Cada domingo los cristianos ortodoxos confiesan su fe «en la Iglesia, Una, Santa, Católica y Apostólica» (texto del Credo según la Diócesis de México de la Iglesia Ortodoxa en América).1 Quien haya leído historia de la Iglesia sabe lo difícil que puede ser pronunciar esa palabra, «santa». Los mismos siglos que nos dieron mártires, monjes del desierto y los grandes concilios nos dieron también obispos que compraron su cargo, sínodos dirigidos mediante la intimidación y un ejército cruzado que saqueó la iglesia más grande de la cristiandad.
Para muchos lectores esto es más que un hecho incómodo. Los santos de los últimos días, y algunos restauracionistas protestantes, sostienen que la Iglesia primitiva se apartó tan por completo que Dios tuvo que restaurarla. Los escépticos sostienen que la Iglesia fue una institución humana desde el principio, y que hablar de santidad es una cobertura para el poder ordinario. Ambos argumentos se apoyan en la misma evidencia: la Iglesia antigua fue, en ocasiones, profundamente corrupta.
Este artículo expone escándalos reales desde el siglo I hasta el XIII, examina cómo respondió la Iglesia a ellos y se pregunta qué afirma realmente la enseñanza sobre la santidad de la Iglesia. Los cristianos pecaron, con frecuencia y gravemente. La pregunta es qué se sigue de eso.
En resumen
La Iglesia antigua nunca fue una comunidad de moralmente perfectos. San Pablo llama a la Iglesia de Corinto «la iglesia de Dios» mientras la reprende por las facciones, el incesto y la embriaguez en la Cena del Señor. Los siglos posteriores trajeron clérigos que entregaron las Escrituras bajo persecución, cismas sobre si podían ser perdonados, cánones contra la compra de la ordenación, concilios presionados por emperadores, el violento Segundo Concilio de Éfeso en 449 y el saqueo de Constantinopla en 1204. La respuesta de la Iglesia, elaborada de manera más completa por San Agustín contra los donatistas, fue que la Iglesia en la tierra es un campo de trigo y cizaña hasta la cosecha, y que su santidad viene de Cristo y del Espíritu Santo, no del historial moral de sus miembros ni de sus obispos. La enseñanza ortodoxa sostiene esto hoy. No prueba cuál es la Iglesia verdadera, pero significa que la corrupción por sí sola no puede demostrar que la Iglesia dejó de existir: San Pablo nunca trató los pecados de Corinto como prueba de que ya no era una iglesia.
Tesis: El registro histórico muestra una corrupción grave y a veces escandalosa en la Iglesia antigua, pero nunca se afirmó que la santidad de la Iglesia descansara en la virtud de sus miembros, de modo que la evidencia del pecado, por sí sola, no respalda ni una Gran Apostasía ni un origen puramente humano.
El registro: escándalos reales
Corinto: una Iglesia santificada en desorden
La evidencia más antigua está en la propia Escritura. San Pablo escribe a «la iglesia de Dios que está en Corinto, santificados en Cristo Jesús, llamados santos». En la misma carta se ha enterado de «contiendas» entre ellos, pues unos dicen «Yo cierto soy de Pablo» y otros «yo de Apolos». Escribe: «De cierto se oye que hay entre vosotros fornicación, y tal fornicación cual ni aun se nombra entre los Gentiles», y el caso es «tanto que alguno tenga la mujer de su padre». Cuando se reúnen, les dice, «[esto] no es comer la cena del Señor», porque «el uno tiene hambre, y el otro está embriagado».2
San Pablo no declara muerta a la Iglesia de Corinto. La reprende y la llama de vuelta: «Y esto erais algunos: mas [ya] sois lavados, mas [ya] sois santificados». {{very-strong: El propio Nuevo Testamento se dirige a una Iglesia como santa y santificada mientras describe en ella un pecado grave.}}
Los problemas no terminaron con San Pablo. Aproximadamente una generación más tarde, la Iglesia de Roma escribió de nuevo a Corinto, en la carta conocida como 1 Clemente, fechada habitualmente en la década del 90. La ocasión fue una revuelta contra el clero. La carta se lamenta de que «la firmísima y antigua Iglesia de los corintios, por causa de una o dos personas, se levante en sedición contra sus presbíteros», y advierte que «nuestro pecado no será pequeño, si expulsamos del episcopado a quienes han cumplido sus deberes de manera irreprochable y santa» (traducción nuestra).3 Las cartas a las siete iglesias del Apocalipsis cuentan la misma historia en otros lugares: a Éfeso se le dice: «has dejado tu primer amor», y también: «arrepiéntete, y haz las primeras obras».4
Los caídos, los novacianos y los donatistas
Eusebio de Cesarea, al escribir sobre los años anteriores a la Gran Persecución bajo Diocleciano, es franco acerca de su propia Iglesia: «cuando a causa de la abundante libertad caímos en la relajación y la pereza, y nos envidiamos y nos injuriamos unos a otros», con «gobernantes que arremetían contra gobernantes con palabras como lanzas».5
Cuando llegó la persecución, muchos cristianos, entre ellos clérigos, cedieron. La cuestión de qué hacer con «los caídos» dividió a las Iglesias. En Roma, en tiempos del obispo Cornelio, el presbítero Novaciano, según lo cuenta Eusebio, trató a quienes habían caído «como si ya no les quedara esperanza de salvación», y se convirtió en cabeza de un partido que se llamaba a sí mismo los cátaros, «los puros».6 San Cipriano de Cartago rechazó esta salida. Al escribir a los confesores romanos que habían dejado el partido de Novaciano y habían regresado, dijo: «aunque parezca que hay cizaña en la Iglesia, no deben verse estorbadas ni nuestra fe ni nuestra caridad, de modo que, porque vemos que hay cizaña en la Iglesia, nosotros mismos nos retiremos de la Iglesia».7
Después de Diocleciano, la misma herida volvió a abrirse en el norte de África. Los clérigos que habían entregado los libros sagrados fueron llamados traditores, del latín que significa entregar. Se conservan las actas oficiales de un registro realizado en Cirta, en Numidia, durante la persecución, con la lista de los libros y los objetos que entregaron clérigos y lectores. Cuando Ceciliano fue consagrado obispo de Cartago hacia el año 311, sus opositores objetaron que uno de sus consagrantes, Félix de Aptunga, era un traditor. Siguió una línea rival de obispos, más tarde llamada así por Donato. El cisma floreció durante cerca de un siglo, hasta la conferencia de Cartago en 411, después de la cual declinó.8 El registro no es halagador para ninguna de las partes. Los mismos documentos, conservados sobre todo por escritores católicos, describen un sínodo en Cirta en 305 en el que obispos, entre ellos hombres que más tarde encabezaron el concilio contra Ceciliano, fueron acusados a su vez de haber entregado libros, y a uno se le acusó de haber matado a sus sobrinos. La controversia donatista fue una disputa entre cristianos reales acerca de fallos reales.
Comprar el altar: la simonía
La antigua colección conocida como los Cánones Apostólicos, que habla en nombre de los apóstoles, ordena: «Si algún obispo, presbítero o diácono obtiene esa dignidad por dinero, sean depuestos tanto él como la persona que lo ordenó», y compara al infractor con Simón el Mago, quien en Hechos 8 ofreció dinero a los apóstoles a cambio del poder de dar el Espíritu Santo.9 El Concilio de Calcedonia, en 451, tuvo que repetir el punto extensamente en su canon segundo, contra todo obispo que «ordenara por dinero y pusiera en venta una gracia que no se puede vender».10 Comprar un cargo era una práctica real, y la propia ley de la Iglesia la llamó pecado y la castigó.
Emperadores y concilios
Los emperadores cristianos introdujeron el poder imperial en la política de la Iglesia. En 359, bajo el emperador Constancio II, los obispos convocados por orden imperial a Ariminum (Rímini) aceptaron un credo que más tarde se reconoció como infiel. Unos veinte años después, San Jerónimo describió las secuelas en una frase famosa: «El mundo entero gimió y se asombró al encontrarse arriano». El punto de San Jerónimo, en su contexto, es que muchos de esos obispos habían sido engañados y no convertidos a la herejía, y que se arrepintieron y fueron recibidos de nuevo.11
El peor caso es el Segundo Concilio de Éfeso, convocado por el emperador Teodosio II e inaugurado el 8 de agosto de 449 bajo la presidencia de Dioscoro de Alejandría. Depuso al arzobispo San Flaviano de Constantinopla, quien fue enviado al exilio y murió pocos días después. Los testimonios dados más tarde en Calcedonia describieron a secretarios a quienes se impidió tomar notas, soldados introducidos en la iglesia y obispos que firmaban por miedo. El historiador católico John Chapman, que aceptó gran parte de este testimonio, advirtió sin embargo que la afirmación de que el propio Dioscoro golpeó a San Flaviano «puede ser una exageración».12 El papa San León de Roma lo llamó una reunión «no de jueces sino de ladrones», y por eso se lo recuerda como el Latrocinio de Éfeso.13 {{strong: El Segundo Concilio de Éfeso (449) se desarrolló bajo fuerte presión y fue revocado por el Concilio de Calcedonia dos años después.}} Para ser justos, las Iglesias ortodoxas orientales, que no aceptaron Calcedonia, veneran a Dioscoro como santo y leen estos hechos de otra manera.14
La Cuarta Cruzada y su mundo
Para el siglo XII, las relaciones entre los cristianos griegos y latinos estaban envenenadas por ambas partes. En abril de 1182, una turba de Constantinopla, desatada durante un golpe de Estado, masacró a muchos de los residentes latinos de la ciudad.15 En abril de 1204, el ejército de la Cuarta Cruzada, que había partido hacia Tierra Santa, tomó por asalto y saqueó Constantinopla. El papa Inocencio III escribió a su legado en 1205 que las espadas de los cruzados estaban «goteando sangre cristiana», que habían «arrancado láminas de plata de los altares» y que la Iglesia griega ahora «ve en los latinos solo un ejemplo de perdición y de obras de tinieblas».16 Ocho siglos más tarde, el papa Juan Pablo II dijo al Patriarca Ecuménico Bartolomé que compartía «la indignación y el dolor que, ante la noticia de cuanto había sucedido, manifestó enseguida el Papa Inocencio III».17 El saqueo causó un daño duradero, y la división entre ortodoxos y católicos no puede contarse honestamente sin él.
Cómo respondió la Iglesia primitiva: trigo y cizaña
La Iglesia antigua discutió esto por sí misma. Los novacianos y los donatistas dieron una respuesta: una Iglesia verdadera debe ser una Iglesia pura, y los clérigos que habían pecado gravemente no podían transmitir la gracia de los sacramentos. La Iglesia en su conjunto dio otra.
Su defensor más minucioso fue San Agustín de Hipona, en sus escritos contra los donatistas desde alrededor del año 400. Se apoyó en la parábola de Cristo sobre el trigo y la cizaña, en la que el amo prohíbe a los siervos arrancar las malas hierbas: «Dejad crecer juntamente lo uno y lo otro hasta la siega».18 La Iglesia en la tierra, argumentó San Agustín, es un campo mixto. Solo Dios separa el trigo de la cizaña, y solo al final.
Su segundo argumento se refería a los sacramentos, cuya gracia no depende de la santidad del ministro. Al comentar las palabras de San Juan Bautista sobre Cristo, «éste es el que bautiza con Espíritu Santo», San Agustín escribió: «Pedro puede bautizar, pero este es el que bautiza; Pablo puede bautizar, pero este es el que bautiza; Judas puede bautizar, y aun así este es el que bautiza».19
San Agustín no dijo que los miembros pecadores fueran simplemente parte de la santa Iglesia de la misma manera que los fieles. Dijo que los malos «no pertenecen a la santa Iglesia de Dios, aunque parezcan estar dentro de ella, por ser codiciosos, ladrones, usureros, envidiosos, de malos pensamientos y cosas semejantes», mientras que la Iglesia en sentido pleno, la «esposa sin mancha ni arruga», se encuentra «en los buenos, y santos, y justos».20 La Iglesia contiene pecadores, pero no se define por ellos.
La postura ortodoxa
Dogma. La Iglesia es santa. Esto está en el Credo del año 381. Pero el Credo no dice que los miembros de la Iglesia estén libres de pecado, y ningún concilio lo enseñó jamás.
Enseñanza común. La santidad de la Iglesia viene de Dios. El manual del padre Thomas Hopko The Orthodox Faith, publicado por la Iglesia Ortodoxa en América, lo expresa así: «La Iglesia es santa porque Dios es santo, y porque Cristo y el Espíritu Santo son santos. La santidad de la Iglesia viene de Dios. Los miembros de la Iglesia son santos en la medida en que viven en comunión con Dios». Añade que «los miembros y las instituciones terrenales de la Iglesia no pueden identificarse como tales con la Iglesia en cuanto santa», mientras que sus doctrinas, sacramentos, Escrituras, servicios y santos pueden llamarse santos «por la presencia y la acción de Dios en ellos».21 El culto ortodoxo incorpora esto en el momento de la Comunión, cuando los fieles dicen: «Creo, Señor, y confieso que Tú eres verdaderamente el Cristo, el Hijo del Dios vivo, que viniste al mundo a salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero».22 Una Iglesia cuyos miembros se acercan al cáliz confesándose los primeros de los pecadores nunca ha afirmado tener una membresía sin pecado.
La Escritura lo fundamenta en la relación entre Cristo y su Iglesia: Cristo «amó á la iglesia, y se entregó á sí mismo por ella» para «santificarla limpiándola», y para «presentársela gloriosa para sí, una iglesia que no tuviese mancha ni arruga, ni cosa semejante».23 La santidad es don suyo, y su culminación está aún por venir.
Opinión teológica. La teoría más amplia de San Agustín sobre los sacramentos, incluido cómo deben considerarse los sacramentos celebrados fuera de la Iglesia, plantea cuestiones que este artículo no intenta resolver. En el punto más estrecho que aquí nos ocupa, la indignidad de un sacerdote dentro de la Iglesia, la enseñanza ortodoxa y San Agustín coinciden: Cristo actúa en los sacramentos, y el sacerdote responderá ante Dios por su propia vida.
La Iglesia católica dice prácticamente lo mismo. El Catecismo de la Iglesia Católica, con palabras tomadas del Concilio Vaticano II, dice que la Iglesia es «a la vez santa y siempre necesitada de purificación». Añade que «todos los miembros de la Iglesia, incluso sus ministros, deben reconocerse pecadores» y que «la cizaña del pecado todavía se encuentra mezclada con la buena semilla del Evangelio hasta el fin de los tiempos».24 El protestantismo clásico también rechazó la postura donatista. La Confesión de Westminster enseña que «la eficacia de un sacramento tampoco depende de la piedad o la intención de quien lo administra» y que «las iglesias más puras bajo el cielo están sujetas tanto a la mezcla como al error».25 Sobre si una Iglesia pecadora puede seguir siendo la Iglesia, las principales tradiciones cristianas coinciden en gran medida.
Por qué esto importa para la tesis de la Gran Apostasía
La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días enseña que «después de la muerte del Salvador y de Sus apóstoles, los hombres corrompieron los principios del Evangelio e hicieron cambios no autorizados en la organización de la Iglesia y en las ordenanzas del sacerdocio. Debido a esa apostasía tan generalizada, el Señor retiró de la tierra la autoridad del sacerdocio».26 En el relato de José Smith sobre su Primera Visión, se le dijo que las iglesias de su tiempo «estaban en error», que «todos sus credos eran una abominación» y que «todos aquellos profesores se habían pervertido».27
Planteado en su versión más fuerte, el argumento no es simplemente que los primeros cristianos pecaron. Los santos de los últimos días señalan que el propio Nuevo Testamento predijo una «apostasía» (2 Tesalonicenses 2:3) y advirtió que «entrarán en [medio de] vosotros lobos rapaces» y que hombres «de vosotros mismos» se llevarían discípulos tras sí (Hechos 20:29-30).28 Ven la corrupción moral de los siglos posteriores como síntoma de algo más profundo: la pérdida de la revelación y de la autoridad del sacerdocio. Según esa lectura, los escándalos mencionados son evidencia de que la Iglesia ya había perdido su autoridad divina.
El registro histórico hace difícil sostener esto. En primer lugar, la corrupción comienza demasiado pronto para marcar un punto de inflexión. Si el pecado grave entre los cristianos probara la apostasía, esta habría comenzado en Corinto, con San Pablo mismo.
En segundo lugar, la Iglesia resistió y corrigió su propia corrupción desde dentro. San Clemente reprendió la revuelta de los corintios, los concilios condenaron la simonía, los obispos atrapados en Ariminum se arrepintieron, Calcedonia revocó el Latrocinio de Éfeso y un papa condenó el saqueo de Constantinopla. Es poco probable que un cuerpo que hubiera perdido toda vida divina siguiera produciendo santos que lo llamaran al arrepentimiento. Eso es un argumento, no una prueba, pero encaja mejor con la evidencia que el colapso total.
En tercer lugar, las advertencias sobre los «lobos» y una «apostasía» no dicen que toda la Iglesia dejaría de existir, y Cristo dijo: «sobre esta piedra edificaré mi iglesia; y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella».29
En cuarto lugar, la verdadera cuestión es la autoridad y la doctrina, no la moral: ¿conservó la Iglesia a sus obispos en sucesión, sus sacramentos y su fe apostólica? El sitio examina esa cuestión en ¿Desapareció el cristianismo después de los apóstoles? y en la infografía El argumento bíblico contra la apostasía total (en inglés). La evidencia de corrupción, por grave que sea, no la responde en ningún sentido.
Objeciones y respuestas
«“La Iglesia es santa, sus miembros son pecadores” nunca puede refutarse»
Un escéptico puede decir que si ninguna cantidad de pecado cuenta en contra de la santidad de la Iglesia, la afirmación es infalsable. Es un punto serio. La respuesta es que la afirmación vincula la santidad de la Iglesia con cosas que pueden examinarse: si su fe, sus Escrituras y sus sacramentos permanecen en continuidad con los apóstoles, y si sigue produciendo santidad y arrepentimiento. Y como la propia ley de la Iglesia calificó de pecados la simonía y la violencia, los escándalos pueden juzgarse con su propio criterio. Lo que la afirmación excluye es usar los fallos morales de los cristianos, por sí solos, como prueba de si la Iglesia existe.
«Los concilios fueron coaccionados, así que no se puede confiar en ninguno»
Algunos santos de los últimos días y escépticos sostienen que si los emperadores pudieron presionar a los concilios de Ariminum y de Éfeso, los concilios que definieron la Trinidad y la persona de Cristo no merecen más confianza. La respuesta es que la propia Iglesia no aceptó simplemente lo que decidiera un concilio. Ariminum y Éfeso II tuvieron respaldo imperial, y ambos fueron rechazados. La Iglesia ortodoxa sostiene que un concilio se reconoce como ecuménico por su recepción por parte de toda la Iglesia a lo largo del tiempo, no por el número de obispos que firmaron ni por el poder que había detrás; véase cómo sabe la Iglesia ortodoxa cuáles concilios son ecuménicos. Es justo añadir que esta respuesta tiene límites. Calcedonia también se reunió por orden imperial, y las Iglesias ortodoxas orientales la rechazan. La recepción es un criterio real, pero lo aplican las mismas comunidades que discrepan.
«La Iglesia estaba tan corrupta en la Edad Media que la Reforma fue necesaria»
Muchos protestantes coinciden en que la Iglesia nunca desapareció (la Confesión de Westminster dice «siempre habrá una iglesia en la tierra»), pero sostienen que la corrupción medieval exigía una reforma de la doctrina y de la práctica. Un lector ortodoxo puede conceder gran parte del argumento moral. El desacuerdo con los Reformadores está en otro lugar: en qué es la fe apostólica, no en si los hombres de Iglesia pecaron.
«Hablar de santidad protege a los poderosos»
Esta objeción tiene una fuerza real hoy, cuando el abuso de poder en las iglesias es de conocimiento público. La enseñanza antigua, en su mejor versión, apunta en sentido contrario. Los cánones ordenaron deponer a los clérigos simoníacos, y San Agustín enseñó que los malos clérigos, sea cual sea su cargo, no pertenecen verdaderamente a la santa Iglesia. La santidad de la Iglesia pertenece a Cristo, de modo que ningún obispo puede reclamarla como escudo. Cuando la doctrina se usa para proteger a los culpables, se está haciendo un mal uso de ella.
Lo que podemos afirmar con confianza
- El Nuevo Testamento describe un pecado grave en las primeras iglesias, incluida la de Corinto, y aun así las sigue llamando iglesias de Dios.
- La persecución produjo caídas generalizadas entre el clero y los laicos, y los cismas novaciano y donatista surgieron de disputas sobre cómo responder.
- La simonía fue una práctica real, y los Cánones Apostólicos y el Concilio de Calcedonia legislaron contra ella.
- Los emperadores presionaron a los concilios, notablemente en Ariminum en 359 y en Éfeso en 449, y ambos resultados fueron revocados más tarde.
- Los cruzados saquearon Constantinopla en 1204, y Inocencio III condenó la violencia por escrito.
- La Iglesia rechazó la opinión de que una Iglesia verdadera debe ser pura, y la enseñanza ortodoxa, católica y protestante clásica afirma que la santidad de la Iglesia no depende de la virtud de sus miembros ni de sus ministros.
Lo que sigue en debate
- Hasta qué punto son exagerados los relatos hostiles sobre el Latrocinio de Éfeso, y cómo debe juzgarse a Dioscoro; los calcedonianos y los ortodoxos orientales siguen discrepando.
- Cuán extendida estuvo la simonía en cada período; los cánones muestran que existió, pero no cuán común era.
- {{debated: Si el historial de autocorrección de la Iglesia cuenta como evidencia positiva de guía divina, o es simplemente lo que hace cualquier institución longeva.}}
- Si la Iglesia en su conjunto perdió su autoridad, que es una cuestión de sucesión y de doctrina que el registro moral por sí solo no puede resolver.
Conclusión
¿Pudo la Iglesia antigua ser a la vez santa y profundamente corrupta? Según la evidencia, sí, y lo fue. Los escándalos no son invenciones de los críticos de la Iglesia; muchos proceden de los propios escritores de la Iglesia, que los registraron para condenarlos. Eusebio culpó a su propia generación. Inocencio III condenó a los cruzados. San Agustín se negó a fingir que el campo solo tenía trigo.
La Iglesia ortodoxa no afirma tener un pasado sin pecado. Afirma algo a la vez más humilde y más audaz: que Cristo no ha abandonado a su Iglesia, que su Espíritu sigue obrando mediante sacramentos celebrados por sacerdotes pecadores para gente pecadora, y que los santos han seguido apareciendo en cada época, a menudo en medio de la corrupción que los rodeaba. «Si dijéremos que no tenemos pecado, nos engañamos á nosotros mismos», escribió San Juan.30 Una Iglesia que sabe eso de sí misma puede afrontar su historia con honestidad. Confiesa los pecados de sus miembros y sigue confesando que la Iglesia, porque es de Cristo, es santa.
Notas
- Credo niceno-constantinopolitano (381), artículo sobre la Iglesia, tal como aparece en Thomas Hopko, The Orthodox Faith, vol. 1, «Church», Iglesia Ortodoxa en América, oca.org. ↩
- 1 Corintios 1:2; 1:11-12; 5:1; 11:20-21; 6:11 (en el texto, Reina-Valera 1909; el original cita la NKJV). ↩
- 1 Clemente 47 y 44, trad. al inglés de John Keith, Ante-Nicene Fathers vol. 9 (1896), newadvent.org. Sobre la fecha en el reinado de Domiciano, véase John Chapman, «Pope St. Clement I», Catholic Encyclopedia vol. 4 (1908), quien interpreta la referencia inicial de la carta a «calamidades repentinas» como la persecución bajo Domiciano; los especialistas discrepan sobre la fecha exacta. ↩
- Apocalipsis 2:4-5 (en el texto, Reina-Valera 1909; el original cita la NKJV). ↩
- Eusebio, Historia eclesiástica 8.1.7, trad. al inglés de Arthur Cushman McGiffert, Nicene and Post-Nicene Fathers, 2.ª serie, vol. 1 (1890), newadvent.org. ↩
- Eusebio, Historia eclesiástica 6.43.1, trad. de McGiffert. Eusebio lo llama «Novatus». ↩
- San Cipriano, Carta 50.3 (numeración de la ANF), a Máximo, Urbano y los demás confesores romanos, trad. al inglés de Robert Ernest Wallis, Ante-Nicene Fathers vol. 5 (1886), newadvent.org. ↩
- John Chapman, «Donatists», Catholic Encyclopedia vol. 5 (1909), newadvent.org: las actas conservadas del registro en Cirta durante la persecución, el sínodo de Cirta en 305, la consagración de Ceciliano por Félix de Aptunga (Chapman escribe «Aptonga») y el florecimiento del cisma desde 311 hasta la conferencia de 411. ↩
- Cánones Apostólicos, canon 29 (algunas ediciones lo numeran 30), trad. al inglés de Henry R. Percival, Nicene and Post-Nicene Fathers, 2.ª serie, vol. 14 (1900), newadvent.org. Simón el Mago: Hechos 8:18-24. ↩
- Concilio de Calcedonia (451), canon 2, trad. de Percival, NPNF2 vol. 14. ↩
- San Jerónimo, Diálogo contra los luciferianos 17-19, trad. al inglés de W. H. Fremantle, NPNF2 vol. 6 (1893), newadvent.org. El editor fecha el diálogo hacia 379; San Jerónimo data el credo por los cónsules Eusebio e Hipacio (359). ↩
- John Chapman, «Robber Council of Ephesus», Catholic Encyclopedia vol. 5 (1909), newadvent.org. ↩
- San León Magno, Carta 95, a la emperatriz Pulqueria, con fecha del 20 de julio de 451, trad. al inglés de Charles Lett Feltoe, NPNF2 vol. 12 (1895), newadvent.org. Chapman (nota 12) señala que «Latrocinium» fue el nombre que León dio al concilio. ↩
- OrthodoxWiki, «Dioscorus of Alexandria», orthodoxwiki.org (consultado en octubre de 2026), donde se afirma que las Iglesias ortodoxas orientales copta, siríaca y otras lo consideran santo. ↩
- «Massacre of the Latins», Wikipedia (consultado en octubre de 2026), un resumen terciario; entre los relatos contemporáneos están el historiador griego Nicetas Coniates y el cronista latino Guillermo de Tiro. ↩
- Inocencio III, carta a Pedro de Capua, legado papal, con fecha del 12 de julio (1205), Ep. 136, Patrologia Latina 215, trad. al inglés de James Brundage, The Crusades: A Documentary History (Milwaukee: Marquette University Press, 1962), 208-9, tal como se reproduce («adapted from Brundage») en el Internet Medieval Sourcebook (Universidad Fordham). ↩
- Juan Pablo II, Discurso a Su Santidad Bartolomé I, Patriarca Ecuménico de Constantinopla, 29 de junio de 2004, §3, vatican.va. ↩
- Mateo 13:29-30 (en el texto, Reina-Valera 1909; el original cita la NKJV). San Agustín aplica la parábola, citando Mateo 13:29, en Sobre el bautismo, contra los donatistas 4.9.13 (NPNF1 vol. 4). ↩
- San Agustín, Tratados sobre el Evangelio de Juan 6.7, trad. al inglés de John Gibb, NPNF1 vol. 7 (1888), newadvent.org. Las palabras del Evangelio son Juan 1:33. ↩
- San Agustín, Sobre el bautismo, contra los donatistas 6.3.5, trad. al inglés de J. R. King, rev. Chester D. Hartranft, NPNF1 vol. 4 (1887), newadvent.org. ↩
- Thomas Hopko, The Orthodox Faith, vol. 1, Doctrine and Scripture, «The Symbol of Faith: Church», sección «Holy Church», Iglesia Ortodoxa en América, oca.org. ↩
- Iglesia Ortodoxa en América, «Before and After Holy Communion», oca.org. Las palabras se hacen eco de 1 Timoteo 1:15. ↩
- Efesios 5:25-27 (en el texto, Reina-Valera 1909; el original cita la NKJV). ↩
- Catecismo de la Iglesia Católica §827, vatican.va. La primera frase cita Lumen Gentium 8; las otras dos son palabras propias del Catecismo. ↩
- Confesión de Fe de Westminster (1646) 27.3 y 25.5, texto de la Iglesia Presbiteriana Ortodoxa, opc.org. ↩
- La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, «Apostasy», Topics and Questions (2023), churchofjesuschrist.org. ↩
- José Smith—Historia 1:19, Perla de Gran Precio, churchofjesuschrist.org. ↩
- 2 Tesalonicenses 2:3; Hechos 20:29-30 (en el texto, Reina-Valera 1909; el original cita la NKJV). ↩
- Mateo 16:18 (en el texto, Reina-Valera 1909; el original cita la NKJV). ↩
- 1 Juan 1:8 (en el texto, Reina-Valera 1909; el original cita la NKJV). ↩
Bibliografía
Fuentes primarias
- The Holy Bible, New King James Version. Nashville: Thomas Nelson, 1982.
- Clemente de Roma. Primera Epístola a los corintios. Traducida por John Keith. Ante-Nicene Fathers, vol. 9. Buffalo, NY: Christian Literature Publishing Co., 1896. newadvent.org.
- Cipriano de Cartago. Cartas. Traducidas por Robert Ernest Wallis. Ante-Nicene Fathers, vol. 5. Buffalo, NY: Christian Literature Publishing Co., 1886.
- Eusebio de Cesarea. Historia eclesiástica. Traducida por Arthur Cushman McGiffert. Nicene and Post-Nicene Fathers, 2.ª serie, vol. 1. Buffalo, NY: Christian Literature Publishing Co., 1890.
- Agustín de Hipona. Tratados sobre el Evangelio de Juan. Traducidos por John Gibb. Nicene and Post-Nicene Fathers, 1.ª serie, vol. 7. Buffalo, NY: Christian Literature Publishing Co., 1888.
- Agustín de Hipona. Sobre el bautismo, contra los donatistas. Traducido por J. R. King, revisado por Chester D. Hartranft. Nicene and Post-Nicene Fathers, 1.ª serie, vol. 4. Buffalo, NY: Christian Literature Publishing Co., 1887.
- Jerónimo. Diálogo contra los luciferianos. Traducido por W. H. Fremantle. Nicene and Post-Nicene Fathers, 2.ª serie, vol. 6. Buffalo, NY: Christian Literature Publishing Co., 1893.
- León Magno. Cartas. Traducidas por Charles Lett Feltoe. Nicene and Post-Nicene Fathers, 2.ª serie, vol. 12. Buffalo, NY: Christian Literature Publishing Co., 1895.
- The Seven Ecumenical Councils (incluidos los Cánones Apostólicos y los cánones de Calcedonia). Editado por Henry R. Percival. Nicene and Post-Nicene Fathers, 2.ª serie, vol. 14. Buffalo, NY: Christian Literature Publishing Co., 1900.
- Inocencio III. Carta a Pedro de Capua (1205). Traducida por James Brundage en The Crusades: A Documentary History, 208-9. Milwaukee: Marquette University Press, 1962. Internet Medieval Sourcebook, Universidad Fordham.
Fuentes ortodoxas y patrísticas
- Hopko, Thomas. The Orthodox Faith, vol. 1, Doctrine and Scripture. Iglesia Ortodoxa en América, oca.org.
- Iglesia Ortodoxa en América. «Before and After Holy Communion». Prayers, oca.org.
- OrthodoxWiki. «Dioscorus of Alexandria». orthodoxwiki.org.
Otros estudios (incluidos especialistas que discrepan)
- Chapman, John. «Donatists» y «Robber Council of Ephesus». The Catholic Encyclopedia, vol. 5. Nueva York: Robert Appleton Company, 1909. (Su «Pope St. Clement I», vol. 4, 1908, se cita para la fecha de 1 Clemente.)
- «Massacre of the Latins». Wikipedia. Consultado en octubre de 2026.
Fuentes de las tradiciones tratadas (católica, protestante, santos de los últimos días)
- Catecismo de la Iglesia Católica, 2.ª ed. Ciudad del Vaticano: Libreria Editrice Vaticana, 1997. §827. vatican.va.
- Juan Pablo II. Discurso a Su Santidad Bartolomé I, Patriarca Ecuménico de Constantinopla, 29 de junio de 2004. vatican.va.
- La Confesión de Fe de Westminster (1646). Texto de la Iglesia Presbiteriana Ortodoxa, opc.org.
- La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. «Apostasy». Topics and Questions, 2023. churchofjesuschrist.org.
- José Smith—Historia 1, en La Perla de Gran Precio. Salt Lake City: La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. churchofjesuschrist.org.