En su Segunda Carta a Timoteo, San Pablo encomienda a su discípulo un encargo que ha marcado a la Iglesia desde entonces: «Retén la forma de las sanas palabras que de mí oíste, en la fe y amor que es en Cristo Jesús. Guarda el buen depósito por el Espíritu Santo que habita en nosotros» (2 Timoteo 1:13-14). Algunas traducciones modernas vierten la segunda frase como un mandato de guardar el buen depósito, la expresión que da título a este artículo. Algo había sido entregado, y quien lo recibió debía guardarlo íntegro y transmitirlo. (Las citas bíblicas son de la Reina-Valera 1909, salvo que se indique otra versión; los corchetes son de esa edición.)
Muchos cristianos oyen la palabra «tradición» con recelo, como si designara costumbres humanas que crecieron en torno al evangelio y lo ahogaron. Jesús mismo advirtió contra «la tradición de los hombres» (Marcos 7:8). Sin embargo, el mismo Nuevo Testamento manda a los creyentes «retener las tradiciones» (traducción nuestra; la Reina-Valera 1909 dice aquí «doctrina») que se les enseñaron (2 Tesalonicenses 2:15) y alaba a una iglesia por guardarlas «tal como se las entregué» (BES) (1 Corintios 11:2).
Este artículo examina esa tradición apostólica a partir de la Escritura y de los primeros Padres, muestra en qué se distingue de las costumbres posteriores y sopesa la objeción protestante, sola Scriptura (en latín, «la Escritura sola»: el principio de que la Escritura es la única regla final de la fe). Sin la fe apostólica, los cristianos quedan expuestos a creer cualquier cosa.
En resumen
El Nuevo Testamento usa el lenguaje de la transmisión (paradosis, «tradición») para el evangelio, para la Eucaristía y para la enseñanza que San Pablo dio a sus iglesias de palabra y por carta. Llama a esa enseñanza un «depósito» (parathēkē) que ha de guardarse por el Espíritu Santo y encomendarse a hombres fieles que enseñarán a otros, y muestra a dirigentes designados por la imposición de manos. San Clemente de Roma, San Policarpo y San Ireneo describen el mismo patrón: una fe pública, transmitida abiertamente en las iglesias apostólicas, que es la clave para leer bien la Escritura. San Juan Crisóstomo, el Séptimo Concilio Ecuménico y San Juan Damasceno leen del mismo modo el mandato de San Pablo de retener las tradiciones «por palabra, ó por carta nuestra». No todo lo antiguo es apostólico; los Padres distinguieron el depósito de las costumbres que pueden cambiar y a veces discreparon sobre cuál era cuál. Muchos protestantes que sostienen la sola Scriptura honran los credos y a los Padres, de modo que el desacuerdo es más estrecho de lo que parece, pero es real: ¿puede leerse la Escritura rectamente al margen de la fe que la Iglesia ha recibido?
Tesis: La propia Escritura manda a los cristianos aferrarse a una tradición recibida de los apóstoles y guardada en la Iglesia por el Espíritu Santo; la Iglesia ortodoxa lee la Biblia dentro de esa tradición viva, y a la vez la distingue de las meras costumbres humanas.
La tradición es una palabra bíblica
El sustantivo griego paradosis significa «entrega, legado, transmisión» (traducción nuestra, como las demás citas de este artículo que no se toman de la Reina-Valera 1909 ni de un texto oficial en español) y también «lo que se transmite», una tradición o enseñanza.1 El Nuevo Testamento la usa en dos sentidos. Jesús reprende «la tradición de los hombres» que dejaba de lado el mandamiento de Dios (Marcos 7:8). San Pablo usa la misma palabra como mandato: «Así que, hermanos, manténganse firmes y retengan las tradiciones que se les enseñaron, sea por palabra o por carta nuestra» (traducción nuestra; la Reina-Valera 1909 traduce aquí la palabra como «doctrina») (2 Tesalonicenses 2:15).2 Una tradición venía de los hombres y contradecía la palabra de Dios; la otra venía de los apóstoles y la llevaba consigo.
Los Padres leyeron 2 Tesalonicenses 2:15 en su sentido llano. San Juan Crisóstomo, al predicar sobre el versículo, sacó la conclusión: «De aquí es manifiesto que no lo transmitieron todo por carta, sino muchas cosas también sin escribir, y de igual modo unas y otras son dignas de crédito. Por tanto, tengamos también por digna de crédito la tradición de la Iglesia».3 En el siglo VIII, San Juan Damasceno, en su Exposición de la fe ortodoxa, cita el mismo versículo, junto con 1 Corintios 11:2, para mostrar «que los Apóstoles transmitieron mucho que no fue escrito».4
También manda a los tesalonicenses que «se aparten de todo hermano que anda desordenadamente y no según la tradición que recibió de nosotros» (traducción nuestra; la Reina-Valera 1909 traduce aquí «doctrina») (2 Tesalonicenses 3:6). El mismo vocabulario recorre 1 Corintios. San Pablo introduce las palabras de institución de la Eucaristía con la fórmula de la transmisión: «Porque yo recibí del Señor lo que también les entregué» (traducción nuestra; la Reina-Valera 1909 dice «os he enseñado») (11:23). Presenta el evangelio en los mismos términos: «Porque en primer lugar les entregué lo que también recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras» (BES) (15:3). {{very-strong: San Pablo describe el evangelio y la Eucaristía como cosas que «recibió» y «entregó», y manda a sus iglesias retener las tradiciones que se les enseñaron de palabra y por carta.}} Incluso los estudiosos que dudan de que San Pablo escribiera algunas de las cartas que se le atribuyen consideran suya 1 Corintios, de modo que esta es la capa más antigua del registro cristiano.5
Un depósito que ha de guardarse
Las Cartas Pastorales (1 y 2 Timoteo y Tito) añaden una segunda imagen, el «depósito de la fe». San Pablo dice dos veces a San Timoteo que guarde la parathēkē: «Oh Timoteo, guarda lo que se te ha encomendado» (1 Timoteo 6:20), y «Guarda el buen depósito por el Espíritu Santo que habita en nosotros» (2 Timoteo 1:14). En el griego corriente, una parathēkē era «cualquier cosa confiada a alguien», un depósito dejado bajo la custodia de otro.6 Un depósito no se mejora ni se intercambia; se guarda a salvo y se devuelve íntegro.
El depósito tiene una forma, «la forma de las sanas palabras», un cuerpo de enseñanza definido que puede reconocerse. Y se guarda «por el Espíritu Santo que habita en nosotros». Después San Pablo describe cómo el depósito avanza a través del tiempo: «Y lo que has oído de mí entre muchos testigos, esto encarga á los hombres fieles que serán idóneos para enseñar también á otros» (2 Timoteo 2:2). En una sola frase aparecen cuatro eslabones: San Pablo, San Timoteo, los hombres fieles y los que vienen después de ellos.
La imposición de manos
El Nuevo Testamento muestra cómo se puso en su lugar a esos maestros. San Pablo y San Bernabé designaron ancianos «en cada una de las iglesias» y oraron «con ayunos» (Hechos 14:23). San Pablo dice a San Tito: «Por esta causa te dejé en Creta, para que corrigieses lo que falta, y pusieses ancianos por las villas, así como yo te mandé» (Tito 1:5). Advierte a San Timoteo: «No impongas de ligero las manos á ninguno, ni comuniques en pecados ajenos: consérvate en limpieza» (1 Timoteo 5:22). Guardar el depósito y guardar el ministerio iban juntos.
{{debated: La mayoría de los estudiosos críticos sostiene que las Cartas Pastorales fueron escritas en nombre de San Pablo después de su muerte, mientras que otros defienden la autoría de San Pablo.}} Un resumen de manual afirma: «La mayoría de los estudiosos coincide en que Pablo no escribió las Epístolas Pastorales».7 Donald Guthrie, defendiendo la postura tradicional, concluyó que «parece más razonable considerar las Pastorales como verdaderos productos de la mente de Pablo».8 La Iglesia ortodoxa las recibe como de San Pablo; en cualquier caso, muestran cómo entendía la Iglesia primitiva su tarea.
La carta de la iglesia de Roma a Corinto conocida como 1 Clemente, que San Ireneo sitúa en tiempos de Clemente, el tercer obispo de Roma después de los apóstoles, describe la misma cadena. «Los apóstoles nos han predicado el evangelio de parte del Señor Jesucristo; Jesucristo [lo ha hecho] de parte de Dios». Los apóstoles designaron «obispos y diáconos» y «después dieron instrucciones para que, cuando estos se durmieran, otros hombres aprobados les sucedieran en su ministerio».9 San Ireneo dijo que de Clemente «podría decirse que tenía todavía resonando [en sus oídos] la predicación de los apóstoles, y sus tradiciones ante sus ojos».10 Clemente usa «obispos» y «presbíteros» para los mismos dirigentes, y los historiadores debaten con qué rapidez un solo obispo gobernó cada ciudad; eso atañe a la forma del ministerio, no al hecho de la sucesión. Los detalles se tratan en la guía del sitio sobre la sucesión apostólica en la Iglesia primitiva (en inglés) y en las listas de sucesión (en inglés).
Permanecer en lo que se oyó desde el principio
San Juan responde a la falsa enseñanza con la misma respuesta: «Pues lo que habéis oído desde el principio, sea permaneciente en vosotros. Si lo que habéis oído desde el principio fuere permaneciente en vosotros, también vosotros permaneceréis en el Hijo y en el Padre» (1 Juan 2:24). En su segunda carta advierte: «Cualquiera que se rebela, y no persevera en la doctrina de Cristo, no tiene á Dios» (2 Juan 9).
San Judas exhorta a sus lectores a «luchar con firmeza por la fe que fue entregada una vez para siempre a los santos» (BES) (Judas 3). El griego de «entregada» (paradotheisē) pertenece a la misma familia que paradosis, y «una vez para siempre» (hapax) excluye una fe que haya de redescubrirse o complementarse en cada época. Véase el artículo del sitio La fe apostólica: entregada una vez para siempre.
San Policarpo de Esmirna, a quien San Ireneo describe como «instruido por apóstoles», exhortó a los filipenses: «volvamos a la palabra que nos ha sido transmitida desde el principio».11 La Didaché, un manual cristiano antiguo de enseñanza, dice al creyente: «guardarás lo que has recibido, sin añadirle ni quitarle nada».12
Cuando surgió la cuestión de si los creyentes gentiles debían guardar la Ley de Moisés, «se juntaron los apóstoles y los ancianos para conocer de este negocio» (Hechos 15:6), y su carta comenzaba: «Que ha parecido bien al Espíritu Santo, y á nosotros» (Hechos 15:28). El concilio reconoció lo que el evangelio ya implicaba. La Iglesia ortodoxa ve el mismo patrón en sus Concilios Ecuménicos posteriores, asambleas de obispos de toda la Iglesia cuyas decisiones recibió toda la Iglesia, como explica el resumen del sitio sobre lo que decidieron los siete Concilios Ecuménicos.
Cómo se aferró la Iglesia primitiva
El relato temprano más claro de la tradición apostólica es el de San Ireneo de Lyon, que escribió contra los maestros gnósticos cuando Eleuterio, «en el duodécimo lugar desde los apóstoles», era obispo de Roma.
Los gnósticos eran maestros que prometían la salvación mediante un conocimiento secreto (en griego gnosis) y alegaban una tradición secreta recibida de los apóstoles. Cuando se los refutaba con la Escritura, informa San Ireneo, decían que las Escrituras eran ambiguas y que «la verdad no fue transmitida por medio de documentos escritos, sino vivâ voce», de viva voz, a unos pocos escogidos.13 San Ireneo respondió con el tipo opuesto de tradición: pública e idéntica en todas las iglesias. «Todos los que en cada Iglesia quieran ver la verdad pueden, por tanto, contemplar claramente la tradición de los apóstoles manifestada en todo el mundo». Si los apóstoles hubieran conocido misterios ocultos, «se los habrían entregado especialmente a aquellos a quienes confiaban también las mismas Iglesias».14
Usó una imagen cercana al depósito de San Pablo. Los apóstoles, «como un hombre rico [que deposita su dinero] en un banco, depositaron en sus manos con toda abundancia todo lo que pertenece a la verdad». Y preguntó: «Pues ¿qué sucedería si los mismos apóstoles no nos hubieran dejado escritos? ¿No sería necesario [en ese caso] seguir el curso de la tradición que transmitieron a aquellos a quienes confiaron las Iglesias?»15 Después de resumir esa fe en el Padre, el Hijo encarnado y el Espíritu Santo, escribió que la Iglesia, «como si ocupara una sola casa, la conserva con cuidado», porque «aunque los idiomas del mundo son distintos, el contenido de la tradición es uno y el mismo».16 {{strong: San Ireneo, escribiendo a finales del siglo II, apeló a una tradición apostólica pública, sostenida en común por las iglesias que fundaron los apóstoles, y la opuso a la pretensión de los gnósticos de poseer una enseñanza oral secreta.}} El artículo del sitio Los más cercanos a los apóstoles cuenta su historia y la de San Policarpo.
La clave de la Escritura
San Ireneo no opuso la tradición a la Escritura. Acusó a los gnósticos de no consentir «ni a la Escritura ni a la tradición».17 Su falta era que citaban la Escritura mientras la reordenaban, como quien toma «una hermosa imagen de un rey» hecha «con piedras preciosas» y recoloca las piedras «en forma de perro o de zorra». El remedio era la «regla de la verdad» (llamada también regla de fe), el breve resumen de la fe que se confesaba en el bautismo: quien «retiene inalterable en su corazón la regla de la verdad que recibió por medio del bautismo, reconocerá sin duda los nombres, las expresiones y las parábolas tomadas de las Escrituras, pero de ningún modo admitirá el uso blasfemo que estos hombres hacen de ellas».18 La regla de la verdad no añade piedras; muestra dónde va cada una.
Tertuliano de Cartago lo dijo con dureza: «dondequiera que se manifieste que están la verdadera regla y fe cristianas, allí estarán también las verdaderas Escrituras y sus exposiciones, y todas las tradiciones cristianas».19 Su negativa a debatir la Escritura con los herejes era una táctica polémica, y otros Padres argumentaron directamente a partir del texto.
La Tradición apostólica y las costumbres posteriores
No toda práctica antigua es apostólica, como reconocen tanto los Padres como la Iglesia ortodoxa. El catecismo del padre Thomas Hopko para la Iglesia Ortodoxa en América define la Santa Tradición como «lo que se transmite y se entrega dentro de la Iglesia desde el tiempo de los apóstoles de Cristo hasta el día de hoy», y añade luego que «Algunas cosas en la Iglesia son meramente temporales y pasajeras, simples costumbres y tradiciones humanas sin valor eterno ni perdurable».20
San Basilio Magno ofrece una célebre defensa de la tradición no escrita. De las creencias y prácticas de la Iglesia, «unas las poseemos derivadas de la enseñanza escrita; otras las hemos recibido, transmitidas en misterio, por la tradición de los apóstoles; y ambas, en lo que toca a la verdadera religión, tienen la misma fuerza». Sus ejemplos son litúrgicos, como hacer la señal de la cruz, volverse hacia el Oriente para orar y bautizar con tres inmersiones.21 Sin embargo, San Basilio no permitió que la costumbre resolviera una disputa doctrinal: «No considero justo que la costumbre que rige entre ellos se tenga por ley y regla de ortodoxia». En cambio, «que decida entre nosotros la Escritura inspirada por Dios».22 Para San Basilio, la costumbre por sí sola no probaba nada.
El Séptimo Concilio Ecuménico (Nicea II, 787) hizo de la distinción de San Basilio parte de la confesión común de la Iglesia. Al defender los santos íconos frente a los iconoclastas, que los rechazaban como ídolos, su definición dijo: «conservamos sin cambio todas las tradiciones eclesiásticas que nos han sido transmitidas, ya por escrito, ya de palabra». La fundamentó en la presencia del Espíritu, siguiendo «las tradiciones de la Iglesia católica (pues, como todos sabemos, el Espíritu Santo habita en ella)», y terminó con las palabras de San Pablo, «reteniendo las tradiciones que hemos recibido».23 El mismo concilio trazó la línea entre honra y adoración: los íconos reciben «reverencia honorable», no la «verdadera adoración de la fe (λατρείαν) que pertenece solo a la naturaleza divina».
El siglo III muestra lo difícil que puede ser trazar esa línea. San Cipriano de Cartago y el obispo San Esteban de Roma discrepaban sobre si los conversos bautizados por herejes debían ser bautizados de nuevo. Esteban apeló a la tradición: «Que no se innove nada, dice, que no se mantenga nada, salvo lo que ha sido transmitido». Cipriano replicó: «¿De dónde viene esa tradición?» y sostuvo que «la costumbre sin verdad es la antigüedad del error».24 Ambos reclamaban la herencia apostólica. Distinguir la Tradición de la costumbre local exige el juicio más amplio de la Iglesia, contrastado con la Escritura.
San Vicente de Lerins, que escribió unos tres años después del Concilio de Éfeso del 431, propuso una prueba que se ha citado desde entonces: mantener «aquella fe que ha sido creída en todas partes, siempre, por todos». Acogió el crecimiento en la comprensión, «Con tal de que sea progreso real, no alteración de la fe».25 Su regla es tardía y no es una fórmula mecánica, pero expresa lo que practicaron los Padres anteriores.
El Credo es el caso más claro de la diferencia entre la Tradición y un desarrollo posterior. La Iglesia ortodoxa confiesa el Credo de Nicea y Constantinopla tal como lo dieron los concilios, y confiesa al Espíritu Santo «que del Padre procede» (texto del Credo según la Diócesis de México de la Iglesia Ortodoxa en América). El Occidente latino añadió más tarde el Filioque («y del Hijo»). El propio Catecismo de la Iglesia Católica señala que la fórmula «no figuraba en el símbolo confesado el año 381 en Constantinopla» y que su uso «fue poco a poco admitido en la liturgia latina (entre los siglos VIII y XI)», a la vez que sostiene que Occidente la dice «de manera legítima y razonable».26 Los patriarcas ortodoxos respondieron en 1848 que es «contrario a la Confesión universal de la Iglesia católica, atestiguada por los siete Concilios Ecuménicos».27 El desacuerdo sigue siendo real, pero la pregunta que se hacen ambas partes es la misma: ¿qué recibió la Iglesia entera?
En resumen: la Santa Tradición es la fe que los apóstoles transmitieron, guardada por toda la Iglesia; una costumbre puede ser antigua y buena sin formar parte de ese depósito, y un añadido no se convierte en Tradición por repetirse.
Cómo leen los ortodoxos la Escritura dentro de la Tradición
En resumen: los cristianos ortodoxos leen la Biblia como el libro propio de la Iglesia, a la luz de la fe que la Iglesia ha confesado desde el principio.
La Iglesia ortodoxa no trata la Escritura y la Tradición como dos fuentes separadas que aportan cada una una parte de la fe. La Santa Tradición, con T mayúscula, no es un segundo conjunto de enseñanzas junto a la Biblia. En palabras de Hopko, «la Tradición es la vida misma de la Iglesia, inspirada y guiada por el Espíritu Santo», y dentro de esa vida «la Biblia ocupa el primer lugar», seguida de la liturgia, los concilios, los Padres, las vidas de los santos, los cánones y los íconos.28
San Vicente explica por qué la Escritura necesita este marco. Él mismo formula la objeción: «Puesto que el canon de la Escritura es completo y se basta a sí mismo para todo, y más que de sobra, ¿qué necesidad hay de unirle la autoridad de la interpretación de la Iglesia?» Su respuesta es que los lectores la toman en sentidos distintos, de modo que «parece capaz de tantas interpretaciones como intérpretes hay».29 El padre Georges Florovsky resumió la postura de San Vicente: la Tradición no era «una instancia independiente, ni era una fuente complementaria de la fe»; era «la Escritura rectamente entendida».30 San Atanasio sostuvo el mismo equilibrio. Escribió que «las Escrituras sagradas e inspiradas bastan para declarar la verdad», y en la misma frase recomendó «otras obras de nuestros bienaventurados maestros» por las cuales el lector «obtendrá algún conocimiento de la interpretación de las Escrituras».31
Los católicos comparten buena parte de esto; el Concilio Vaticano II enseña que la Escritura y la tradición «constituyen un solo depósito sagrado de la palabra de Dios, confiado a la Iglesia», y que «el oficio de interpretar auténticamente la palabra de Dios escrita o transmitida ha sido confiado únicamente al Magisterio vivo de la Iglesia».32 Los ortodoxos pueden reconocer mucho en la primera afirmación, pero no sitúan la interpretación auténtica en un único oficio de enseñanza. Sitúan la custodia de la fe en la vida conciliar de toda la Iglesia: los obispos reunidos en concilio, y los fieles que reciben sus decisiones como conformes a la fe apostólica. El sitio compara las posturas ortodoxa y protestante en por qué la tradición es distinta para protestantes y ortodoxos.
La objeción protestante: la sola Scriptura
La Confesión de Fe de Westminster enseña que todo el consejo de Dios para la salvación está expuesto en la Escritura o se deduce de ella, «a lo cual nada se ha de añadir en ningún momento, sea por nuevas revelaciones del Espíritu, sea por tradiciones de hombres», y que «El juez supremo por el cual han de determinarse todas las controversias de religión ... no puede ser otro sino el Espíritu Santo que habla en la Escritura».33 La Fórmula de Concordia luterana llama a las Escrituras proféticas y apostólicas «la única regla y norma conforme a la cual todos los dogmas, junto con [todos] los maestros, deben ser estimados y juzgados».34
La Escritura es «inspirada divinamente», de modo que «el hombre de Dios sea perfecto, enteramente instruído para toda buena obra» (2 Timoteo 3:16-17). Los judíos de Berea estaban «escudriñando cada día las Escrituras, si estas cosas eran así» (Hechos 17:11). Las iglesias pueden desviarse, y los Padres parecen hacer de la Escritura la prueba final: San Atanasio dijo de los libros canónicos: «Estas son fuentes de salvación» y «Que nadie añada a estas, ni quite nada de ellas».35
El protestantismo clásico no rechazó toda tradición. La Fórmula de Concordia recibe los escritos de los Padres «como testigos» de cómo se preservó la doctrina apostólica y se compromete con los credos de los Apóstoles, de Nicea y de Atanasio.36 Los Artículos anglicanos llaman a la Iglesia «testigo y guardiana de la Sagrada Escritura» y admiten que las «Tradiciones y Ceremonias» pueden diferir de un lugar a otro.37 Véanse ¿Qué es la sola Scriptura? (en inglés) y ¿Creía la Iglesia primitiva en la sola Scriptura?
Una respuesta ortodoxa
La respuesta ortodoxa empieza por un acuerdo: la Escritura es inspirada, ocupa el primer lugar dentro de la Tradición, y la Tradición no le añade un segundo evangelio. Las prácticas no escritas que menciona San Basilio expresan la misma fe en la oración y en el culto. La cuestión es cómo se lee rectamente la Escritura.
Primero, el Nuevo Testamento manda a los cristianos guardar las tradiciones recibidas «por palabra, ó por carta nuestra» y encomendar lo oído a hombres fieles, y los Padres, como muestra San Juan Crisóstomo, tomaron ese mandato al pie de la letra. Segundo, los de Berea recibieron la predicación oral de San Pablo después de examinarla; la predicación apostólica era palabra de Dios antes de ser escrita. Tercero, el propio canon del Nuevo Testamento llegó por medio de la tradición. San Atanasio describió los libros como «los libros incluidos en el Canon, y transmitidos, y acreditados como Divinos». La lista de los libros no se encuentra dentro de los libros.
Cuarto, y más importante, el problema de San Vicente no ha desaparecido. Arrio citaba la Escritura, y también San Atanasio. Decir que el Espíritu Santo habla en la Escritura es verdad, pero por sí solo no resuelve cuál es la lectura del Espíritu. La Iglesia primitiva resolvió tales cuestiones preguntando qué habían creído siempre las iglesias apostólicas y reuniéndose en concilio, como en Hechos 15.
El lado ortodoxo también debe admitir algo. Apelar a la Tradición impone un deber a quien lo hace. No basta mostrar que una práctica es antigua; debe pertenecer al depósito, o bien sostenerse como una costumbre que puede cambiar. La pregunta de San Cipriano, «¿De dónde viene esa tradición?», es justo plantearla a cualquiera, también a los ortodoxos.
Lo que podemos afirmar con confianza
- El Nuevo Testamento usa el vocabulario de la tradición para el evangelio, la Eucaristía y la enseñanza que San Pablo dio de palabra y por carta, y manda a los creyentes retenerla (1 Corintios 11:2, 23; 15:1-3; 2 Tesalonicenses 2:15; 3:6).
- Las Cartas Pastorales llaman a la enseñanza un depósito que ha de guardarse por el Espíritu y encomendarse a maestros fieles.
- San Juan y San Judas responden a la falsa enseñanza llamando a los creyentes a volver a lo que se oyó desde el principio y fue entregado una vez para siempre.
- 1 Clemente, San Policarpo, la Didaché y San Ireneo describen una fe pública transmitida en las iglesias, a la que no se ha de añadir ni quitar nada.
- San Ireneo opuso la tradición abierta de la Iglesia a la enseñanza secreta de los gnósticos y usó la regla de la verdad como clave de la Escritura.
- Los Padres distinguieron la enseñanza apostólica de las costumbres y no trataron la costumbre por sí sola como prueba de doctrina.
- San Juan Crisóstomo leyó 2 Tesalonicenses 2:15 como enseñanza de que los apóstoles transmitieron «muchas cosas también sin escribir», y el Séptimo Concilio Ecuménico conservó las tradiciones de la Iglesia «ya por escrito, ya de palabra».
Lo que sigue en debate
- Si San Pablo escribió las Cartas Pastorales y 2 Tesalonicenses. El argumento de este artículo no depende de ello, porque 1 Corintios enseña el mismo patrón.
- Cuán pronto estuvo cada ciudad dirigida por un solo obispo distinto de sus presbíteros.
- Qué prácticas concretas pertenecen a la Tradición apostólica y cuáles son costumbres venerables.
- Si la sola Scriptura clásica encaja con el patrón patrístico; los protestantes que confiesan los credos ven más continuidad de la que suelen conceder los autores ortodoxos.
- Si la adición occidental del Filioque al Credo es una expresión legítima de la fe (la postura católica) o un cambio de lo que recibieron los concilios (la postura ortodoxa).
- Dónde reside la autoridad final de interpretación: los católicos la sitúan en el oficio de enseñanza de la Iglesia, los ortodoxos en la vida conciliar y en la recepción de toda la Iglesia.
Conclusión
Guardar el buen depósito nunca ha significado quedarse quieto. San Timoteo guardó lo que recibió enseñándolo, viviéndolo y transmitiéndolo. San Pablo, San Juan, San Judas, San Clemente, San Policarpo y San Ireneo apuntan todos en la misma dirección: hacia atrás, a lo que se oyó desde el principio, y hacia adelante, a la generación siguiente que debe recibirlo íntegro.
La Iglesia ortodoxa se entiende a sí misma como esa Iglesia que continúa. Lee las cartas de los apóstoles en sus servicios, celebra la Eucaristía que San Pablo «recibió del Señor» y confiesa la fe de Nicea como la manera en que la Escritura siempre se ha leído y vivido. Pregunta algo muy antiguo, con las palabras de San Policarpo: «volvamos a la palabra que nos ha sido transmitida desde el principio». En una época que creerá casi cualquier cosa, ese sigue siendo el lugar más seguro donde estar.
Notas
- Henry George Liddell y Robert Scott, A Greek-English Lexicon, revisado por Henry Stuart Jones (Oxford: Clarendon Press, 1940), s.v. παράδοσις, acepciones 1 y 3 (que citan Mateo 15:2 y Marcos 7:3 para «tradición»); en línea en la Perseus Digital Library. ↩
- En esta edición en español, las citas bíblicas son de la Reina-Valera (RV1909), salvo las marcadas «(BES)», de La Biblia en Español Sencillo, o «(traducción nuestra)»; el original inglés cita The Holy Bible, New King James Version (Nashville: Thomas Nelson, 1982). El texto griego se toma del SBL Greek New Testament, ed. Michael W. Holmes (Atlanta: Society of Biblical Literature; Bellingham, WA: Logos Bible Software, 2010), 2 Tesalonicenses 2:15 (κρατεῖτε τὰς παραδόσεις), 3:6; 1 Corintios 11:2; 15:3; 1 Timoteo 6:20; 2 Timoteo 1:14; Judas 3. ↩
- Juan Crisóstomo, Homilías sobre la Segunda Carta a los Tesalonicenses 4 (sobre 2:15), trad. John A. Broadus, Nicene and Post-Nicene Fathers, 1.ª serie, vol. 13 (Buffalo, NY: Christian Literature Publishing Co., 1889); edición revisada en newadvent.org. ↩
- Juan Damasceno, Exposición de la fe ortodoxa 4.16, trad. E. W. Watson y L. Pullan, Nicene and Post-Nicene Fathers, 2.ª serie, vol. 9 (Buffalo, NY: Christian Literature Publishing Co., 1899); edición revisada en newadvent.org. Sobre sus fechas (nació hacia 676, murió entre 754 y 787), J. B. O'Connor, «St. John Damascene», The Catholic Encyclopedia, vol. 8 (New York: Robert Appleton, 1910). ↩
- Los resúmenes de capítulos de Oxford University Press para Bart D. Ehrman, A Brief Introduction to the New Testament (en inglés), 5.ª ed., señalan dudas sobre 2 Tesalonicenses y las Epístolas Pastorales (capítulo 16), pero tratan a San Pablo como autor de 1 Corintios sin discusión (capítulo 13). ↩
- Liddell y Scott, Greek-English Lexicon (en inglés), s.v. παραθήκη: «cualquier cosa confiada a alguien. depósito». ↩
- Oxford University Press, recursos para estudiantes de Bart D. Ehrman, A Brief Introduction to the New Testament (en inglés), 5.ª ed., «Chapter 16 Summary: In the Wake of the Apostle: The Deutero-Pauline and Pastoral Epistles», Oxford Learning Link. ↩
- Donald Guthrie, The Pastoral Epistles and the Mind of Paul, Tyndale New Testament Lecture 1955 (London: Tyndale Press, 1956), conclusión. ↩
- 1 Clemente 42 y 44, trad. John Keith, Ante-Nicene Fathers, vol. 9, ed. Allan Menzies (Buffalo, NY: Christian Literature Publishing Co., 1896); edición revisada en newadvent.org. ↩
- Ireneo, Contra las herejías 3.3.3, trad. Alexander Roberts y William Rambaut, Ante-Nicene Fathers, vol. 1 (Buffalo, NY: Christian Literature Publishing Co., 1885); edición revisada en newadvent.org. Todas las citas de Ireneo se toman de esta traducción inglesa. ↩
- Sobre Policarpo como «instruido por apóstoles», Ireneo, Contra las herejías 3.3.4. Policarpo, Carta a los filipenses 7, trad. Alexander Roberts y James Donaldson, Ante-Nicene Fathers, vol. 1 (1885); edición revisada en newadvent.org. ↩
- Didaché 4, trad. M. B. Riddle, Ante-Nicene Fathers, vol. 7 (Buffalo, NY: Christian Literature Publishing Co., 1886); edición revisada en newadvent.org. ↩
- Ireneo, Contra las herejías 3.2.1; sobre Eleuterio, 3.3.3. ↩
- Ireneo, Contra las herejías 3.3.1. ↩
- Ireneo, Contra las herejías 3.4.1-2. ↩
- Ireneo, Contra las herejías 1.10.1-2. ↩
- Ireneo, Contra las herejías 3.2.2. ↩
- Ireneo, Contra las herejías 1.8.1 y 1.9.4. ↩
- Tertuliano, Prescripción contra los herejes 19; véase también 21 y 37. Trad. Peter Holmes, Ante-Nicene Fathers, vol. 3 (Buffalo, NY: Christian Literature Publishing Co., 1885); edición revisada en newadvent.org. ↩
- Thomas Hopko, The Orthodox Faith, vol. 1, Doctrine and Scripture (en inglés), «Sources of Christian Doctrine: Tradition» (Iglesia Ortodoxa en América), oca.org. ↩
- Basilio de Cesarea, Sobre el Espíritu Santo 27.66, trad. Blomfield Jackson, Nicene and Post-Nicene Fathers, 2.ª serie, vol. 8 (Buffalo, NY: Christian Literature Publishing Co., 1895); edición revisada en newadvent.org. ↩
- Basilio de Cesarea, Carta 189.3, a Eustacio el médico, trad. Blomfield Jackson, NPNF2 vol. 8. El editor de NPNF señala que esta afirmación «también se encuentra entre las obras de Gregorio de Nisa; pero es más probable que deba atribuirse a Basilio». ↩
- Séptimo Concilio Ecuménico (Nicea II, 787), el Decreto (definición de fe), trad. Henry Percival, Nicene and Post-Nicene Fathers, 2.ª serie, vol. 14 (Buffalo, NY: Christian Literature Publishing Co., 1900); edición revisada en newadvent.org. Para la fecha, H. Leclercq, «The Second Council of Nicaea», The Catholic Encyclopedia, vol. 11 (1911). ↩
- Cipriano de Cartago, Carta 73 (numeración de ANF), a Pompeyo, secciones 2 y 9, trad. Robert Ernest Wallis, Ante-Nicene Fathers, vol. 5 (Buffalo, NY: Christian Literature Publishing Co., 1886); edición revisada en newadvent.org. ↩
- Vicente de Lerins, Conmonitorio 2.6, 23.54 y 29.78 (para la fecha), trad. C. A. Heurtley, Nicene and Post-Nicene Fathers, 2.ª serie, vol. 11 (Buffalo, NY: Christian Literature Publishing Co., 1894); edición revisada en newadvent.org. ↩
- Catecismo de la Iglesia Católica, párrafos 247-248, vatican.va (archive/catechism_sp/p1s2c1p2_sp.html). ↩
- Encíclica de los patriarcas orientales, 1848, «A Reply to the Epistle of Pope Pius IX, “to the Easterns,”» sección 5; texto en el Fordham University Internet Modern History Sourcebook. ↩
- Hopko, The Orthodox Faith (en inglés), vol. 1, «Tradition». ↩
- Vicente de Lerins, Conmonitorio 2.4-5. ↩
- Georges Florovsky, «The Function of Tradition in the Ancient Church», Greek Orthodox Theological Review 9, n.º 2 (1964): 181-200; reimpreso en Bible, Church, Tradition: An Eastern Orthodox View, Collected Works of Georges Florovsky, vol. 1 (Belmont, MA: Nordland, 1972). Citado a partir del texto en fatheralexander.org, sección «St. Vincent of Lerins and tradition». ↩
- Atanasio, Contra los paganos 1.3, trad. Archibald Robertson, Nicene and Post-Nicene Fathers, 2.ª serie, vol. 4 (Buffalo, NY: Christian Literature Publishing Co., 1892); edición revisada en newadvent.org. ↩
- Concilio Vaticano II, Dei Verbum, Constitución dogmática sobre la divina revelación (1965), 9-10, vatican.va. ↩
- Confesión de Fe de Westminster, capítulo 1, secciones 6 y 10, edición de la Iglesia Presbiteriana Ortodoxa, opc.org. ↩
- Fórmula de Concordia, Epítome, «Comprehensive Summary, Rule and Norm», 1, en Triglot Concordia (St. Louis: Concordia, 1921); texto en bookofconcord.org. ↩
- Atanasio, Carta festal 39.3 y 39.6 (del año 367), trad. R. Payne-Smith, NPNF2 vol. 4; edición revisada en newadvent.org. ↩
- Fórmula de Concordia, Epítome, «Rule and Norm», 2-3. ↩
- Artículos de Religión (los Treinta y Nueve Artículos), Artículos VI, XX y XXXIV, Libro de Oración Común (1662); texto en churchofengland.org. ↩
Bibliografía
Fuentes primarias
- The Holy Bible, New King James Version. Nashville: Thomas Nelson, 1982 (versión citada en el original inglés; esta edición en español cita la Reina-Valera de 1909 y, donde se indica, La Biblia en Español Sencillo).
- Holmes, Michael W., ed. The Greek New Testament: SBL Edition. Atlanta: Society of Biblical Literature; Bellingham, WA: Logos Bible Software, 2010.
- Clemente de Roma. Primera carta a los corintios. Traducido por John Keith. Ante-Nicene Fathers, vol. 9. Editado por Allan Menzies. Buffalo, NY: Christian Literature Publishing Co., 1896.
- Policarpo. Carta a los filipenses. Traducido por Alexander Roberts y James Donaldson. Ante-Nicene Fathers, vol. 1. Buffalo, NY: Christian Literature Publishing Co., 1885.
- La Didaché. Traducido por M. B. Riddle. Ante-Nicene Fathers, vol. 7. Buffalo, NY: Christian Literature Publishing Co., 1886.
- Ireneo de Lyon. Contra las herejías. Traducido por Alexander Roberts y William Rambaut. Ante-Nicene Fathers, vol. 1. Buffalo, NY: Christian Literature Publishing Co., 1885.
- Tertuliano. Prescripción contra los herejes. Traducido por Peter Holmes. Ante-Nicene Fathers, vol. 3. Buffalo, NY: Christian Literature Publishing Co., 1885.
- Cipriano de Cartago. Carta 73, a Pompeyo. Traducido por Robert Ernest Wallis. Ante-Nicene Fathers, vol. 5. Buffalo, NY: Christian Literature Publishing Co., 1886.
- Atanasio de Alejandría. Contra los paganos y Carta festal 39. Traducido por Archibald Robertson y R. Payne-Smith. Nicene and Post-Nicene Fathers, 2.ª serie, vol. 4. Buffalo, NY: Christian Literature Publishing Co., 1892.
- Basilio de Cesarea. Sobre el Espíritu Santo y Carta 189. Traducido por Blomfield Jackson. Nicene and Post-Nicene Fathers, 2.ª serie, vol. 8. Buffalo, NY: Christian Literature Publishing Co., 1895.
- Vicente de Lerins. Conmonitorio. Traducido por C. A. Heurtley. Nicene and Post-Nicene Fathers, 2.ª serie, vol. 11. Buffalo, NY: Christian Literature Publishing Co., 1894.
- Juan Crisóstomo. Homilías sobre la Segunda Carta a los Tesalonicenses. Traducido por John A. Broadus. Nicene and Post-Nicene Fathers, 1.ª serie, vol. 13. Buffalo, NY: Christian Literature Publishing Co., 1889.
- Séptimo Concilio Ecuménico (Nicea II, 787). Decreto. Traducido por Henry Percival. Nicene and Post-Nicene Fathers, 2.ª serie, vol. 14. Buffalo, NY: Christian Literature Publishing Co., 1900.
- Juan Damasceno. Exposición de la fe ortodoxa. Traducido por E. W. Watson y L. Pullan. Nicene and Post-Nicene Fathers, 2.ª serie, vol. 9. Buffalo, NY: Christian Literature Publishing Co., 1899.
Fuentes ortodoxas y patrísticas
- Florovsky, Georges. «The Function of Tradition in the Ancient Church». Greek Orthodox Theological Review 9, n.º 2 (1964): 181-200. Reimpreso en Bible, Church, Tradition: An Eastern Orthodox View, Collected Works of Georges Florovsky, vol. 1. Belmont, MA: Nordland, 1972.
- Hopko, Thomas. The Orthodox Faith, vol. 1, Doctrine and Scripture (en inglés). Iglesia Ortodoxa en América, edición en línea en oca.org.
- Encíclica de los patriarcas orientales, 1848. «A Reply to the Epistle of Pope Pius IX, “to the Easterns.”» Fordham University, Internet Modern History Sourcebook.
Otros estudios (incluidos estudiosos que discrepan)
- Ehrman, Bart D. A Brief Introduction to the New Testament (en inglés). 5.ª ed. New York: Oxford University Press. Resúmenes de capítulos (capítulos 13 y 16), recursos para estudiantes de Oxford Learning Link.
- Guthrie, Donald. The Pastoral Epistles and the Mind of Paul. Tyndale New Testament Lecture, 1955. London: Tyndale Press, 1956.
- Leclercq, H. «The Second Council of Nicaea». The Catholic Encyclopedia, vol. 11. New York: Robert Appleton, 1911.
- Liddell, Henry George, y Robert Scott. A Greek-English Lexicon. Revisado por Henry Stuart Jones. Oxford: Clarendon Press, 1940. Perseus Digital Library.
- O'Connor, J. B. «St. John Damascene». The Catholic Encyclopedia, vol. 8. New York: Robert Appleton, 1910.
Fuentes de las tradiciones tratadas (protestantes y católicas)
- Confesión de Fe de Westminster. Capítulo 1. Edición de la Iglesia Presbiteriana Ortodoxa, opc.org.
- Fórmula de Concordia, Epítome. En Triglot Concordia: The Symbolical Books of the Ev. Lutheran Church. St. Louis: Concordia Publishing House, 1921. Texto en bookofconcord.org.
- Iglesia de Inglaterra. Artículos de Religión (los Treinta y Nueve Artículos), Artículos VI, XX y XXXIV. Libro de Oración Común, 1662. churchofengland.org.
- Catecismo de la Iglesia Católica. Párrafos 247-248. vatican.va.
- Concilio Vaticano II. Dei Verbum: Constitución dogmática sobre la divina revelación. 1965. vatican.va.