Los primeros acercamientos luteranos serios al Oriente ortodoxo no partieron de la suposición de que el cristianismo había desaparecido antes de Lutero. Los teólogos luteranos creían que su confesión podía defenderse a partir de la Escritura y de la herencia cristiana primitiva. Buscaban ser escuchados por cristianos que estaban fuera de la jurisdicción de Roma.
El intercambio más conocido del siglo XVI involucró a eruditos de Tubinga y al patriarca Jeremías II de Constantinopla. Ocurrió después de la muerte de Martín Lutero. Llamarlo «el debate de Lutero con el patriarca» confundiría, por tanto, a las personas y la cronología.
¿Qué preguntaban los luteranos?
Jakob Andreae y Martin Crusius fueron figuras centrales del lado de Tubinga. Ejemplares de la Confesión de Augsburgo en griego, probablemente la traducción de Paul Dolscius impresa por primera vez en 1559, fueron enviados desde Tubinga en 1574 y llegaron al patriarca hacia 1575. La Confesión proporcionó el marco para una discusión en griego. Los luteranos esperaban que su enseñanza fuera reconocida como continua con la fe apostólica y patrística, a pesar de las diferencias en las ceremonias y en el entorno. El historiador Steven Runciman rastrea las relaciones diplomáticas y académicas que hicieron posible la correspondencia.1
No era simplemente una alianza propuesta porque ambas partes se opusieran a las pretensiones papales. Una objeción compartida a Roma podía abrir una conversación. No podía decidir si la confesión luterana era compatible con la doctrina ortodoxa.
Tres respuestas patriarcales marcan el intercambio principal
Jeremías envió su primera respuesta sustancial en 1576. Siguieron otras respuestas en 1579 y 1581, después de las defensas y aclaraciones luteranas. La edición publicada de George Mastrantonis conserva la correspondencia; su índice identifica estas tres respuestas y las réplicas que las rodean.12
La secuencia importa. El patriarca no miró un solo lema para descartar de inmediato toda conversación posible. Tampoco la correspondencia repetida produjo una unión eclesial. Los participantes explicaron sus posiciones y siguieron identificando desacuerdos que consideraban de peso.
El acuerdo fue real pero limitado
Ambas partes sostuvieron afirmaciones cristianas centrales sobre Cristo y la autoridad de la Escritura. Ese terreno común hizo posible una discusión teológica sostenida. No significaba que sus doctrinas de la Trinidad fueran idénticas en todos los aspectos: la procesión del Espíritu Santo y el Filioque siguieron siendo una disputa importante.13
La confesión luterana tampoco puede tratarse como el protestantismo evangélico memorialista moderno. Su enseñanza eucarística afirmaba el cuerpo y la sangre de Cristo. Fueran cuales fueran los desacuerdos que persistieron, el patriarca no estaba respondiendo a un documento que considerara todo sacramento una ceremonia humana innecesaria.4
Es un correctivo útil para la apologética moderna. Una crítica dirigida a un relato protestante puede no alcanzar a la confesión que estos luteranos concretos defendían. La exactitud histórica fortalece un desacuerdo ortodoxo al identificar el asunto real.
La Escritura y los Padres no eran equipos separados
Ambas partes apelaron a textos bíblicos y a escritores patrísticos. La cuestión era cómo se relacionaban esas autoridades. ¿Podía una interpretación propuesta de la Escritura anular la lectura eclesial recibida, o era esa lectura indispensable para interpretar la Escritura con fidelidad?
El estudio luterano de Rick Stuckwisch identifica esto como un desacuerdo sobre la autoridad y no como una simple elección entre usar la Escritura y usar la tradición. También examina las disputas del intercambio sobre el libre albedrío, la justificación y las buenas obras. Su análisis es valioso como lectura luterana, no como autoridad doctrinal ortodoxa.3
Un lector ortodoxo puede reconocer la cuestión de fondo en las discusiones actuales. Citar a un Padre no establece por sí solo que la regla de fe de quien lo cita coincida con la de él. El mismo texto puede ser puesto al servicio de relatos distintos de la Iglesia y de la salvación.
La gracia y la respuesta humana exigen un lenguaje cuidadoso
Los argumentos del patriarca unían la necesidad de la ayuda de Dios con una respuesta humana real. Los respondientes luteranos temían que esto comprometiera la suficiencia salvadora de Cristo y la incapacidad de la humanidad caída para producir un bien espiritual. El estudio de Stuckwisch sostiene que las distinciones entre la conversión y la vida cristiana posterior no siempre se aclararon adecuadamente en el intercambio.3
Esa crítica merece consideración, y no que se la descarte por venir del otro lado. Un diálogo puede contener un desacuerdo doctrinal genuino y adolecer también de términos imprecisos. Reconocer lo segundo no hace desaparecer lo primero.
La sinergia ortodoxa no significa que los pecadores se salven a sí mismos ni que aporten una parte independiente de la redención junto a Cristo. Filipenses 2:12–13 sitúa el querer y el obrar humanos dentro de la obra de Dios en nosotros. Al mismo tiempo, el rechazo luterano de las obras meritorias no debe tergiversarse como aprobación de una fe que nunca produce amor.
¿Cómo terminó?
En su respuesta final de 1581, Jeremías pidió a los luteranos que dejaran de insistir en la misma disputa dogmática, dejando espacio para una correspondencia amistosa. El pasaje final, reproducido en el estudio de Stuckwisch, distingue entre poner fin a este intercambio doctrinal y prohibir todo contacto humano futuro.3 Los teólogos de Tubinga enviaron una réplica más, que el patriarca no contestó. Después de que un escritor católico polaco, Stanisław Sokołowski, publicara en 1582 una versión latina de la primera respuesta del patriarca, los luteranos publicaron la correspondencia completa en griego y latín en 1584.12
El resultado no fue una unión negociada, una recepción de los luteranos en la ortodoxia ni una adopción de la Confesión de Augsburgo por parte de los ortodoxos. Tampoco fue un concilio ecuménico que emitiera una nueva definición para toda la Iglesia. Fue una respuesta patriarcal significativa dentro de un encuentro histórico particular.
¿Por qué importa hoy la correspondencia?
Muestra que oponerse a las pretensiones romanas no hace intercambiables al protestantismo y a la ortodoxia. Su desacuerdo se refiere al contenido positivo de la fe y a la autoridad por la que la Iglesia la recibe.
También establece una norma para una comparación honesta. Lee la confesión de la que se habla, identifica los acuerdos reales y sigue el rastro de dónde se separan los argumentos. Ni una cita inventada ni un relato triunfalista sobre una parte que se negaba a escuchar pueden sustituir ese trabajo.
La correspondencia sigue siendo valiosa porque las preguntas siguen vivas: cómo se interpreta la Escritura, cómo la gracia transforma la libertad humana y cómo reconocen los cristianos la continuidad de la Iglesia. La unión fallida no responde esas preguntas por nosotros. Los argumentos muestran por qué hay que responderlas.
Fuentes y notas
- Steven Runciman, The Great Church in Captivity, extracto republicado como Luther Had His Chance. Relato histórico secundario; sus caracterizaciones polémicas generales no se adoptan como evidencia. ↩
- George Mastrantonis, Augsburg and Constantinople, Holy Cross Orthodox Press, 1982. Edición fiable de la traducción de las fuentes primarias; el índice de la editorial establece la cronología de las tres respuestas e identifica el recurso de lectura completo. ↩
- Rick Stuckwisch, Justification and Deification in the Dialogue Between the Tübingen Theologians and Patriarch Jeremias II, 1994, especialmente pp. impresas 24–27, 38–45 (pp. del PDF 28–31 y 42–49). Estudio luterano que contiene extractos primarios traducidos. ↩
- Confesión de Augsburgo, artículo X. Declaración luterana primaria de la creencia eucarística; la correspondencia usó una versión griega que debe considerarse en su propio contexto textual. ↩