La enseñanza suena dura hasta que miras el mundo (y tu propio corazón). Entonces suena a una descripción de la realidad.
Lo que todos observamos
Los seres humanos llegan al mundo inclinados al egoísmo, capaces de crueldad, incapaces de vivir a la altura de sus propios ideales. Nadie tiene que enseñarle a un niño pequeño a mentir o a arrebatar. Algo ha salido muy mal en nosotros, antes de que se tome ninguna decisión individual. El enigma no es si algo está roto; es cómo nombrarlo.
El cuadro bíblico
Génesis 3: la desobediencia de Adán y Eva introduce la muerte, el alejamiento de Dios, la vergüenza, las relaciones fracturadas y una herida de la imagen divina en la humanidad. Pablo desarrolla esto en Romanos 5:12–21 y 1 Cor. 15:21–22: «en Adam todos mueren... en Cristo todos serán vivificados». (Las citas bíblicas son de la Reina-Valera 1909, salvo que se indique otra versión; los corchetes son de esa edición.)
Toda la raza humana está en algún tipo de solidaridad con Adán, y ahora se le ofrece una nueva solidaridad en Cristo.
Dos maneras de leerlo
Occidental (agustiniana, católica, protestante): la humanidad hereda la naturaleza caída de Adán y, en las formulaciones agustinianas y protestantes clásicas, su culpa (el Catecismo católico llama al pecado original un estado, no una falta personal). A menudo va unida al lenguaje de la «culpa original»: nacemos condenados, incapaces de salvarnos a nosotros mismos, necesitados del bautismo y de la gracia para la salvación.
Ortodoxa: heredamos la mortalidad de Adán, su naturaleza herida, su propensión a las pasiones y a la muerte, pero no su culpa personal. Nacemos enfermos, no condenados. La imagen de Dios en nosotros está herida, pero no borrada. Cometemos nuestros propios pecados a causa de nuestra naturaleza herida; no se nos tiene por culpables de lo que hizo Adán.
A esto se le llama a veces la diferencia entre el marco agustiniano y el del «pecado ancestral». El P. John Romanides defendió con fuerza la lectura oriental.
«¿Es justo?»
El marco oriental desactiva en buena medida la pregunta. No se te tiene por culpable de lo que hizo otro. Sí heredas, en cambio, una naturaleza quebrantada en un mundo quebrantado, del mismo modo que los hijos de un alcohólico heredan un ambiente familiar más duro que no eligieron, o que los niños nacidos en un país desgarrado por la guerra heredan consecuencias que no causaron personalmente.
Eso no es justicia ni injusticia; así funciona la solidaridad. Los seres humanos no somos átomos aislados. Estamos estrechamente interconectados, para bien y para mal. La caída de Adán cambió la familia en la que nacimos. La resurrección de Cristo la cambia de nuevo.
La buena noticia
Cristo es el Nuevo Adán (Rom. 5; 1 Cor. 15). Lo que Adán rompió, Cristo lo sana. Lo que Adán perdió, Cristo lo recupera, y devuelve más de lo que se perdió. El bautismo es nuestra entrada en la muerte y la resurrección de Cristo; la imagen de Dios en nosotros comienza a ser restaurada; comienza el camino de la theosis (llegar a ser semejantes a Dios).
El himno pascual ortodoxo: «Cristo ha resucitado de entre los muertos, pisoteando la muerte con la muerte, y a los que están en los sepulcros otorgando la vida» (traducción nuestra). Esa es la respuesta al pecado original. La muerte misma ha sido pisoteada.
C. S. Lewis sobre la doctrina
Lewis llamó al cristianismo «una religión de lucha»: Dios hizo el mundo, los seres humanos lo han echado a perder y hay una guerra real en curso. El pecado original nombra el deterioro; el Evangelio nombra el desenlace de la guerra.
La mirada ortodoxa
Todo recién nacido carga con las consecuencias de la Caída: la mortalidad, la inclinación a las pasiones, un mundo desordenado por el pecado. Pero ningún recién nacido nace culpable. El bautismo no borra una culpa personal que el bebé nunca tuvo; injerta al niño en la vida de la resurrección de Cristo, fortalece la naturaleza herida y da comienzo al camino de sanación.
San Atanasio, Sobre la encarnación: «Él se hizo hombre para que nosotros llegáramos a ser dios». La Caída es real. La sanación es mayor.
Una palabra pastoral
Si alguna vez te has sentido roto antes de elegir estarlo (enojado sin proporción, egoísta, ansioso, avergonzado sin saber por qué), el cristianismo lleva dos mil años describiendo ese sentimiento. No estás loco. No estás sin esperanza. El mismo Señor que entró en la mortalidad de Adán entró en la tuya, y la está deshaciendo desde dentro, día a día, aliento a aliento.