Cristianos y musulmanes comparten ciertas creencias que conviene reconocer con honestidad. Ambos creen en un solo Dios, el juicio final, los ángeles, la oración, el ayuno, la responsabilidad moral, la revelación divina y la importancia profética de Jesús. Los musulmanes suelen hablar de Jesús con reverencia. Lo llaman el Mesías. Afirman su nacimiento virginal. Creen que realizó milagros. Creen que volverá.
Ese terreno común es real.
Pero terreno común no es lo mismo que fe común.
La pregunta central no es si el islam dice cosas respetuosas sobre Jesús. Las dice. La pregunta es si el islam continúa la fe predicada por los apóstoles de Jesucristo. Y cuando se comparan las afirmaciones concretas, la respuesta es ineludible: el islam no es una continuación del cristianismo apostólico.
Es un sistema religioso posterior que reinterpreta a Jesús mientras niega el corazón del evangelio apostólico.
El cristianismo no se apoya meramente en la creencia en un solo Dios, el respeto a los profetas o la seriedad moral. El cristianismo se apoya en una proclamación concreta: Jesucristo es el Hijo eterno de Dios hecho carne, verdaderamente crucificado bajo Poncio Pilato, verdaderamente sepultado, verdaderamente resucitado de entre los muertos y el único Salvador del mundo.
El islam niega precisamente los acontecimientos y las doctrinas que los apóstoles llamaron esenciales.
Eso no es un desacuerdo pequeño. Es otro evangelio.
El Nuevo Testamento no presenta la fe cristiana como un mensaje inconcluso que aguarda siglos para ser corregido. San Judas amonesta a los creyentes «que contendáis eficazmente por la fe que ha sido una vez dada á los santos» (Judas 1:3). San Pablo dice que entregó lo que había recibido: «Que Cristo fué muerto por nuestros pecados, conforme á las Escrituras; Y que fué sepultado, y que resucitó al tercer día» (1 Corintios 15:3–4).
Ese lenguaje importa.
La fe fue entregada. El evangelio fue recibido. El mensaje apostólico fue transmitido. A los cristianos no se les dijo que esperaran a un profeta posterior que corrigiera su comprensión de Jesús. Se les ordenó guardar el evangelio ya predicado. (Las citas bíblicas son de la Reina-Valera 1909, salvo que se indique otra versión; los corchetes son de esa edición.)
San Pablo advierte incluso a los gálatas: «Mas aun si nosotros ó un ángel del cielo os anunciare otro evangelio del que os hemos anunciado, sea anatema» (Gálatas 1:8).
Esa advertencia es directamente pertinente para cualquier pretensión religiosa posterior que revise el evangelio apostólico.
El islam afirma confirmar la revelación anterior. Pero cuando habla de Jesús, no se limita a confirmar el Nuevo Testamento. Lo contradice.
Los apóstoles predicaron que Jesús es mucho más que un profeta. El Evangelio de Juan comienza identificándolo como el Verbo eterno: «En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios» (Juan 1:1). Santo Tomás confiesa al Cristo resucitado como «¡Señor mío, y Dios mío!» (Juan 20:28). San Pablo dice que Cristo existía en forma de Dios antes de tomar forma de siervo (Filipenses 2:6–7). Hebreos llama al Hijo «el resplandor de su gloria, y la misma imagen de su sustancia» (Hebreos 1:3).
Esto no es teología medieval tardía proyectada hacia atrás. La devoción a Jesús como divino aparece en el movimiento cristiano más temprano. Estudiosos como Larry Hurtado sostuvieron que la adoración y la devoción dirigidas a Jesús surgieron de manera notablemente temprana dentro de la primera generación de cristianos.
El islam rechaza esto. El Corán advierte a los cristianos que no digan «Tres», rechaza la filiación divina e insiste en que Dios ni engendra ni es engendrado (Corán 4:171; 112:1–4). El islam honra a Jesús como Mesías y mensajero, pero no como Dios Hijo encarnado.
Eso crea una contradicción directa.
El cristianismo dice que Jesús es el Hijo eterno de Dios hecho carne. El islam dice que es un profeta, pero no divino.
Ambas cosas no pueden ser verdad.
La contradicción se vuelve aún más aguda con la crucifixión.
La crucifixión de Jesús es uno de los hechos históricos más sólidos sobre su vida. La afirman los cuatro Evangelios, San Pablo, la predicación cristiana primitiva y fuentes no cristianas. Tácito, escribiendo a principios del siglo II, se refiere a Cristo ejecutado bajo Poncio Pilato durante el reinado de Tiberio. Josefo también se refiere a Jesús, aunque los estudiosos debaten el texto exacto del famoso pasaje por la probable edición cristiana.
Incluso muchos estudiosos escépticos aceptan la crucifixión como históricamente cierta. Esto no es solo una doctrina cristiana. Es un acontecimiento histórico con atestación temprana, múltiple e independiente.
El islam la niega.
El Corán 4:157 dice de Jesús: «no le mataron ni le crucificaron, sino que les pareció así» (trad. de Julio Cortés).
Esto crea un problema histórico serio.
Por un lado, tenemos fuentes cristianas del siglo I, la tradición credal primitiva, el testimonio romano, el testimonio judío y un amplio acuerdo entre los estudiosos de que Jesús fue crucificado. Por el otro, tenemos un texto religioso del siglo VII que niega el hecho unos seiscientos años después.
Eso no es continuidad. Es revisión.
Un musulmán podría responder: «Pero el mensaje cristiano fue corrompido antes de Mahoma». Pero esa afirmación tiene que ponerse a prueba históricamente. ¿Dónde está la evidencia de que los seguidores originales de Jesús negaron la crucifixión, negaron la resurrección, negaron su identidad divina y creyeron algo más cercano al islam?
La evidencia no apunta en esa dirección.
Las cartas de San Pablo son anteriores a los Evangelios escritos, y ya proclaman a Cristo crucificado, resucitado, exaltado y adorado. El credo de 1 Corintios 15:3–7 es ampliamente reconocido como una tradición temprana que San Pablo recibió, no algo que inventó décadas más tarde. Ya contiene la muerte, la sepultura, la resurrección y las apariciones de Cristo.
En otras palabras, el «Jesús islámico» no aparece en las fuentes cristianas más tempranas. El Señor crucificado y resucitado, sí.
La resurrección es igualmente decisiva.
El cristianismo no enseña meramente que Jesús fue rescatado, vindicado o llevado por Dios. Enseña que verdaderamente murió, fue verdaderamente sepultado y verdaderamente resucitó corporalmente de entre los muertos. San Pablo dice con claridad: «Y si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe» (1 Corintios 15:14).
Esa es la propia prueba del cristianismo.
Si Cristo no resucitó, el cristianismo se derrumba.
Pero si el islam niega la crucifixión, destruye necesariamente el sentido apostólico de la resurrección. Si Jesús no fue crucificado y no murió, entonces no resucitó de entre los muertos en el sentido cristiano. Pudo haber sido elevado, protegido u honrado, pero ese no es el evangelio que los apóstoles predicaron.
Los apóstoles no predicaron: «Jesús escapó de la muerte».
Predicaron: «Cristo fué muerto por nuestros pecados... fué sepultado... resucitó».
Esa diferencia lo es todo.
El islam también niega el significado salvífico de la cruz. En el cristianismo, la cruz no es un accidente, una vergüenza ni una derrota. Es el centro de la obra salvadora de Dios. Jesús dice que vino a «dar su vida en rescate por muchos» (Marcos 10:45). San Juan el Bautista lo llama «el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Juan 1:29). San Pablo dice: «nosotros predicamos á Cristo crucificado» (1 Corintios 1:23). San Pedro dice que Cristo «llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero» (1 Pedro 2:24).
La cruz no es una doctrina secundaria. Es el corazón del evangelio.
El islam rechaza eso. En la teología islámica, Jesús no muere como el Hijo encarnado que se ofrece por los pecados del mundo. La salvación no se funda en la unión con la muerte y la resurrección de Cristo. La cruz no es la victoria de Dios sobre el pecado y la muerte.
Eso significa que el islam no solo discrepa de los cristianos sobre un acontecimiento. Rechaza el acto salvador central del cristianismo.
Un crítico podría decir: «Pero el islam sigue creyendo en Jesús, ¿no forma parte de la misma tradición abrahámica?».
Depende de lo que se entienda por «abrahámica». Históricamente, el islam está emparentado con las tradiciones judía y cristiana. Usa figuras bíblicas, apela a Abraham, habla de Moisés y de Jesús, y afirma continuidad con la revelación anterior.
Pero la continuidad teológica es distinta.
Una religión puede tomar prestados nombres, temas y relatos mientras cambia su significado. La pregunta no es si el islam menciona a Jesús. La pregunta es si el islam preserva el testimonio apostólico sobre Jesús.
No lo hace.
El Jesús de los apóstoles es el Señor crucificado y resucitado.
El Jesús del islam es un profeta que no fue crucificado, no es divino y no murió por los pecados.
Esas no son dos variaciones menores de la misma fe. Son dos relatos distintos de quién es Jesús y de lo que Dios ha hecho por medio de Él.
Por eso también importa la Iglesia primitiva. Mucho antes de que surgiera el islam en el siglo VII, los cristianos ya adoraban a Cristo, bautizaban en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, celebraban la Eucaristía como participación en el cuerpo y la sangre de Cristo, confesaban su muerte y resurrección, y defendían su identidad divina.
San Ignacio de Antioquía, escribiendo a principios del siglo II, habla de «nuestro Dios, Jesucristo» (traducción nuestra). San Justino Mártir defiende a Cristo como el Logos divino. San Ireneo de Lyon argumenta contra las herejías apelando a la fe apostólica pública conservada en las iglesias. El Credo niceno no inventó la divinidad de Cristo; defendió la adoración heredada de la Iglesia frente a quienes intentaban reducir al Hijo a una criatura.
Esto es importante porque la pretensión del islam depende de la idea de que los cristianos habían perdido la verdad sobre Jesús. Pero si la evidencia cristiana más temprana ya muestra la fe en la muerte, la resurrección, la identidad divina y la obra salvadora de Cristo, entonces el islam no está restaurando el cristianismo original. Lo está reemplazando por un relato posterior.
Un musulmán podría decir: «El Corán es la revelación final de Dios, así que tiene autoridad sobre la Biblia».
Esa es una afirmación teológica islámica. Los cristianos deben entenderla con justicia. Pero desde una perspectiva cristiana e histórica, eso no resuelve el problema. Simplemente lo replantea.
La pregunta sigue en pie: ¿por qué habría de prevalecer una pretensión del siglo VII sobre el testimonio apostólico del siglo I?
Los apóstoles conocieron a Jesús, caminaron con Él, sufrieron por Él, predicaron su resurrección y transmitieron el evangelio a un enorme costo personal. El islam llega siglos después y dice que la proclamación cristiana central era errónea.
Esa es una afirmación enorme. Exige evidencia enorme.
Pero históricamente, la evidencia favorece el testimonio apostólico anterior.
Otra objeción dice: «La Biblia ha sido corrompida».
Pero, de nuevo, esto necesita evidencia. El Nuevo Testamento tiene una tradición manuscrita enorme. Aunque hay variantes textuales, ninguna anula la proclamación central de que Jesús es el Hijo divino, crucificado y resucitado. La crucifixión y la resurrección no dependen de un solo versículo disputado. Recorren todo el Nuevo Testamento.
Quita la crucifixión y la resurrección, y el Nuevo Testamento se vuelve ininteligible.
Los Evangelios apuntan hacia la cruz. Hechos predica la resurrección. San Pablo explica la salvación mediante la muerte y la resurrección de Cristo. Hebreos presenta a Cristo como sacerdote y sacrificio. Apocalipsis adora al Cordero que fue inmolado.
Esto no es una corrupción posterior añadida al cristianismo. Es la estructura misma del cristianismo.
Otra objeción dice: «Los cristianos malinterpretaron a Jesús».
Pero los primeros cristianos eran judíos. Conocían el monoteísmo judío. Sabían que la adoración pertenece solo a Dios. Sin embargo, adoraron a Jesús, oraron a Él, lo confesaron como Señor y lo identificaron con la gloria divina. Ese desarrollo requiere una explicación.
La explicación cristiana es que la resurrección reveló quién es verdaderamente Jesús.
La explicación islámica nos exige creer que los primeros cristianos lo malentendieron radicalmente casi de inmediato, que el verdadero mensaje desapareció y que la corrección llegó seiscientos años después, en otra lengua, en otra tierra y en otro contexto religioso.
Eso es posible solo si antes se acepta como verdadera la revelación islámica. No es la conclusión que la evidencia histórica nos da de manera natural.
Esto no significa que los cristianos deban burlarse de los musulmanes. No deben. Los musulmanes están hechos a imagen de Dios. Muchos son sinceros, orantes, moralmente serios y están dedicados a lo que creen verdadero. Los cristianos deben hablar con caridad, paciencia y honestidad.
Pero la caridad no es confusión.
El respeto no exige fingir que las diferencias son pequeñas.
La diferencia entre el cristianismo y el islam no es meramente la carne de cerdo, la postura de la oración, la ley religiosa o la terminología. Es Jesucristo mismo.
¿Quién es Él?
¿Fue crucificado?
¿Resucitó?
¿Es el Señor?
¿Nos salvó su muerte?
El cristianismo responde que sí.
El islam responde que no.
Por eso el islam no puede tratarse como una continuación de la fe apostólica.
Es una religión posterior que venera a Jesús mientras niega el evangelio apostólico sobre Jesús.
Y los apóstoles no dejan lugar para esa clase de revisión. San Pablo presenta el evangelio que predicó como lo primero y principal: «primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí» (1 Corintios 15:3). No permite otro evangelio. San Judas dice que la fe fue «una vez dada á los santos». San Juan advierte contra quienes niegan al Hijo. La Iglesia primitiva guardó la proclamación apostólica porque el cristianismo se sostiene o se derrumba según Cristo.
Esta es la línea divisoria:
Si Jesús es meramente un profeta, el islam puede tener razón.
Pero si Jesús es el Hijo eterno de Dios, crucificado y resucitado para la salvación del mundo, entonces el islam no es una continuación del cristianismo. Es una contradicción del cristianismo en su centro.
Cristianos y musulmanes pueden hablar con respeto. Pueden vivir en paz. Pueden discutir teología sin odio. Pero el diálogo honesto tiene que comenzar con la verdad.
El islam honra una versión de Jesús.
El cristianismo adora al Señor crucificado y resucitado.
Esas no son la misma fe.
Fuentes:
La Santa Biblia: Judas 1:3; 1 Corintios 15:3–14; Gálatas 1:8; Juan 1:1; Juan 20:28; Filipenses 2:6–11; Hebreos 1:1–4; Marcos 10:45; Juan 1:29; 1 Pedro 2:24
El Corán: Sura 4:157; 4:171; 112:1–4
Quran.com, «Surah 4:157»: https://quran.com/en/an-nisa/157
Tácito, Anales 15.44
Josefo, Antigüedades de los judíos 18.3.3; 20.9.1
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Justino Mártir, Primera Apología
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