Santa María Egipciaca: arrepentimiento, santidad y la evidencia histórica

La vida de Santa María Egipciaca tal como la Iglesia la lee en Cuaresma, seguida de una mirada honesta a las fuentes: la anacoreta María de Cirilo de Escitópolis, anterior a la Vida, la Vida atribuida a San Sofronio, y lo que puede y no puede verificarse.

Cada año, en la quinta semana de la Gran Cuaresma, los cristianos ortodoxos permanecen de pie durante uno de los oficios más largos del año, el Gran Canon de San Andrés de Creta. En ese mismo oficio un lector cuenta la historia de una mujer de Alejandría que vivió diecisiete años en un pecado sexual compulsivo, a la que una fuerza invisible impidió entrar en una iglesia de Jerusalén, que oró ante un ícono de la Madre de Dios y que después vivió décadas sola en el desierto más allá del Jordán. El domingo siguiente se celebra en su honor. La Iglesia la llama nuestra venerable madre María Egipciaca.

La historia es amada porque trata de la esperanza: si esta mujer pudo ser hecha santa, nadie está fuera del alcance de la misericordia de Dios. También plantea preguntas honestas. ¿Quién la escribió, y cuándo? ¿Deben leerse sus milagros como un reportaje? Y si los historiadores no pueden verificar los detalles, ¿qué significa venerarla? Este artículo cuenta la vida tal como la recuerda la Iglesia y luego examina la evidencia. Santa María Egipciaca es un buen caso de prueba para la honestidad en la hagiografía, porque la respuesta honesta es más modesta de lo que sugieren muchos relatos, y no por ello menos edificante.

En resumen

La historia completa de Santa María Egipciaca procede de un solo texto griego, la Vida de María Egipciaca, que los manuscritos atribuyen a San Sofronio, patriarca de Jerusalén de 634 a 638. Los estudiosos debaten esa atribución, pero el texto ciertamente existía en 787, cuando se leyó un extracto en el Segundo Concilio de Nicea. Una historia anterior y mucho más breve aparece en la Vida de Ciriaco de Cirilo de Escitópolis, escrita hacia 555 a 557, sobre una anacoreta llamada María que había sido cantora en la iglesia de la Resurrección en Jerusalén y se retiró a una cueva del desierto para que los hombres no fueran tentados por causa de ella. Esa versión no tiene Alejandría, ni prostitución, ni San Zósimo, ni león. La Vida posterior dice que recoge una tradición oral conservada por los monjes. No hay evidencia contemporánea de María misma, y sus fechas no pueden fijarse. Lo mejor es leer la Vida como una historia que los monjes transmitieron «para beneficio de quienes deseen escuchar» (traducción nuestra), ambientada en un mundo monástico real y plausiblemente arraigada en el recuerdo de una mujer solitaria real. La Iglesia la venera como un ícono del arrepentimiento, y esa veneración no depende de la exactitud de cada detalle.

Tesis: Los documentos sugieren una historia que creció entre los siglos VI y VII, desde un breve relato sobre una solitaria del desierto hasta una narración de arrepentimiento cuidadosamente elaborada, de modo que un lector ortodoxo honesto puede venerar a Santa María Egipciaca y recibir su Vida como la recibe la Iglesia, sin afirmar que sus detalles estén documentados de forma independiente como historia.

La vida tal como la cuenta la Iglesia

La Vida comienza con un monje. San Zósimo había vivido en un monasterio de Palestina desde la niñez, y a los cincuenta y tres años empezó a preguntarse si alguien podría enseñarle algo nuevo. Un mensajero le dijo que «no hay hombre sobre la tierra que haya alcanzado la perfección» y lo envió a un monasterio cerca del Jordán.1 Cada Cuaresma sus monjes cruzaban el río hacia el desierto, cada uno por su cuenta, y regresaban el Domingo de Ramos.

El vigésimo día de su caminata, San Zósimo vio una figura desnuda, ennegrecida por el sol, con escaso cabello blanco. Huyó, y él corrió tras ella. Desde el otro lado de un cauce seco lo llamó por su nombre y le pidió su manto, «pues, como ves, soy una mujer y estoy desnuda». Cuando ella oraba, juró después San Zósimo, la vio elevada como un codo sobre el suelo. Temiendo que fuera un espíritu, la oyó decir que era «toda tierra y ceniza y carne», una mujer pecadora «protegida por el santo bautismo».2

Ante sus ruegos, ella le contó su historia. Nacida en Egipto, dejó a sus padres a los doce años para ir a Alejandría y durante más de diecisiete años vivió en la promiscuidad, rehusando todo pago y sosteniéndose con la mendicidad y con hilar lino, porque el deseo mismo la impulsaba. Un verano se unió a las multitudes que navegaban a Jerusalén para la fiesta de la Exaltación de la Cruz, el 14 de septiembre, y pagó su pasaje con su cuerpo.3

La mañana de la fiesta siguió a la multitud hasta la iglesia donde se mostraba la Cruz. Los demás entraban; tres o cuatro veces una fuerza invisible la retuvo en el umbral. De pie, agotada, en un rincón del atrio, «una palabra salvadora tocó los ojos de mi corazón, mostrándome que era la inmundicia de mis actos lo que me cerraba la entrada». Sobre ella había un ícono de la Madre de Dios. Puesto que el Hijo de la Virgen se había hecho hombre «para llamar a los pecadores al arrepentimiento», oró: «ayúdame, a mí, mujer sola que no tiene quien la ayude», y prometió dejar el mundo. Esta vez entró libremente y veneró la Cruz. Una voz le dijo que al otro lado del Jordán «hallaría un buen lugar de reposo».4 Con tres panes llegó a la iglesia de San Juan Bautista junto al río, recibió la Comunión y cruzó.

Llevaba en el desierto, dijo, cuarenta y siete años. Durante los primeros diecisiete, tantos como había vivido en el pecado, la atormentó el anhelo de vino, de comida, de las antiguas canciones y del placer sexual. Cada vez se echaba por tierra y lloraba ante el recuerdo del ícono de la Theotokos (Madre de Dios), su «garante», hasta que la luz brillaba a su alrededor y volvía la paz. Nunca había aprendido a leer, y sin embargo citaba la Escritura, porque «la palabra de Dios, que es viva y poderosa, enseña al hombre el conocimiento».5

Pidió a San Zósimo que le llevara los Santos Dones al año siguiente, en Jueves Santo. Él esperó junto al río; ella llegó de noche, hizo la señal de la Cruz sobre el agua y la atravesó caminando. Después del Credo y del Padrenuestro recibió la Comunión y oró con las palabras de San Simeón: «Ahora despides, Señor, á tu siervo... en paz».6 San Zósimo dio gracias a Dios por mostrarle «cuán lejos estoy de alcanzar la medida de la perfección». Un año después la encontró muerta en el cauce seco, mirando hacia oriente. Unas palabras escritas en el suelo junto a ella le pedían que sepultara a «la humilde María», y solo entonces supo su nombre. Como no tenía con qué cavar, lo ayudó un león que abrió la tumba con sus garras.7 (Las citas bíblicas son de la Reina-Valera 1909, salvo que se indique otra versión; los corchetes son de esa edición.)

La evidencia histórica primaria

Primera capa: Cirilo de Escitópolis (hacia 555 a 557)

Cirilo, monje palestino, escribió vidas de los fundadores del desierto de Judea. Su Vida de Ciriaco, sobre un asceta que murió en 556 a los 107 años, fue escrita hacia 555 a 557.8 Contiene la versión más antigua que se conoce de la historia de María. Un monje llamado Juan, discípulo de San Ciriaco, contó a Cirilo cómo había encontrado a una mujer llamada María que vivía sola en una cueva del desierto de Judea. Había sido cantora en la iglesia de la Resurrección en Jerusalén y se había retirado para no llevar a los hombres a la tentación, y vivió dieciocho años con una jarra de agua y una canasta de legumbres. Cuando Juan volvió, la encontró muerta y la sepultó en su cueva.9

{{strong: Cirilo escribió mientras vivían sus informantes, y recogió el relato de un monje que decía haber conocido y sepultado a una solitaria del desierto llamada María.}} Eso está cerca de los hechos. Pero la María de Cirilo no era una prostituta, no era de Alejandría y no se encuentra con San Zósimo, ni con una puerta cerrada, ni con un ícono, ni con un león.

Segunda capa: Juan Mosco (finales del siglo VI o principios del VII)

Juan Mosco, que recorrió los monasterios de Palestina y Egipto con su amigo San Sofronio, reunió cientos de anécdotas del desierto en El Prado espiritual. Una de ellas, en el resumen de la bizantinista Maria Kouli, es «un relato muy parecido»: el de una monja anónima de Jerusalén que huyó al desierto «para evitar ser causa de tentación para los jóvenes» y vivió allí diecisiete años.10 De nuevo no hay ninguna ramera.

Tercera capa: la Vida atribuida a San Sofronio (siglo VII)

La Vida completa es un tipo de texto distinto: larga, cuidadosamente construida, con cerca de un tercio dedicado al propio relato de María. Los manuscritos la atribuyen a San Sofronio, amigo de Mosco, que fue patriarca de Jerusalén desde 634 hasta su muerte en 638. Según Kouli, el escritor del siglo XII Zonaras y el bolandista H. Delehaye aceptaron la atribución, F. Delmas la aceptó con cautela, y F. Halkin y H.-G. Beck dudaron de ella.11 {{debated: Si el propio San Sofronio escribió la Vida sigue siendo una cuestión abierta.}}

La fecha es más firme que el autor. En el siglo VIII la Vida fue citada por San Juan Damasceno y traducida al latín, lo que lleva a Kouli a juzgar que probablemente fue compuesta en el siglo VII.12 En la cuarta sesión del Segundo Concilio de Nicea, en 787, durante el debate sobre los íconos, «Pedro el Lector leyó un extracto de “La Vida de la bienaventurada María Egipciaca”», que incluía la escena ante el ícono.13 {{very-strong: La Vida existía y era tenida por autorizada en 787.}} El manuscrito griego más antiguo que se conserva es del siglo IX, y sigue sin existir una edición crítica adecuada.14

El autor llama a la historia «un suceso ocurrido en nuestros propios tiempos», contado por «un santo hombre». Al final dice que los monjes la transmitieron «de boca en boca, de una generación a otra», que no conocía a nadie que la hubiera puesto por escrito, y que escribió «deseando no preferir nada sino la verdad».15 Por tanto, la Vida se presenta como tradición monástica oral, puesta por escrito al menos una generación después de San Zósimo, y no como testimonio de un testigo ocular.

¿Qué podemos verificar realmente?

(a) Evidencia documental contemporánea o casi contemporánea

Sobre María misma no hay ninguna: ninguna inscripción, carta o crónica la menciona. Lo más cercano es el relato de Cirilo de la década de 550, que difiere en casi todos los puntos de la Vida posterior.

Lo que sí puede comprobarse es el mundo que describe la Vida. Hubo mujeres solitarias que vivieron en los desiertos de Palestina y Egipto; Cirilo y Mosco las mencionan ambos.16 Según las notas de la traducción de Dumbarton Oaks, el retiro cuaresmal de los monjes del Jordán en el desierto refleja una costumbre palestina real, iniciada por San Eutimio a principios del siglo V después de la Epifanía y trasladada solo más tarde al comienzo de la Cuaresma; la fiesta de la Exaltación sí atraía peregrinos de todo el imperio; la iglesia del Precursor junto al Jordán fue construida bajo el emperador Anastasio I (491 a 518); y los peregrinos veían un ícono de la Virgen en el atrio de la iglesia de la Cruz. El peregrino de Piacenza, hacia 570, lo menciona, y una guía posterior de Epifanio el Monje dice que vio allí el ícono «que prohibió a Santa María entrar en la iglesia».17 Eso muestra que la historia se había vinculado a un lugar real, no que el suceso se registrara en su momento. Un escenario exacto muestra el conocimiento de Palestina que tenía el escritor, no la verdad de cada episodio.

(b) La tradición hagiográfica posterior

Casi todo lo memorable de María, desde Alejandría hasta el león, descansa en un solo texto del siglo VII puesto por escrito a partir de la tradición oral. Tres observaciones de los estudiosos ayudan a leerlo. Primero, Kouli juzga que la Vida «ha transformado a María en una prostituta», con lo que se acentúa el dramatismo de su arrepentimiento.18 Eso supone que la María de Cirilo y la María de la Vida son la misma figura, lo cual es probable pero no está probado. Segundo, la Vida está construida con simetrías: los diecisiete años de lucha de María corresponden a sus diecisiete años de pecado, algo que Kouli llama «probablemente no una coincidencia».19 Tercero, el entierro se parece mucho al de la Vida de Pablo, el primer ermitaño de San Jerónimo, del siglo IV, donde San Antonio, sin herramienta para cavar una tumba, recibe la ayuda de dos leones que «compiten entre sí por excavar la arena».20 Kouli piensa que la Vida fue «fuertemente influida» por San Jerónimo.

Sus fechas también son inciertas. Una lectura ortodoxa para el 1 de abril, atribuida al Monasterio de la Santa Transfiguración de Brookline, dice que su muerte «según algunos tuvo lugar en 378, según otros en 437, y según otros en 522».21 La Enciclopedia Católica de 1910 informa de que los bolandistas la situaban en 421.22 La Vida no da puntos de referencia fijos, solo la edad de María en cada etapa. Si la iglesia del Precursor de la historia es la construida bajo Anastasio, ninguna de estas fechas encaja bien, pues todas situarían el cruce del Jordán por María, cuarenta y ocho años antes de su muerte, antes del comienzo de su reinado en 491. La expresión «en nuestros propios tiempos» de un autor del siglo VII encaja todavía peor con las fechas más tempranas. El veredicto de Kouli es tajante: «es imposible proporcionar una cronología de la vida de María, o siquiera establecer su historicidad». Añade que en esos desiertos vivieron ermitañas reales, y que «bien pudo ser que una de ellas inspirara el relato edificante».23

Incluso el día de la fiesta muestra la tradición en acción. En el texto griego que tradujo Kouli (la edición de la Patrologia Graeca), el escrito junto al cuerpo de María da solo el mes: «en el mes de Pharmouthi, según los egipcios (abril, según los romanos)». La vida en inglés publicada por la Iglesia Ortodoxa en América, que no sigue ese texto griego, dice «el primer día de abril».24 Mantener el 1 de abril es una decisión litúrgica razonable, pero el día exacto procede de la tradición, no del texto griego que tradujo Kouli.

(c) Milagros referidos

La Vida cuenta que María fue retenida por una fuerza invisible, se elevó del suelo en la oración, caminó sobre el Jordán, dejó un mensaje escrito aunque no sabía leer, permaneció incorrupta durante un año y fue sepultada por un león. Cada hecho descansa en un único texto escrito mucho después, sin testigo independiente. La Iglesia no exige a nadie que tenga por hecho establecido cada milagro de la vida de un santo. Dios puede hacer tales cosas, y la evidencia ni las excluye ni las confirma. Algunos motivos, el león sobre todo, pertenecen a un lenguaje literario compartido de la santidad del desierto, que expresa la creencia de que el ser humano purificado es devuelto a la armonía con la creación.

Por qué la Iglesia lee su Vida en Cuaresma

La Iglesia ortodoxa conmemora a Santa María Egipciaca el 1 de abril y el quinto domingo de la Gran Cuaresma;25 en 2026 la Iglesia Ortodoxa en América celebró ese domingo el 29 de marzo.26 En esa misma semana, en los Maitines del jueves (que en las parroquias suelen servirse el miércoles por la tarde), se lee íntegro el Gran Canon de San Andrés de Creta, su única lectura completa en el año, y en el mismo oficio se lee su Vida. El manual litúrgico ruso de S. V. Bulgákov (1900), que cita el Sinaxario, dice que la Vida «manifiesta una compunción infinita y da mucho ánimo a los caídos y a los pecadores».27

El Gran Canon reúne los llamados de la Iglesia al arrepentimiento; la Vida de María les da un rostro humano, al final de la Cuaresma, cuando a muchos les parece que sus esfuerzos han dado poco fruto. Su Condaquio lo dice directamente: «Siendo una mujer pecadora, te convertiste por el arrepentimiento en Esposa de Cristo».28 Detrás de esto está el Evangelio. Cristo dijo de la mujer pecadora que ungió sus pies: «sus muchos pecados son perdonados, porque amó mucho» (Lucas 7:47), y del padre del hijo pródigo se dice que «viólo su padre, y fué movido á misericordia, y corrió, y echóse sobre su cuello, y besóle» (Lucas 15:20).

La postura ortodoxa

Dogma. La Iglesia enseña que los santos están vivos en Cristo y oran por nosotros, y el Séptimo Concilio Ecuménico (787) afirmó la veneración de los íconos distinguiéndola de la adoración: no es «la adoración plena {latria} conforme a nuestra fe, que se debe propiamente solo a la naturaleza divina», pues «el honor tributado a una imagen la atraviesa y alcanza al modelo».29 Véanse nuestras guías sobre la intercesión de los santos en la Iglesia antigua (en inglés) y sobre los íconos y las reliquias (en inglés).

Tradición común. Que una santa mujer llamada María se arrepintió, vivió como ermitaña más allá del Jordán y se cuenta entre los santos es la tradición litúrgica establecida de la Iglesia.

Opinión teológica y juicio histórico. Quién escribió la Vida, cuándo vivió María, si la María de Cirilo es la misma mujer y con qué literalidad hay que tomar cada episodio son cuestiones abiertas. Ningún concilio ha definido la autoría de la vida de un santo ni la historicidad de sus milagros.

¿Qué entiende la Iglesia por arrepentimiento y santidad? Cuando Cristo dice «arrepentíos, y creed al evangelio» (Marcos 1:15), el verbo griego es metanoeite, un llamado a un cambio de mente y de vida. La enseñanza ortodoxa trata el arrepentimiento como el volverse de toda la persona a Dios durante toda la vida. San Juan Clímaco, abad del Sinaí y contemporáneo cercano de Mosco y de San Sofronio, escribió: «El arrepentimiento es la renovación del bautismo. El arrepentimiento es un contrato con Dios para una segunda vida», y «la hija de la esperanza y la renuncia a la desesperación».30 La Vida de María es esa enseñanza en forma de relato. Su conversión toma un instante; su sanación toma diecisiete años, y es la gracia, representada en la luz que viene a ella y en la Theotokos que la guarda, la que la sostiene a lo largo del camino.

La santidad, en esta visión, es participación en Dios por gracia, lo que la teología ortodoxa llama theosis: llegar a ser «participantes de la naturaleza divina» (2 Pedro 1:4) sin llegar a ser jamás Dios por naturaleza. Al ver a María caminar sobre el agua, San Zósimo dice que Dios «dijo la verdad cuando prometió que quienes se purifican se asemejan a Dios en la medida de lo posible».31 (Véase ¿Qué es la theosis?) Su vida en el desierto está enmarcada por dos Comuniones; su santidad ni se hizo a sí misma ni se vivió al margen de los sacramentos.

Las objeciones más fuertes

«Es una leyenda, ¿por qué venerarla?»

Un escéptico, o un cristiano cuidadoso, podría decir: si los historiadores no pueden mostrar que María existió, la Iglesia está honrando a un personaje de un relato. Primero, la evidencia no muestra que María sea ficticia; muestra que los detalles no pueden verificarse. Un monje del siglo VI dijo a Cirilo que había conocido y sepultado en el desierto a una mujer llamada María, y no hay evidencia de que la inventara. Una lectura natural es que una solitaria real está al comienzo de una tradición que fue creciendo al contarse, una posibilidad que la propia Kouli admite.

Segundo, la veneración de la Iglesia se apoya en su memoria viva y en su oración, no en el resultado de una investigación histórica. Los cristianos ortodoxos creen que los santos están vivos en Dios y oran por nosotros; la investigación histórica puede poner a prueba documentos, pero tampoco puede resolver esa cuestión en uno u otro sentido.

Tercero, la honestidad exige distinguir lo que veneramos de lo que afirmamos saber. Un cristiano ortodoxo puede decir, con coherencia: «Pido a Santa María Egipciaca sus oraciones, y no sé si un león cavó su tumba». La Vida pide ser leída para provecho, y la liturgia la lee así.

«Esto es ascetismo extremo, no el Evangelio»

Algunos lectores protestantes encuentran la historia inquietante por otra razón. Cuarenta y siete años desnuda en el desierto, golpeándose el pecho hasta que pasaba la tentación: ¿no es esto lo que, según San Pablo, solo tiene «cierta reputación de sabiduría en culto voluntario, y humildad, y en duro trato del cuerpo» (Colosenses 2:23)? Juan Calvino, que no rechazaba el ayuno, advirtió contra tratarlo «como obra meritoria y especie de culto divino» (traducción nuestra), y se quejó de que en la Iglesia antigua «la observancia supersticiosa de la Cuaresma se había impuesto por todas partes».32 Una nota editorial de la traducción inglesa de 1850 de Nicea II, obra del clérigo anglicano John Mendham, fue más lejos al comentar que en la historia de María parecía que «ni siquiera se pensó en Cristo en su esquema de salvación».33

Estas preocupaciones no son necias, y la ortodoxia comparte algunas: no presenta el ayuno como un modo de ganar la salvación. Pueden darse varias respuestas. Primero, la Vida no es una regla para los cristianos comunes; la Iglesia propone a María como un caso extraordinario de la gracia, y a nadie que escuche los oficios de Cuaresma se le dice que se vaya al desierto. Segundo, el propio San Pablo dijo: «hiero mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre» (1 Corintios 9:27), y Cristo enseñó a sus discípulos cómo ayunar, «cuando ayunáis», y no si hay que ayunar (Mateo 6:16-18). La cuestión es el propósito, y en la Vida el propósito es la sanación: una mujer esclavizada a sus apetitos es liberada, y el texto atribuye el mérito a la gracia de Dios y a la ayuda de la Theotokos, no a su propia fuerza.

Tercero, la acusación de que Cristo está ausente no se ajusta al texto. María ora porque el Hijo de la Virgen se hizo hombre para llamar a los pecadores al arrepentimiento; anhela ver «la cruz en la que Dios... fue crucificado en la carne y ofreció su propia sangre como rescate por mí»; muere después de recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo.34 Protestantes y ortodoxos seguirán discrepando sobre el lugar de la Theotokos en su historia, pero la historia está centrada en Cristo y en su Cruz.

Cuarto, hay un punto que conceder. Su tropario dice que nos enseñó «a desatender la carne, porque pasa; pero a cuidar del alma, pues es inmortal».35 Leída aisladamente, esa frase podría sonar como desprecio del cuerpo. La Iglesia, que confiesa la resurrección del cuerpo, no lo entiende así, pero la frase muestra por qué los textos ascéticos deben leerse dentro de la fe entera. Como trasfondo, véanse nuestros artículos sobre el origen del monacato cristiano y sobre el monacato en la Reforma.

«El concilio se apoyó en leyendas para probar los íconos»

Mendham se quejó además de que las historias leídas en Nicea II se ofrecían «como otras tantas pruebas irrefutables de la santidad de las imágenes».36 Una historia leída en un concilio no queda por ello garantizada históricamente. Pero la enseñanza del concilio descansa en la Encarnación y en la distinción entre honor y adoración, no en ninguna Vida en particular; la historia de María ilustraba cómo los cristianos ya oraban ante los íconos.

Lo que podemos afirmar con confianza

  • Hacia 555 a 557 Cirilo de Escitópolis recogió el relato de un monje sobre una mujer llamada María, antigua cantora de la iglesia de la Resurrección, que vivió como solitaria en el desierto y fue sepultada por él.
  • La Vida completa estaba en circulación en el siglo VIII, cuando la citó San Juan Damasceno, y fue leída en el Segundo Concilio de Nicea en 787.
  • La Vida refleja con exactitud el mundo palestino de su tiempo: los monasterios del Jordán y su retiro cuaresmal, la peregrinación de la Exaltación, la iglesia del Precursor.
  • La Iglesia ortodoxa conmemora a Santa María Egipciaca el 1 de abril y el quinto domingo de la Gran Cuaresma, y lee su Vida con el Gran Canon en la quinta semana.
  • La Vida se presenta como tradición monástica oral, puesta por escrito para provecho de los lectores.

Lo que sigue en debate

  • Si San Sofronio escribió la Vida, y exactamente cuándo se escribió. Kouli la sitúa probablemente en el siglo VII; la Enciclopedia Católica de 1910 informa de que los bolandistas de su época defendían una fecha anterior a 500.
  • Cuándo vivió María: las fuentes ortodoxas dan 378, 437 o 522, los bolandistas 421, y la Vida no da fechas fijas.
  • Si la cantora de Cirilo y la antigua ramera de la Vida son la misma mujer, y cómo cambió la historia entre una y otra.
  • {{debated: Si detrás de la Vida hay una mujer real llamada María.}} La evidencia más antigua lo hace plausible; no puede probarse.
  • Si los milagros referidos, incluido el león, registran sucesos o emplean el lenguaje establecido de la hagiografía del desierto.

Conclusión

Santa María Egipciaca llega hasta nosotros a través de un breve relato del siglo VI y de una narración más larga del siglo VII sobre lo que los monjes habían transmitido. Fingir otra cosa honraría mal a una santa cuya vida fue un apartarse del fingimiento.

Lo que la Iglesia nos da es menos un expediente que un espejo. Cada Cuaresma los fieles oyen de nuevo cómo una mujer que no podía atravesar la puerta de una iglesia halló misericordia ante un ícono de la Madre de Dios, y cómo un viejo monje orgulloso descubrió que aún tenía todo por aprender. La Iglesia cree que ella vive en Cristo y ora por nosotros. Sea que cada episodio sucediera o no como está escrito, la historia dice la verdad acerca de Dios, quien, como dice la Vida haciendo eco de Ezequiel, «no desea la muerte del pecador». Esa verdad no necesita una evidencia inflada, y es la fe de la Iglesia la que canta cada Pascua a Cristo «pisoteando la muerte con la muerte». Para más sobre los Padres de este período, véase nuestra guía de los Padres de la Iglesia (en inglés).


Notas

  1. Life of St. Mary of Egypt, caps. 2-4, trad. Maria Kouli, en Alice-Mary Talbot, ed., Holy Women of Byzantium: Ten Saints' Lives in English Translation (Washington, DC: Dumbarton Oaks, 1996), 71-73. Traducido del texto griego en PG 87:3697-726 (BHG 1042). ↩
  2. Life, caps. 9-15, trad. de Kouli, 75-79. ↩
  3. Life, caps. 18-21, trad. de Kouli, 80-82. La fecha de la Exaltación se da en la nota 45 de Kouli, p. 80. ↩
  4. Life, caps. 22-26, trad. de Kouli, 82-85. ↩
  5. Life, caps. 27-31, trad. de Kouli, 85-87. Kouli observa (p. 85, n. 54) que las cifras de la Vida hacen que María tenga unos setenta y seis años en este momento. ↩
  6. Life, caps. 32-35, trad. de Kouli, 87-90. La oración cita Lucas 2:29-30. ↩
  7. Life, caps. 36-40, trad. de Kouli, 90-92. ↩
  8. Efthymios Rizos, «Cyril of Scythopolis composes the Life of Kyriakos of Souka», The Cult of Saints in Late Antiquity database, University of Oxford, registro E06733, csla.history.ox.ac.uk. ↩
  9. Kouli, introducción a la Life, en Talbot, Holy Women of Byzantium, 65, que resume a Cirilo de Escitópolis, Life of Kyriakos, ed. E. Schwartz, Kyrillos von Skythopolis (Leipzig, 1939), 233-34; traducción inglesa en Cyril of Scythopolis, The Lives of the Monks of Palestine, trad. R. M. Price (Kalamazoo: Cistercian Publications, 1991), 256-58. ↩
  10. Kouli, introducción, 65-66, que cita a John Moschos, Spiritual Meadow, PG 87:3049; traducción inglesa en John Wortley, trad., The Spiritual Meadow of John Moschos (Kalamazoo: Cistercian Publications, 1992), 148-49. ↩
  11. Kouli, introducción, 66. ↩
  12. Kouli, introducción, 66 (que cita PG 94:1416-17 para San Juan Damasceno). ↩
  13. The Seventh General Council, the Second of Nicaea, Held A.D. 787, trad. John Mendham (London: W. E. Painter, 1850), sesión 4, p. 212; el extracto sigue en las pp. 212-14. ↩
  14. Kouli, introducción, 67-68 y n. 12. ↩
  15. Life, caps. 1 y 41, trad. de Kouli, 70 y 92-93. ↩
  16. Kouli, introducción, 65-67. ↩
  17. Notas de Kouli a la Life: n. 35, p. 75 (retiro cuaresmal, que cita a Y. Hirschfeld, The Judean Desert Monasteries in the Byzantine Period, 1992); n. 45, p. 80 (Exaltación); n. 49, p. 83 (ícono en el atrio, que cita a J. Wilkinson, Jerusalem Pilgrims); n. 51, p. 84 (iglesia construida por Anastasio I). ↩
  18. Kouli, introducción, 66. ↩
  19. Kouli, n. 55 al cap. 29, p. 86. ↩
  20. Jerome, Life of Paulus the First Hermit, cap. 16, trad. W. H. Fremantle, G. Lewis y W. G. Martley, Nicene and Post-Nicene Fathers, 2.ª serie, vol. 6 (Buffalo, NY: Christian Literature Publishing Co., 1893); Kouli, introducción, 67. ↩
  21. Holy Transfiguration Monastery (Brookline, MA), lectura para Santa María Egipciaca, 1 de abril, tal como se reproduce en frpeterpreble.com, «1 April ~ St. Mary of Egypt». ↩
  22. J. MacRory, «St. Mary of Egypt», The Catholic Encyclopedia, vol. 9 (New York: Robert Appleton Company, 1910), newadvent.org. ↩
  23. Kouli, introducción, 66-67. ↩
  24. Life, cap. 38, trad. de Kouli, 91; Orthodox Church in America, «Venerable Mary of Egypt», Lives of the Saints, 1 de abril, oca.org. ↩
  25. Kouli, introducción, 68; Orthodox Church in America, «Venerable Mary of Egypt», conmemorada el 1 de abril. ↩
  26. Orthodox Church in America, «5th Sunday of Great Lent: St Mary of Egypt», Lives of the Saints, conmemorada el 29 de marzo de 2026, oca.org. ↩
  27. S. V. Bulgakov, Handbook for Church Servers (Kharkov, 1900), trad. Archpriest Eugene D. Tarris, «Fifth Week of Great Lent», pravmir.com. Para los oficios en inglés, véase Mother Mary and Archimandrite Kallistos Ware, trad., The Lenten Triodion (London: Faber and Faber, 1978). ↩
  28. Orthodox Church in America, «Venerable Mary of Egypt: Troparion and Kontakion», oca.org. ↩
  29. Second Council of Nicaea, Definition, en Norman P. Tanner, ed., Decrees of the Ecumenical Councils (London: Sheed & Ward; Washington, DC: Georgetown University Press, 1990), tal como se reproduce en documentacatholicaomnia.eu. ↩
  30. John Climacus, The Ladder of Divine Ascent, Step 5, trad. Archimandrite Lazarus Moore (Eastern Orthodox Books, impresión de 1973), tal como se reproduce en churchmotherofgod.org, «On Repentance». ↩
  31. Life, cap. 35, trad. de Kouli, 89. Kouli señala el eco de Platón, Teeteto 176b. ↩
  32. John Calvin, Institutes of the Christian Religion 4.12.19-20, trad. Henry Beveridge (1845), ccel.org. ↩
  33. Mendham, The Seventh General Council, 212, nota. ↩
  34. Life, caps. 23 y 35, trad. de Kouli, 83 y 89-90. ↩
  35. Orthodox Church in America, «Venerable Mary of Egypt: Troparion and Kontakion» (tropario, tono 8). ↩
  36. Mendham, The Seventh General Council, 192, nota. ↩

Bibliografía

Fuentes primarias

  • Life of St. Mary of Egypt (BHG 1042; PG 87:3697-726). Traducido por Maria Kouli. En Holy Women of Byzantium: Ten Saints' Lives in English Translation, editado por Alice-Mary Talbot, 65-93. Byzantine Saints' Lives in Translation 1. Washington, DC: Dumbarton Oaks Research Library and Collection, 1996. ISBN 0-88402-241-2.
  • Cyril of Scythopolis. The Lives of the Monks of Palestine. Traducido por R. M. Price, con introducción y notas de John Binns. Cistercian Studies 114. Kalamazoo, MI: Cistercian Publications, 1991.
  • John Moschos. The Spiritual Meadow (Pratum Spirituale). Traducido por John Wortley. Cistercian Studies 139. Kalamazoo, MI: Cistercian Publications, 1992.
  • Jerome. Life of Paulus the First Hermit. Traducido por W. H. Fremantle, G. Lewis y W. G. Martley. Nicene and Post-Nicene Fathers, 2.ª serie, vol. 6. Buffalo, NY: Christian Literature Publishing Co., 1893. Edición revisada en newadvent.org.
  • Second Council of Nicaea (787). Definition. En Decrees of the Ecumenical Councils, editado por Norman P. Tanner. London: Sheed & Ward; Washington, DC: Georgetown University Press, 1990.
  • Second Council of Nicaea (787). Acts, session 4. En The Seventh General Council, the Second of Nicaea, Held A.D. 787, traducido por John Mendham. London: W. E. Painter, 1850.
  • The Holy Bible, New King James Version. Nashville: Thomas Nelson, 1982. El griego de Marcos 1:15 procede del SBL Greek New Testament.

Fuentes ortodoxas y patrísticas

  • John Climacus. The Ladder of Divine Ascent. Traducido por Archimandrite Lazarus Moore. Eastern Orthodox Books, impresión de 1973 (primera publicación: London: Faber and Faber, 1959).
  • Mother Mary and Archimandrite Kallistos Ware, trad. The Lenten Triodion. London: Faber and Faber, 1978.
  • Orthodox Church in America. «Venerable Mary of Egypt» (1 de abril), con tropario y condaquio; y «5th Sunday of Great Lent: St Mary of Egypt» (29 de marzo de 2026). Lives of the Saints, oca.org. Tropario pascual de «Selected Liturgical Hymns», oca.org.
  • Bulgakov, S. V. Handbook for Church Servers. Kharkov, 1900. «Fifth Week of Great Lent», traducido por Archpriest Eugene D. Tarris, pravmir.com.
  • Holy Transfiguration Monastery, Brookline, MA. Lectura para Santa María Egipciaca, 1 de abril. Tal como se reproduce en frpeterpreble.com.

Otros estudios (incluidos estudiosos que discrepan)

  • Kouli, Maria. Introducción y notas a la Life of St. Mary of Egypt. En Talbot, ed., Holy Women of Byzantium, 65-93.
  • Ward, Benedicta. Harlots of the Desert: A Study of Repentance in Early Monastic Sources. Cistercian Studies 106. Kalamazoo, MI: Cistercian Publications, 1987. ISBN 978-0-87907-606-1. (Incluye una traducción inglesa de la versión latina medieval de la Vida.)
  • Rizos, Efthymios. Registro E06733, «Cyril of Scythopolis composes the Life of Kyriakos of Souka». The Cult of Saints in Late Antiquity database, University of Oxford. csla.history.ox.ac.uk.
  • MacRory, J. «St. Mary of Egypt». The Catholic Encyclopedia, vol. 9. New York: Robert Appleton Company, 1910.

Fuentes de las tradiciones tratadas (protestantes y críticas)

  • Calvin, John. Institutes of the Christian Religion. Traducido por Henry Beveridge. Edinburgh: Calvin Translation Society, 1845. Libro 4, capítulo 12. ccel.org.
  • Mendham, John. Notas editoriales a The Seventh General Council, the Second of Nicaea. London: W. E. Painter, 1850.

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