
La mirada ortodoxa
Entra en una iglesia ortodoxa y te verás rodeado de íconos de los santos, porque los santos de verdad te rodean. La Liturgia une el cielo y la tierra: «Con estas bienaventuradas Potestades, oh Soberano amante de los hombres, también nosotros clamamos y decimos…» (traducción nuestra). No adoramos solos; nos unimos al coro eterno que comenzó mucho antes que nosotros y seguirá cantando mucho después.
Una palabra pastoral
Si pedirle a María sus oraciones te resulta extraño, no tienes que empezar por ahí. Empieza por Cristo. Los santos no se ofenderán: cada uno de ellos te dirá lo que dijo Juan el Bautista: «A él conviene crecer, mas á mí menguar.»
Y si alguna vez el duelo o la soledad te hacen anhelar una familia más allá de lo que puedes ver, recuerda: en Cristo tienes una familia enorme al otro lado del velo. Están orando por ti. Te están animando. No estás solo.