La fe apostólica: por qué los cristianos deben aferrarse a la fe entregada una vez para siempre (Judas 3)

Lo que San Judas quiso decir con la fe «entregada una vez para siempre», lo que los apóstoles transmitieron, cómo la guardaron San Clemente, San Ignacio, San Policarpo y San Ireneo, y por qué la fe apostólica sigue siendo la prueba de toda afirmación posterior de hablar en nombre de Cristo.

Cerca del final del Nuevo Testamento hay una carta de un solo capítulo que muchos cristianos rara vez leen. Su autor, San Judas, dice que había querido escribir acerca de «nuestra salvación común» (BES), pero que se vio obligado a enviar en cambio un llamado urgente: «luchar con firmeza por la fe que fue entregada una vez para siempre a los santos» (BES) (Judas 3).1 Habló de una fe definida, ya dada, y dada una sola vez a todo el pueblo de Dios. (Las citas bíblicas son de la Reina-Valera 1909, salvo que se indique otra versión; los corchetes son de esa edición.)

Entonces, ¿qué es «la fe apostólica»? ¿Cómo se transmitió después de la muerte de los apóstoles? ¿Y por qué los cristianos de hoy deberían tomar la fe de la Iglesia primitiva, y no una lectura más reciente ni una revelación posterior, como la medida del cristianismo? Los santos de los últimos días creen que la Iglesia cayó en una apostasía general después de los apóstoles. Muchos protestantes creen que la Iglesia medieval sepultó el evangelio bajo tradiciones humanas hasta la Reforma. Algunos historiadores dudan de que alguna vez haya existido una sola fe apostólica.

El propietario de este sitio plantea claramente lo que está en juego: sin la fe apostólica, nos dejamos engañar por cualquier cosa. La Iglesia primitiva creía lo mismo. Los testigos que vivieron más cerca de los apóstoles, que hablaban su idioma y que con frecuencia murieron por su confesión merecen ser escuchados primero.

En resumen

La palabra «entregada» de San Judas pertenece al vocabulario neotestamentario de la transmisión (paradosis, literalmente «entrega», la palabra que se traduce «tradición»), la misma familia de palabras que usa San Pablo para el evangelio que «entregó» y para las tradiciones que mandó a los tesalonicenses retener. La fe apostólica es el depósito que los apóstoles entregaron: el evangelio, resumido en la primitiva «regla de fe»; las Escrituras, leídas dentro de la Iglesia que las recibió; su culto y sus sacramentos; y un ministerio que lo guarde y lo transmita. San Clemente, San Ignacio y San Policarpo muestran que se conservó dentro de la memoria viva de los apóstoles, y San Ireneo y Tertuliano la convirtieron en una prueba pública: una enseñanza que no puede rastrearse hasta lo que las iglesias apostólicas enseñaban abiertamente no es apostólica. Algunos detalles se discuten, pero la afirmación central se sostiene: la Iglesia primitiva recibió y conservó la fe; no la inventó ni la redescubrió.

Tesis: La fe apostólica es el evangelio y el modo de vida que Cristo dio a los apóstoles y que ellos transmitieron, una vez para siempre, a la Iglesia; como fue entregada públicamente y guardada públicamente, sigue siendo la prueba de toda afirmación posterior de hablar en nombre de Cristo.

Lo que San Judas quiso decir con la fe entregada una vez para siempre

Dos palabras griegas sostienen el versículo. La primera es hapax, «de una vez para siempre». Hebreos 9:28 la usa cuando dice que «Cristo fué ofrecido una vez»: la ofrenda fue completa y no necesita repetirse. San Judas aplica la misma palabra a la fe. Fue dada en plenitud y no necesita una segunda entrega. Los patriarcas ortodoxos dijeron lo mismo en 1848: la fe «hace mucho tiempo fue sellada en su plenitud, de modo que no admite disminución, ni aumento, ni cambio alguno» (traducción nuestra).2

La segunda es paradotheisē, «entregada» o «transmitida», del verbo paradidōmi, que da también el sustantivo paradosis, «tradición». San Pablo usa este verbo para el núcleo del evangelio: «Porque en primer lugar les entregué lo que también recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras» (BES) (1 Corintios 15:3). Y San Judas dice que la fe fue entregada «a los santos» (BES), todo el pueblo santo, no a unos pocos intérpretes dotados ni a un círculo interior.

San Judas no enumera el contenido de «la fe» ni dice cómo se preservaría. Pero la forma de la afirmación es clara: la fe se recibe desde fuera de nosotros, y la tarea del creyente es luchar por ella, no mejorarla.

La transmisión: el lenguaje neotestamentario de la tradición

San Pablo elogia a los corintios porque «retienen las tradiciones tal como yo se las entregué» (traducción nuestra) (1 Corintios 11:2). A los tesalonicenses les dice: «manténganse firmes y retengan las tradiciones que se les enseñaron, sea por palabra o por carta nuestra» (traducción nuestra; la Reina-Valera 1909 dice aquí «doctrina») (2 Tesalonicenses 2:15), y les manda apartarse de todo el que viva «no según la tradición que recibió de nosotros» (traducción nuestra) (2 Tesalonicenses 3:6). Para San Pablo el evangelio tiene un contenido fijo, y lo que enseñó «por palabra» está junto a lo que escribió (aunque eso por sí solo no prueba que una costumbre posterior sea apostólica).

San Pablo esperaba que la tradición lo sobreviviera. Dice a San Timoteo: «Retén la forma de las sanas palabras que de mí oíste» y «Guarda el buen depósito por el Espíritu Santo que habita en nosotros» (2 Timoteo 1:13–14). El griego es tēn kalēn parathēkēn, «el buen depósito», algo confiado a un guardián. Luego viene lo que el propietario de este sitio llama cuatro generaciones en una sola frase: «Y lo que has oído de mí entre muchos testigos, esto encarga á los hombres fieles que serán idóneos para enseñar también á otros» (2 Timoteo 2:2).

San Juan responde a los falsos maestros de la misma manera: «Pues lo que habéis oído desde el principio, sea permaneciente en vosotros» (1 Juan 2:24). Cuando algunos se separaron, no concluyó que la Iglesia había fracasado: «Salieron de nosotros, mas no eran de nosotros» (1 Juan 2:19). Detrás de estos mandatos están las promesas de Cristo de estar con sus discípulos «todos los días, hasta el fin del mundo» (Mateo 28:20) y de enviar al Espíritu que «os guiará á toda verdad» (Juan 16:13). La Iglesia es «columna y apoyo de la verdad» (1 Timoteo 3:15).3 Nuestro artículo La Iglesia que no podía desaparecer trata estas promesas con más detalle.

Lo que contiene la fe apostólica

Hechos describe así a la primera comunidad: «Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, y en la comunión, y en el partimiento del pan, y en las oraciones» (Hechos 2:42). La enseñanza, la comunión, la Eucaristía y la oración van juntas, y los escritores del siglo II completan cada parte.

El evangelio y la regla de fe

En el centro está el evangelio. A fines del siglo II tenía un resumen reconocido, «la regla de fe». San Ireneo, que escribía hacia el año 180, la expuso extensamente:

«La Iglesia, aunque dispersa por todo el mundo, hasta los confines de la tierra, ha recibido de los apóstoles y de sus discípulos esta fe: [Ella cree] en un solo Dios, el Padre Todopoderoso, Hacedor del cielo, de la tierra, del mar y de todas las cosas que hay en ellos; y en un solo Cristo Jesús, el Hijo de Dios, que se encarnó para nuestra salvación; y en el Espíritu Santo...»4

Añadió que «las Iglesias que han sido plantadas en Germania no creen ni transmiten nada diferente, ni tampoco las de Hispania, ni las de la Galia, ni las del Oriente, ni las de Egipto».4 Tertuliano de Cartago dio un resumen paralelo y dijo que esta regla «fue enseñada por Cristo».5 Los resúmenes difieren en la redacción y coinciden en el fondo. La misma fe se confiesa en el Credo niceno, que se canta en cada Divina Liturgia ortodoxa: «Y en la Iglesia, Una, Santa, Católica y Apostólica» (texto del Credo según la Diócesis de México de la Iglesia Ortodoxa en América).6 Véase también nuestra guía sobre San Ireneo.

Las Escrituras, leídas dentro de la Iglesia

El depósito incluye las Escrituras: el Antiguo Testamento que recibieron los apóstoles, principalmente en la Septuaginta griega, y los escritos apostólicos que llegaron a ser el Nuevo Testamento. Los primeros escritores insistían en que estos pertenecen a la Iglesia y se leen según su regla. San Ireneo preguntó qué ocurriría si los apóstoles no hubieran dejado escritos: «¿No sería necesario, [en ese caso,] seguir el curso de la tradición que ellos transmitieron a aquellos a quienes confiaron las Iglesias?» Señaló «muchas naciones de aquellos bárbaros que creen en Cristo» que conservaban la fe «sin papel ni tinta».7

San Ireneo citaba la Escritura constantemente; su punto era que la fe estaba en la Iglesia antes de que se reuniera el Nuevo Testamento y es la clave para leerlo. Tertuliano dijo a los herejes que las Escrituras no eran suyas para usarlas: «Poseo títulos de propiedad seguros, recibidos de los propietarios originales mismos... Soy el heredero de los apóstoles».8

El culto y los sacramentos

San Justino Mártir, a mediados del siglo II, dijo al emperador Antonino Pío que nadie puede recibir la Eucaristía «sino el hombre que cree que son verdaderas las cosas que enseñamos, y que ha sido bañado con el baño que es para la remisión de los pecados», y añadió: «Porque no como pan común ni bebida común recibimos estos».9 San Ireneo unió la creencia y el culto: «nuestra opinión concuerda con la Eucaristía, y la Eucaristía, a su vez, confirma nuestra opinión».10 San Basilio Magno escribió más tarde que algunas de las creencias y prácticas de la Iglesia vienen «de la enseñanza escrita», y otras, «entregadas a nosotros en misterio por la tradición de los apóstoles», como la señal de la cruz.11 La oración de la Iglesia lleva la fe.

El ministerio que guarda el depósito

Los apóstoles nombraron líderes locales. San Pablo y San Bernabé constituyeron «ancianos en cada una de las iglesias» (Hechos 14:23). San Tito debía poner «ancianos por las villas, así como yo te mandé» (Tito 1:5), y a San Timoteo se le dijo: «No impongas de ligero las manos á ninguno» (1 Timoteo 5:22).

La carta de la iglesia de Roma a Corinto, 1 Clemente, que suele fecharse a fines del siglo I, explica la pauta: «Los apóstoles nos han predicado el evangelio de parte del Señor Jesucristo; Jesucristo [lo ha hecho] de parte de Dios», y los apóstoles nombraron «las primicias [de sus trabajos]... como obispos y diáconos de los que habían de creer después».12 Luego «dieron instrucciones para que, cuando estos se durmieran, otros hombres aprobados les sucedieran en su ministerio».13 {{strong: Antes de que terminara el siglo I, la iglesia de Roma ya enseñaba que los apóstoles habían nombrado ministros locales y habían previsto sucesores que los siguieran.}}

Esta transmisión del ministerio de una generación a otra se llama sucesión apostólica. En la enseñanza ortodoxa tiene dos lados que van juntos: una línea ininterrumpida de ordenación por la imposición de manos, y la misma fe apostólica enseñada por los ordenados. Ninguno basta sin el otro.

Los testigos más cercanos a los apóstoles

Estos cristianos hablaban el griego de los apóstoles, vivían en sus ciudades, y algunos conocieron a los apóstoles o a sus discípulos. Nuestro artículo Los más cercanos a los apóstoles cuenta sus historias con más detalle.

San Ignacio de Antioquía, quien según Eusebio «llegó a ser alimento de bestias salvajes por su testimonio de Cristo»,14 escribió a las iglesias de camino a su muerte en Roma: «Que nadie haga nada de lo que atañe a la Iglesia sin el obispo. Que se considere legítima aquella Eucaristía que se [administra] por el obispo, o por aquel a quien él se la haya confiado», y «dondequiera que esté Jesucristo, allí está la Iglesia católica».15 Para San Ignacio la Iglesia es la asamblea eucarística reunida en torno a su obispo. Él daba por supuesto este orden; no lo defendía como algo nuevo.

San Policarpo de Esmirna es el eslabón más claro. San Ireneo, que lo oyó de niño, escribió que Policarpo «no solamente fue instruido por apóstoles, y conversó con muchos que habían visto a Cristo, sino que también fue establecido por apóstoles en Asia como obispo de la Iglesia en Esmirna»,16 y recordaba los relatos de Policarpo «de su trato con Juan».17 La propia carta de Policarpo exhorta a los filipenses a «volver a la palabra que nos ha sido transmitida desde el principio».18 Presionado a injuriar a Cristo, respondió, según informó su iglesia: «Ochenta y seis años lo he servido, y nunca me hizo ningún daño: ¿cómo, pues, puedo blasfemar contra mi Rey y mi Salvador?»19

Dos precauciones. El martirio prueba la sinceridad, no la infalibilidad; los mártires importan como testigos porque murieron por una fe que decían haber recibido, no por una que hubieran ideado. Y el vínculo de San Policarpo con San Juan descansa principalmente en un solo testigo antiguo, San Ireneo. El año de la muerte de Policarpo, que Eusebio sitúa bajo Marco Aurelio, y la fecha del relato de su martirio también se discuten.20 {{moderate: Policarpo recibió enseñanza del apóstol San Juan, una afirmación que descansa principalmente en el testimonio de San Ireneo, quien oyó a Policarpo de niño.}}

Por qué la fe apostólica es la prueba de toda afirmación posterior

Los maestros gnósticos del siglo II afirmaban tener un conocimiento secreto que venía de Jesús. La Iglesia respondió con hechos públicos que cualquiera podía comprobar.

San Ireneo: la sucesión pública y la regla de la verdad

En resumen: cualquiera podía comprobar qué enseñaban las iglesias apostólicas y quién lo había enseñado.

San Ireneo escribió que «todos los que en cada Iglesia quieran ver la verdad pueden, por tanto, contemplar claramente la tradición de los apóstoles manifestada en todo el mundo», y que «estamos en condiciones de enumerar a quienes fueron instituidos obispos en las Iglesias por los apóstoles». Si los apóstoles hubieran conocido misterios ocultos, «se los habrían entregado especialmente a aquellos a quienes confiaban también las mismas Iglesias».

Enumeró a los obispos de Roma desde Lino hasta Eleuterio, su contemporáneo, y concluyó: «Con este orden y por esta sucesión, la tradición eclesiástica que viene de los apóstoles y la predicación de la verdad han llegado hasta nosotros».21

El argumento es público, y no mecánico, pues San Ireneo unió la sucesión a la doctrina: el verdadero conocimiento «es [el que consiste en] la doctrina de los apóstoles, y la antigua constitución de la Iglesia en todo el mundo, y la manifestación distintiva del cuerpo de Cristo según las sucesiones de los obispos».22 Los obispos importan porque transmiten la enseñanza de los apóstoles.

Hegesipo hizo la misma comprobación en persona. En un viaje a Roma, según informa Eusebio, conoció a muchos obispos y «recibió la misma doctrina de todos».23 {{strong: En la segunda mitad del siglo II, escritores cristianos de la Galia, de Roma y de Oriente apelaban a listas públicas de obispos y a una regla de fe compartida como prueba de que las iglesias conservaban la enseñanza de los apóstoles.}} Véase ¿Creía la Iglesia primitiva en la sucesión apostólica? para más información.

La Iglesia aplicó la misma regla a sus propios obispos. Pablo de Samosata, obispo de la sede apostólica de Antioquía, enseñaba que Cristo era por naturaleza «un hombre común». Bajo el emperador Aureliano, un sínodo de obispos escribió que «se ha apartado de la regla de fe», y lo excomulgó. Eusebio lo resume: Pablo «había caído del episcopado, así como de la fe ortodoxa».24 Su ordenación no protegió a un obispo que abandonó la enseñanza de los apóstoles. Por eso la Iglesia ortodoxa todavía ora en cada Divina Liturgia por «todos los obispos ortodoxos, que rectamente proclaman la palabra de tu verdad».25

La prescripción de Tertuliano, leída con cuidado

Tertuliano, que escribía hacia el año 200, usó el lenguaje del derecho romano: una «prescripción» excluía un caso del tribunal antes de que se discutiera su fondo. Los apóstoles, decía, fundaron iglesias «en cada ciudad, de las cuales todas las demás iglesias, una tras otra, derivaron la tradición de la fe».26 La doctrina que concuerda con «las iglesias apostólicas—esos moldes y fuentes originales de la fe deben tenerse por verdad».27 Desafió a los herejes: «Que presenten los registros originales de sus iglesias; que desplieguen el rollo de sus obispos», como «la iglesia de Esmirna, que registra que Policarpo fue puesto allí por Juan».28

Tertuliano exige cuidado. Su punto era quién tiene derecho a interpretar la Escritura, no una negativa a discutirla. Y según San Jerónimo más tarde «cayó en la doctrina de Montano», un movimiento que afirmaba una nueva profecía, por lo que la Iglesia no recibió todo lo que escribió.28 Pero él también unió la sucesión a la doctrina: las iglesias fundadas más tarde cuentan igualmente como apostólicas porque, en el título de su propio capítulo, «su fe es la que los apóstoles enseñaron y transmitieron».28

Los concilios: la pauta de Jerusalén continuó

Cuando los apóstoles y los ancianos se reunieron en Jerusalén para tratar la admisión de los gentiles, escribieron: «ha parecido bien al Espíritu Santo, y á nosotros» (Hechos 15:28). La Iglesia mantuvo esa pauta: sus concilios veían su tarea como guardar lo recibido, no añadirle nada. El Concilio de Constantinopla del año 381 comenzó sus cánones así: «La fe de los trescientos dieciocho Padres reunidos en Nicea de Bitinia no será puesta a un lado, sino que permanecerá firme». El Séptimo Concilio Ecuménico (Nicea, 787) dijo: «conservamos sin cambio todas las tradiciones eclesiásticas que nos han sido transmitidas, ya por escrito, ya de palabra».29

Un Concilio Ecuménico es aquel cuya enseñanza toda la Iglesia ha aceptado como propia. Hopko observa que «no todos esos concilios fueron aprobados y aceptados automáticamente por la Iglesia», y que solo siete «han recibido la aprobación universal de toda la Iglesia en todos los tiempos y lugares».30 Esta aceptación por toda la Iglesia se llama recepción.

Vicente de Lerins: en todas partes, siempre, por todos

San Vicente de Lerins escribió su Conmonitorio hacia el año 434. Su frase más conocida resumió el principio más antiguo: «mantenemos aquella fe que ha sido creída en todas partes, siempre, por todos».31 Acogió el crecimiento en la comprensión, pero solo «en la misma doctrina, en el mismo sentido y en el mismo significado».32 Su fórmula, aunque posterior, describe lo que habían hecho San Ireneo y Tertuliano.

Esto es lo que los autores ortodoxos entienden por el consenso de los Padres (consensus patrum). No significa que todos los Padres tuvieran razón en cada punto. Hopko dice claramente que «los escritos de los Padres de la Iglesia no son infalibles», y sin embargo «tomados en conjunto» «tienen gran autoridad».33 Donde los Padres concuerdan, la Iglesia oye su propia mente.

La Tradición como memoria viva de la Iglesia

La Iglesia ortodoxa, que se entiende a sí misma como la continuación de esta Iglesia apostólica, llama Santa Tradición a la fe apostólica tal como sigue viva en la Iglesia, escrita con T mayúscula para distinguirla de las costumbres pasajeras. El catecismo del padre Thomas Hopko para la Iglesia Ortodoxa en América explica que la tradición «es aquello que se “transmite” y se “entrega” de uno a otro», y que «la Tradición es la vida misma de la Iglesia, inspirada y guiada por el Espíritu Santo». Dentro de ella «la Biblia ocupa el primer lugar», seguida de la liturgia, los concilios, los Padres, los santos, los cánones y los íconos. Añade una advertencia: «No todo lo que hay en la Iglesia pertenece a su Santa Tradición».34

En resumen: la Escritura no es una fuente y la Tradición una segunda. La Escritura es el corazón de la única Tradición, y el Espíritu que la inspiró mantiene a la Iglesia en su sentido.

El padre Georges Florovsky escribió: «La apelación a la Tradición era en realidad una apelación a la mente de la Iglesia». El recurso a la Escritura y a la Tradición, insistía, «no implicaba, sin embargo, que hubiera dos fuentes de la doctrina cristiana». Él traduce a San Atanasio: «Miremos esa misma tradición, enseñanza y fe de la Iglesia católica desde el principio, la cual dio el Señor, predicaron los Apóstoles y conservaron los Padres. Sobre ella está fundada la Iglesia».35

Los patriarcas ortodoxos, al responder al papa Pío IX en 1848, añadieron que guardar la fe no se deja solo a los obispos: «ni los Patriarcas ni los Concilios habrían podido entonces introducir novedades entre nosotros, porque el protector de la religión es el mismo cuerpo de la Iglesia, es decir, el pueblo mismo».2 Los ortodoxos llaman a la Iglesia indefectible: como un todo no puede apartarse de la verdad, aunque un obispo, un concilio local o una iglesia local sí pueden, como lo hizo Pablo de Samosata.

Objeciones y respuestas

«Solo la Escritura es la regla; la tradición es donde se cuelan los errores»

La Confesión de Westminster afirma que todo el consejo de Dios está «expresamente expuesto en la Escritura, o por buena y necesaria consecuencia puede deducirse de la Escritura: a lo cual nada se ha de añadir en ningún momento, sea por nuevas revelaciones del Espíritu, sea por tradiciones de hombres».36 La preocupación es seria, pues la historia de la Iglesia contiene corrupciones reales.

Los ortodoxos coinciden en que nada puede añadirse a la fe apostólica; la cuestión es dónde se encuentra. La Iglesia primitiva leía la Escritura como el corazón escrito de la única Tradición, según la regla de fe recibida con ella, porque sus adversarios también citaban la Biblia extensamente. Un protestante puede responder con razón que los Padres apelaban a la Escritura como prueba final. Eso es cierto; ellos añadirían que la leían dentro de la Iglesia. Nuestro artículo Guarda el buen depósito trata esta cuestión.

«La Iglesia cayó en la apostasía y tuvo que ser restaurada»

Los miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días creen que «después de la muerte del Salvador y de Sus apóstoles, los hombres corrompieron los principios del Evangelio e hicieron cambios no autorizados en la organización de la Iglesia y en las ordenanzas del sacerdocio», de modo que «el Señor retiró de la tierra la autoridad del sacerdocio» hasta la Restauración por medio de José Smith.37 Leen con sinceridad pasajes como 2 Tesalonicenses 2:3 como un anuncio de esto.

El Nuevo Testamento sí predice falsos maestros, pero presenta la defección como personas que abandonan la Iglesia, no como la desaparición de la Iglesia, y promete gloria «en la iglesia por Cristo Jesús, por todas edades del siglo de los siglos» (Efesios 3:21). La historia también va en contra: la generación que habría perdido la fe es la de San Clemente, San Ignacio y San Policarpo, que enseñaban el evangelio, ordenaban sucesores y morían como mártires. Véase nuestro artículo sobre los problemas de la afirmación de una restauración (en inglés).

«No hubo una sola fe apostólica, solo cristianismos rivales»

En 1934 Walter Bauer sostuvo que el relato «ortodoxo» posterior de los orígenes cristianos refleja al bando que prevaleció; en el resumen de su editor Georg Strecker, «en muchas regiones la herejía es la manifestación original del cristianismo».38 Bauer mostró con razón que el cristianismo primitivo era variado, pero su tesis ha recibido críticas sostenidas. En sus Conferencias Bampton de 1954, H. E. W. Turner argumentó a favor de «una interacción de elementos fijos y flexibles»: un núcleo común de culto y creencia desde el principio, con variedad real en su expresión.39 Los textos más antiguos encajan con ese cuadro: San Clemente, San Ignacio y San Policarpo, que escribían desde Roma, Antioquía y Esmirna, comparten una fe y un ministerio reconocibles.

«El obispo único en cada ciudad vino después»

Esta objeción tiene fuerza. En el Nuevo Testamento y en 1 Clemente, «obispo» (supervisor) y «presbítero» (anciano) se usan en gran medida como intercambiables. San Jerónimo escribió que «cuando posteriormente se eligió a un presbítero para presidir a los demás, esto se hizo para remediar el cisma».40 El erudito anglicano J. B. Lightfoot concluyó que «el episcopado» (el oficio de obispo) «se formó no a partir del orden apostólico por localización, sino a partir del presbiterado por elevación».41

Sin embargo, Lightfoot también concluyó que «la institución de un episcopado debe situarse tan atrás como los últimos años del siglo I, y que no puede, sin violencia al testimonio histórico, separarse del nombre de San Juan».41 San Ignacio da por sentado el obispo único en las iglesias de Asia Menor. Y la afirmación apostólica no exige que cada iglesia haya tenido la forma triple posterior el día en que los apóstoles se fueron. Descansa en una comisión apostólica de enseñar, ordenar y gobernar, transmitida por la imposición de manos, junto con la fe apostólica, dentro de la comunión de las iglesias. {{debated: Toda iglesia apostólica estuvo dirigida por un solo obispo desde los días de los apóstoles.}}

«San Ireneo señala a Roma, así que la fe apostólica significa comunión con el Papa»

Los católicos señalan la frase de San Ireneo: «es necesario que toda Iglesia concuerde con esta Iglesia, a causa de su autoridad preeminente».21 El Concilio Vaticano II enseña que «la Sagrada Tradición, pues, y la Sagrada Escritura constituyen un solo depósito sagrado de la palabra de Dios, confiado a la Iglesia», y que el Magisterio de la Iglesia «no está sobre la palabra de Dios, sino que la sirve».42 Los ortodoxos responden que San Ireneo eligió a Roma como un ejemplo porque enumerar todas las iglesias sería «muy tedioso», que pasó enseguida a Esmirna y Éfeso, y que su frase, que sobrevive solo en latín, se ha debatido durante mucho tiempo. El Concilio de Nicea (325) puso lado a lado las antiguas iglesias de Alejandría, Roma y Antioquía, y dio a Jerusalén «el siguiente lugar de honor».43 La Iglesia ortodoxa honra el antiguo lugar de Roma, pero sostiene que ninguna sede por sí sola garantiza la fe. Los patriarcas de 1848 dijeron que los Padres «nos enseñan a no juzgar la Ortodoxia desde el santo Trono, sino al Trono mismo y a quien está en el Trono por las Sagradas Escrituras, por los decretos sinodales ... y por la Fe que ha sido predicada».2 La garantía es la promesa de Cristo a toda la Iglesia.

Por qué importa hoy

San Pablo dice que Cristo dio a la Iglesia sus ministros «que ya no seamos niños fluctuantes, y llevados por doquiera de todo viento de doctrina» (Efesios 4:14). Un cristiano que mide la enseñanza solo por su propia lectura de una Biblia traducida no tiene defensa ante una interpretación nueva y ingeniosa, pues los gnósticos y Arrio también citaban la Escritura. Ante una nueva revelación o una lectura novedosa, podemos hacer la pregunta de San Ireneo: ¿es esto lo que los apóstoles entregaron a las iglesias, y lo que esas iglesias siempre han confesado? Véase también nuestro breve video Judas 1:3: La fe entregada una vez (en inglés) y nuestra guía de los Padres de la Iglesia (en inglés).

Lo que podemos afirmar con confianza

  • Judas 3 llama a la fe «entregada una vez para siempre» (BES), usando la palabra ordinaria del Nuevo Testamento para la transmisión de la tradición.
  • San Pablo trata el evangelio y sus tradiciones como un depósito fijo que debe retenerse y transmitirse por medio de maestros fieles (1 Corintios 15:1-3; 2 Tesalonicenses 2:15; 2 Timoteo 1:13-14; 2:2).
  • 1 Clemente, antes de que terminara el siglo I, enseñó que los apóstoles nombraron ministros locales y previeron su sucesión.
  • San Ignacio, a comienzos del siglo II, da por supuestas iglesias dirigidas por un obispo con presbíteros y diáconos.
  • San Ireneo (hacia el 180) y Tertuliano (hacia el 200) apelaron a listas públicas de obispos y a una regla de fe compartida en iglesias muy distantes entre sí.
  • Para la Iglesia primitiva la fe apostólica incluía el evangelio, las Escrituras leídas según la regla de fe, el culto sacramental y un ministerio que la guardara; un obispo que abandonaba esa fe, como Pablo de Samosata, era depuesto.

Lo que sigue en debate

  • Con qué rapidez surgió un obispo presidente único en cada iglesia.
  • Cuánto peso puede sostener el recuerdo de infancia de San Ireneo sobre San Policarpo y San Juan.
  • El año de la muerte de Policarpo y la fecha del relato de su martirio.
  • Cuán variadas eran las primeras comunidades, una cuestión que Bauer reabrió.
  • Cuáles de las prácticas mencionadas por Padres posteriores, como San Basilio, se remontan a los apóstoles.
  • El significado de la frase de San Ireneo sobre Roma, que católicos y ortodoxos leen de manera distinta.
  • Si la regla de fe es la Escritura sola o la Escritura dentro de la Tradición.

Conclusión

La fe por la que San Judas pidió a sus lectores que lucharan no era idea suya, y no se dejó a las generaciones posteriores para que la reinventaran. Era el evangelio de Cristo crucificado y resucitado, entregado a los santos y conservado en la confesión, las Escrituras, la oración y el ministerio de la Iglesia. Los hombres más cercanos a los apóstoles la sellaron con su vida; San Policarpo murió por un Señor al que había servido durante ochenta y seis años.

La Iglesia ortodoxa cree que esta fe se sigue confesando, sin cambio en lo esencial, cada vez que canta el Credo y se reúne en torno a la Eucaristía con su obispo, como enseñó San Ignacio. Esa confianza descansa no en la virtud de los cristianos, que con frecuencia han fallado, sino en la promesa de Cristo y en el Espíritu Santo, que guía a la Iglesia a toda la verdad. La invitación es sencilla: como San Policarpo dijo a los filipenses, volver a la palabra transmitida desde el principio, retenerla y transmitirla.

Notas

  1. En esta edición en español, las citas bíblicas son de la Reina-Valera (RV1909), salvo las marcadas «(BES)», de La Biblia en Español Sencillo, o «(traducción nuestra)»; el original inglés cita la New King James Version (Nashville: Thomas Nelson, 1982), consultada en Bible Gateway. Las palabras griegas (hapax, paradotheisē, paredōka, parathēkē, paradoseis) se toman del SBL Greek New Testament en Bible Gateway (Judas 3; Hebreos 9:28; 1 Corintios 15:3; 2 Timoteo 1:14; 2 Tesalonicenses 2:15). ↩
  2. Encyclical of the Eastern Patriarchs (1848), «A Reply to the Epistle of Pope Pius IX, ‘to the Easterns,’» (en inglés), secciones 20 («sellada en su plenitud»), 17 (el pueblo como protector) y 11 (juzgar el Trono), Internet Modern History Sourcebook, Universidad Fordham. ↩
  3. Mateo 28:20; Juan 16:13; 1 Timoteo 3:15 (RV1909). ↩
  4. Ireneo, Contra las herejías 1.10.1-2, trad. Alexander Roberts y William Rambaut, Ante-Nicene Fathers vol. 1 (1885), newadvent.org/fathers/0103110.htm. ↩
  5. Tertuliano, Prescripción contra los herejes 13, trad. Peter Holmes, Ante-Nicene Fathers vol. 3 (1885), newadvent.org/fathers/0311.htm. ↩
  6. El Símbolo de la fe (Credo niceno-constantinopolitano), tal como lo imprime la Iglesia Ortodoxa en América, oca.org. ↩
  7. Ireneo, Contra las herejías 3.4.1-2, trad. Roberts y Rambaut, ANF 1. ↩
  8. Tertuliano, Prescripción 37, trad. Holmes, ANF 3. ↩
  9. Justino Mártir, Primera apología 66, trad. Marcus Dods y George Reith, ANF 1, newadvent.org/fathers/0126.htm. ↩
  10. Ireneo, Contra las herejías 4.18.5, trad. Roberts y Rambaut, ANF 1. ↩
  11. Basilio de Cesarea, Sobre el Espíritu Santo 27.66, trad. Blomfield Jackson, Nicene and Post-Nicene Fathers, 2.ª serie, vol. 8 (1895), newadvent.org/fathers/3203.htm. ↩
  12. 1 Clemente 42, trad. John Keith, Ante-Nicene Fathers vol. 9 (1896), newadvent.org/fathers/1010.htm. ↩
  13. 1 Clemente 44, trad. Keith, ANF 9. ↩
  14. Eusebio, Historia eclesiástica 3.33-36, trad. Arthur Cushman McGiffert, NPNF2 vol. 1 (1890), newadvent.org/fathers/250103.htm. ↩
  15. Ignacio de Antioquía, Carta a los esmirniotas 8, trad. Alexander Roberts y James Donaldson, ANF 1, newadvent.org/fathers/0109.htm. Compárese Carta a los magnesios 6, donde el obispo preside «en el lugar de Dios» y los presbíteros «en el lugar de la asamblea de los apóstoles» (newadvent.org/fathers/0105.htm). ↩
  16. Ireneo, Contra las herejías 3.3.4, trad. Roberts y Rambaut, ANF 1, newadvent.org/fathers/0103303.htm. ↩
  17. Ireneo, Carta a Florino, conservada en Eusebio, Historia eclesiástica 5.20.4-7, trad. McGiffert, NPNF2 1, newadvent.org/fathers/250105.htm. ↩
  18. Policarpo, Carta a los filipenses 7, trad. Roberts y Donaldson, ANF 1, newadvent.org/fathers/0136.htm. ↩
  19. Martirio de Policarpo 9, trad. Roberts y Donaldson, ANF 1, newadvent.org/fathers/0102.htm. ↩
  20. Eusebio, Historia eclesiástica 4.15 (título del capítulo: «Under Verus, Polycarp with Others suffered Martyrdom at Smyrna»), NPNF2 1, newadvent.org/fathers/250104.htm. Sobre la fecha del texto, véase Candida R. Moss, «On the Dating of Polycarp: Rethinking the Place of the Martyrdom of Polycarp in the History of Christianity», Early Christianity 1, n.º 4 (2010): 539-574. ↩
  21. Ireneo, Contra las herejías 3.3.1-3, trad. Roberts y Rambaut, ANF 1, newadvent.org/fathers/0103303.htm. ↩
  22. Ireneo, Contra las herejías 4.33.8, trad. Roberts y Rambaut, ANF 1. ↩
  23. Hegesipo, según lo relata Eusebio, Historia eclesiástica 4.22.1 (sus propias palabras siguen en 4.22.2-3), trad. McGiffert, NPNF2 1, newadvent.org/fathers/250104.htm. ↩
  24. Eusebio, Historia eclesiástica 7.27.2, 7.28.4-7.29.1, 7.30.7 y 7.30.17-18 (la carta del sínodo y el resumen de Eusebio), trad. McGiffert, NPNF2 1, newadvent.org/fathers/250107.htm. ↩
  25. La Divina Liturgia de San Juan Crisóstomo, intercesiones después de la consagración, en la traducción de la Archidiócesis de Thyateira y Gran Bretaña (Oxford: Oxford University Press, 1995), tal como se imprime en Alexander Lingas, The Divine Liturgy of St John Chrysostom (Portland: Cappella Romana, 2008), folleto, openaccess.city.ac.uk/id/eprint/21533. ↩
  26. Tertuliano, Prescripción 20, trad. Holmes, ANF 3. ↩
  27. Tertuliano, Prescripción 21, trad. Holmes, ANF 3. ↩
  28. Tertuliano, Prescripción 32 (texto y título del capítulo), trad. Holmes, ANF 3. Sobre su montanismo posterior y sus fechas («floreció principalmente en el reinado del emperador Severo y de Antonino Caracalla»), véase Jerónimo, Sobre los hombres ilustres 53, trad. Ernest Cushing Richardson, NPNF2 vol. 3 (1892), newadvent.org/fathers/2708.htm. ↩
  29. Primer Concilio de Constantinopla (381), canon 1; Segundo Concilio de Nicea (787), Definición, trad. Henry Percival, NPNF2 vol. 14 (1900), newadvent.org/fathers/3808.htm y 3819.htm. Hechos 15:28 es de la RV1909. ↩
  30. Thomas Hopko, The Orthodox Faith (en inglés), vol. 1, «Sources of Christian Doctrine: The Councils», oca.org. ↩
  31. Vicente de Lerins, Conmonitorio 2.6 y 29.78, trad. C. A. Heurtley, NPNF2 vol. 11 (1894), newadvent.org/fathers/3506.htm. ↩
  32. Vicente de Lerins, Conmonitorio 23.54, trad. Heurtley, NPNF2 11. ↩
  33. Thomas Hopko, The Orthodox Faith (en inglés), vol. 1, «Sources of Christian Doctrine: The Fathers», oca.org. ↩
  34. Thomas Hopko, The Orthodox Faith (en inglés), vol. 1, Doctrine and Scripture, «Sources of Christian Doctrine: Tradition», Orthodox Church in America, oca.org. ↩
  35. Georges Florovsky, «The Function of Tradition in the Ancient Church», Greek Orthodox Theological Review 9, n.º 2 (1964): 181-200; reimpreso en Bible, Church, Tradition: An Eastern Orthodox View (Belmont, MA: Nordland, 1972); texto en fatheralexander.org. El pasaje de Atanasio es Carta a Serapión 1.28, en la traducción de Florovsky. ↩
  36. Confesión de Fe de Westminster 1.6, edición de la Orthodox Presbyterian Church, opc.org. ↩
  37. La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, Estudio doctrinal, «Apostasía», churchofjesuschrist.org. ↩
  38. Georg Strecker, Prólogo a la segunda edición alemana, en Walter Bauer, Orthodoxy and Heresy in Earliest Christianity, ed. Robert A. Kraft y Gerhard Kroedel (Philadelphia: Fortress, 1971); edición electrónica de Robert A. Kraft, ccat.sas.upenn.edu. ↩
  39. H. E. W. Turner, The Pattern of Christian Truth (London: Mowbray, 1954), tal como lo cita y resume Kraft en su apéndice «The Reception of the Book», en Bauer, Orthodoxy and Heresy, edición electrónica. ↩
  40. Jerónimo, Carta 146 (a Evangelo), trad. W. H. Fremantle, G. Lewis y W. G. Martley, NPNF2 vol. 6 (1893), newadvent.org/fathers/3001146.htm. ↩
  41. J. B. Lightfoot, The Christian Ministry (London: Macmillan, 1901; el ensayo apareció por primera vez en su comentario a Filipenses). ↩
  42. Concilio Vaticano II, Dei Verbum 10 (1965), vatican.va. ↩
  43. Primer Concilio de Nicea (325), cánones 6 y 7, trad. Percival, NPNF2 14, newadvent.org/fathers/3801.htm. ↩

Bibliografía

Fuentes primarias

  • The Holy Bible, New King James Version. Nashville: Thomas Nelson, 1982 (versión citada en el original inglés; esta edición en español cita la Reina-Valera de 1909 y, donde se indica, La Biblia en Español Sencillo). Texto griego: SBL Greek New Testament, en biblegateway.com.
  • Clemente de Roma. Carta a los corintios (1 Clemente). Traducción de John Keith. Ante-Nicene Fathers, vol. 9. Edición de Allan Menzies. Buffalo, NY: Christian Literature Publishing Co., 1896. Edición revisada en newadvent.org.
  • Ignacio de Antioquía. Carta a los magnesios, Carta a los esmirniotas. Traducción de Alexander Roberts y James Donaldson. Ante-Nicene Fathers, vol. 1. Buffalo, NY: Christian Literature Publishing Co., 1885.
  • Policarpo de Esmirna. Carta a los filipenses; y Martirio de Policarpo. Traducción de Alexander Roberts y James Donaldson. Ante-Nicene Fathers, vol. 1. 1885.
  • Justino Mártir. Primera apología. Traducción de Marcus Dods y George Reith. Ante-Nicene Fathers, vol. 1. 1885.
  • Ireneo de Lyon. Contra las herejías. Traducción de Alexander Roberts y William Rambaut. Ante-Nicene Fathers, vol. 1. 1885.
  • Tertuliano. Prescripción contra los herejes. Traducción de Peter Holmes. Ante-Nicene Fathers, vol. 3. 1885.
  • Eusebio de Cesarea. Historia eclesiástica (incluye a Hegesipo y la Carta de Ireneo a Florino). Traducción de Arthur Cushman McGiffert. Nicene and Post-Nicene Fathers, 2.ª serie, vol. 1. 1890.
  • Basilio de Cesarea. Sobre el Espíritu Santo. Traducción de Blomfield Jackson. Nicene and Post-Nicene Fathers, 2.ª serie, vol. 8. 1895.
  • Jerónimo. Sobre los hombres ilustres. Traducción de Ernest Cushing Richardson. Nicene and Post-Nicene Fathers, 2.ª serie, vol. 3. 1892.
  • Jerónimo. Carta 146. Traducción de W. H. Fremantle, G. Lewis y W. G. Martley. Nicene and Post-Nicene Fathers, 2.ª serie, vol. 6. 1893.
  • Vicente de Lerins. Conmonitorio. Traducción de C. A. Heurtley. Nicene and Post-Nicene Fathers, 2.ª serie, vol. 11. 1894.
  • Concilios de Nicea (325), Constantinopla (381) y Nicea II (787). Traducción de Henry Percival. Nicene and Post-Nicene Fathers, 2.ª serie, vol. 14. Buffalo, NY: Christian Literature Publishing Co., 1900.
  • The Divine Liturgy of Our Father Among the Saints John Chrysostom. Archidiócesis de Thyateira y Gran Bretaña. Oxford: Oxford University Press, 1995. Texto tal como se imprime en Alexander Lingas, The Divine Liturgy of St John Chrysostom, Cappella Romana, 2008.
  • El Símbolo de la fe (Credo niceno-constantinopolitano). Iglesia Ortodoxa en América, oca.org.

Fuentes ortodoxas y patrísticas

  • Florovsky, Georges. «The Function of Tradition in the Ancient Church». Greek Orthodox Theological Review 9, n.º 2 (1964): 181-200. Reimpreso en Bible, Church, Tradition: An Eastern Orthodox View. Collected Works, vol. 1. Belmont, MA: Nordland, 1972.
  • Hopko, Thomas. The Orthodox Faith (en inglés), vol. 1, Doctrine and Scripture (secciones «Tradition», «The Councils», «The Fathers»). Orthodox Church in America, edición en línea en oca.org.
  • Encyclical of the Eastern Patriarchs, 1848: A Reply to the Epistle of Pope Pius IX, «to the Easterns» (en inglés). Internet Modern History Sourcebook, Universidad Fordham.

Otros estudios (incluidos estudiosos que discrepan)

  • Bauer, Walter. Orthodoxy and Heresy in Earliest Christianity. 2.ª ed. alemana a cargo de Georg Strecker. Traducción al inglés editada por Robert A. Kraft y Gerhard Kroedel. Philadelphia: Fortress Press, 1971. Edición electrónica de Robert A. Kraft, 1993.
  • Turner, H. E. W. The Pattern of Christian Truth: A Study in the Relations between Orthodoxy and Heresy in the Early Church. London: Mowbray, 1954. (Citado a partir del resumen de Kraft en la edición electrónica de Bauer.)
  • Lightfoot, J. B. The Christian Ministry. London: Macmillan, 1901.
  • Moss, Candida R. «On the Dating of Polycarp: Rethinking the Place of the Martyrdom of Polycarp in the History of Christianity». Early Christianity 1, n.º 4 (2010): 539-574.

Fuentes de las tradiciones tratadas (protestante, católica, santos de los últimos días)

  • The Westminster Confession of Faith (en inglés). Edición de la Orthodox Presbyterian Church, opc.org.
  • Concilio Vaticano II. Dei Verbum: Constitución dogmática sobre la divina revelación. 1965. vatican.va.
  • La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Estudio doctrinal: «Apostasía». churchofjesuschrist.org.

Sigue estudiando