La Iglesia que no podía desaparecer: lo que la Escritura promete sobre la continuidad de la Iglesia

Las promesas de Cristo, el Espíritu que permanece, el reino inconmovible y la propia provisión de los apóstoles para sus sucesores, leídos versículo por versículo, con el argumento de los santos de los últimos días a favor de una Gran Apostasía expuesto en sus propias palabras y respondido.

Toda comunidad cristiana que afirma ser la Iglesia de Cristo tiene que decir qué le ocurrió a esa Iglesia entre los apóstoles y hoy. Para las tradiciones ortodoxa y católica y para la mayoría de las protestantes, la respuesta es que siguió adelante: herida, dividida y a menudo infiel en sus miembros, pero nunca desaparecida. La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días da una respuesta distinta. Su enseñanza oficial es que, después de la muerte del Salvador y de Sus apóstoles, «el Señor retiró de la tierra la autoridad del sacerdocio», y que esta Gran Apostasía, una caída de la Iglesia entera, duró hasta la primera visión de José Smith en 1820.1

Para los santos de los últimos días esto no es un asunto secundario, y ellos no pretenden que lo sea. Un erudito de los santos de los últimos días lo dijo con claridad en la revista de la propia Iglesia: «Si no hubiera habido una apostasía, no habría habido necesidad de una restauración» (traducción nuestra).2 También vale lo contrario. Si la Iglesia que Cristo fundó nunca dejó de existir, la pregunta que hay que hacer es dónde ha estado todo el tiempo.

Este artículo pregunta qué promete la Escritura sobre la continuidad de la Iglesia y qué establece realmente cada promesa. El lado histórico se examina en ¿Desapareció el cristianismo después de los apóstoles?, y una larga lista de pasajes aparece en El argumento bíblico contra la apostasía total (en inglés).

En resumen

El Nuevo Testamento espera que haya falsos maestros y pecado grave dentro de la Iglesia, y Apocalipsis muestra a Cristo reprendiendo a congregaciones enteras, pero nunca describe a la Iglesia misma llegando a su fin antes del regreso de Cristo. Cristo promete que las puertas del Hades no prevalecerán contra Su Iglesia, que estará con Sus discípulos «hasta el fin del mundo» y que el Espíritu permanecerá «para siempre». Los profetas hablan de un reino que «nunca jamás se corromperá». Los apóstoles pusieron en práctica esta promesa: reemplazaron a Judas, constituyeron ancianos en cada iglesia y dijeron a sus delegados que transmitieran lo que habían recibido a «los hombres fieles que serán idóneos para enseñar también á otros». Los escritores del siglo II describen que ese proceso se cumplió. Los santos de los últimos días leen Amós 8:11-12 y 2 Tesalonicenses 2:3 como profecías de una apostasía total; en su contexto, hablan de un juicio sobre el antiguo Israel y de una rebelión antes del Día del Señor. Ningún versículo por sí solo resuelve la cuestión, y Mateo 16:18 se lee de manera distinta entre ortodoxos, católicos y protestantes. El argumento es acumulativo, y es sólido.

Tesis: Leídas juntas y en su contexto, las promesas de Cristo, la permanencia del Espíritu, las profecías de un reino indestructible y la propia provisión de los apóstoles para sus sucesores enseñan que la Iglesia podía ser herida, pero no podía desaparecer de la tierra.

Qué significa «no podía desaparecer» y qué no significa

Ninguna tradición cristiana dice que todos los obispos, congregaciones o creyentes permanecerían fieles; la Escritura registra el fracaso incluso entre los Doce. La afirmación es más limitada: que la Iglesia de Cristo, como comunidad real en la tierra, nunca se perdería por completo. El padre Thomas Hopko expone la visión ortodoxa en el catecismo de la Iglesia Ortodoxa en América: «Los hombres pueden pecar y combatir a la Iglesia, los creyentes pueden apartarse y separarse de la Iglesia, pero la Iglesia misma, la “columna y baluarte de la verdad” (1 Tim 3.15), permanece para siempre».3 Esto suele llamarse la indefectibilidad de la Iglesia: la Iglesia como un todo nunca fallará ni se apartará de la verdad. No significa que sus miembros estén libres de pecado. Hopko dice en la misma página que «los miembros e instituciones terrenales de la Iglesia no pueden identificarse como tales con la Iglesia como santa».3

Incluso obispos de las sedes más grandes han errado. El Sexto Concilio Ecuménico (Constantinopla, 680-681) condenó la enseñanza de «Sergio, en otro tiempo patriarca de esta ciudad real protegida por Dios», y anatematizó a «Honorio, que fue en algún tiempo Papa de la antigua Roma».4 La Iglesia no desapareció cuando sus obispos erraron. Los juzgó según la fe que había recibido.

La convicción no es exclusiva de los ortodoxos. La Confesión de Westminster, un estándar reformado, admite que «las iglesias más puras bajo el cielo están sujetas tanto a mezcla como a error», pero añade: «Sin embargo, siempre habrá una iglesia en la tierra que adore a Dios conforme a su voluntad».5 El Catecismo católico dice de la Iglesia: «es indestructible (cf. Mt 16, 18)».6 Estas tradiciones discrepan sobre dónde se encuentra esa Iglesia. Coinciden en que nunca dejó de existir.

Lo que enseñan los santos de los últimos días, en sus propias palabras

La entrada de Temas del Evangelio de la Iglesia enseña que, después de los apóstoles, «los hombres corrompieron los principios del Evangelio e hicieron cambios no autorizados en la organización de la Iglesia y en las ordenanzas del sacerdocio». Durante la Gran Apostasía, dice, «las personas no contaban con la orientación divina de los profetas vivientes», y «nadie tenía la autoridad para conferir el don del Espíritu Santo ni efectuar otras ordenanzas del sacerdocio».1

Kent P. Jackson, quien enseñó Escritura antigua en la Universidad Brigham Young, expuso el argumento bíblico en un artículo de 1984 de la revista Ensign. Explica que la teología de los santos de los últimos días sostiene que «la iglesia del Salvador y de sus apóstoles en el Viejo Mundo llegó a su fin dentro de un siglo después de su formación», y que el fin de los apóstoles fue una consecuencia y no una causa: «La apostasía no ocurrió porque los apóstoles ya no estuvieran; los apóstoles fueron quitados porque la apostasía había ocurrido».2

Los santos de los últimos días también hablan con generosidad de otros cristianos. En un discurso de la conferencia general de 1995, el élder Dallin H. Oaks dijo: «Estamos en deuda con los hombres y las mujeres que mantuvieron viva la luz de la fe y del aprendizaje a través de los siglos, hasta el presente», y los llamó «siervos de Dios».7 Lo que se perdió, según esta visión, es la Iglesia con su autoridad para actuar en el nombre de Dios.

La Guía para el Estudio de las Escrituras de la Iglesia enumera textos para esta «Apostasía de la Iglesia cristiana primitiva», entre ellos Amós 8:11, Hechos 20:29, 2 Tesalonicenses 2:3 y 2 Timoteo 4:3-4.8 Los santos de los últimos días también aceptan que se puede prometer que una iglesia nunca fallará. La misma entrada de Temas del Evangelio dice que la apostasía general «no volverá a imponerse sobre La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días», porque, en sus palabras, «En las Escrituras se enseña que la Iglesia nunca volverá a ser destruida», y cita Daniel 2:44.9 Así que el desacuerdo no es sobre si existen tales promesas. Es sobre cuándo empezaron a aplicarse.

Las promesas, reunidas por tema

Las citas bíblicas que siguen son de la Reina-Valera 1909, salvo que se indique otra versión; los corchetes son de esa edición.10

Las promesas del propio Cristo

El texto más conocido es Mateo 16:18: «Mas yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia; y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella». Los cristianos discrepan sobre la piedra. El Catecismo católico enseña que «el Señor hizo de Simón, al que dio el nombre de Pedro, y solamente de él, la piedra de su Iglesia».11 San Juan Crisóstomo, a quien la Iglesia ortodoxa lee como guía en este punto, explica la piedra como «la fe de su confesión».12 Intérpretes protestantes han propuesto otras lecturas. José Smith enseñó todavía otra: «¿Qué roca? La revelación».13

{{debated: Si la «piedra» de Mateo 16:18 es San Pedro, su confesión de fe, Cristo mismo o la revelación es un desacuerdo real y de larga data entre los cristianos.}} No hace falta resolverlo aquí. En todas las lecturas, Cristo edifica «mi iglesia», y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. El Hades del Nuevo Testamento es el reino de los muertos (la Reina-Valera 1909 lo traduce «infierno»), y el Cristo resucitado dice en Apocalipsis 1:18: «Y tengo las llaves del infierno y de la muerte». El sentido más claro es que la muerte, incluida la muerte de los apóstoles, no retendrá a la Iglesia que Cristo edifica.

Otros dichos apuntan en la misma dirección. En la Gran Comisión Jesús dice: «he aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo» (Mateo 28:20). Los once no vivirían hasta el fin del mundo, así que la promesa alcanza más allá de ellos, hasta la misión que comenzaron. Dice a Sus discípulos que lleven a un hermano que no se arrepiente ante la comunidad: «dilo á la iglesia», la cual puede ligar «en la tierra» (Mateo 18:17–18). A los que envía les dice: «El que á vosotros oye, á mí oye» (Lucas 10:16), y promete: «mis palabras no pasarán» (Mateo 24:35). Este último versículo trata de Sus palabras y no de la Iglesia, pero, tomado junto con los demás, describe a un Señor que quiere que Sus palabras se guarden y que Sus enviados sean escuchados.

El Espíritu que permanece

En la Última Cena Jesús promete que el Padre «os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre: Al Espíritu de verdad» (Juan 14:16–17), y que «él os guiará á toda verdad» (Juan 16:13). Estas palabras se dijeron primero a los apóstoles, y los ortodoxos no afirman que los obispos posteriores sean apóstoles en el mismo sentido que los Doce. Pero «para siempre» es una expresión extraña para un don destinado a durar una sola generación, y Jesús también ruega «por los que han de creer en mí por la palabra de ellos» (Juan 17:20). En Pentecostés San Pedro dijo: «para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos» (Hechos 2:39), extendiéndola hacia afuera en el espacio y hacia adelante en el tiempo. El Cristo resucitado había soplado sobre los apóstoles y dicho: «como me envió el Padre, así también yo os envío ... Tomad el Espíritu Santo» (Juan 20:21–22), y su primer concilio pudo escribir: «ha parecido bien al Espíritu Santo, y á nosotros» (Hechos 15:28).

Isaías 59:21 añade: «El espíritu mío que está sobre ti, y mis palabras que puse en tu boca, no faltarán de tu boca, ni de la boca de tu simiente, ni de la boca de la simiente de tu simiente, dijo Jehová, desde ahora y para siempre». La honestidad exige una aclaración. San Pablo cita el comienzo de esta promesa en Romanos 11:26-27 acerca de la salvación de Israel, de modo que es primero una promesa de pacto a Israel. Los cristianos entienden que la Iglesia participa de ese pacto, pero eso es una aplicación, no el único sentido del versículo.

Un reino inconmovible

Daniel 2:44 anuncia que «levantará el Dios del cielo un reino que nunca jamás se corromperá: y no será dejado á otro pueblo este reino». Daniel 7:14 dice del Hijo del Hombre: «su señorío, señorío eterno, que no será transitorio». Gabriel dice de Cristo: «de su reino no habrá fin» (Lucas 1:33). Hebreos 12:28 se dirige a sus primeros lectores como quienes estaban «tomando el reino inmóvil», y San Pablo da gloria a Dios «en la iglesia por Cristo Jesús, por todas edades del siglo de los siglos» (Efesios 3:21).

La Escritura de los santos de los últimos días aplica a la Iglesia restaurada (Doctrina y Convenios 65:2) la piedra de Daniel: «del monte fué cortada una piedra, no con manos», y habla del reino «en los postreros días, para nunca jamás ser derribado» (Doctrina y Convenios 138:44).9 Pero Daniel sitúa la fundación del reino «en los días de estos reyes», dentro de los antiguos imperios del sueño, sea cual sea el que se tome como cuarto. Jesús comenzó a predicar que «el reino de Dios está cerca» (Marcos 1:15), y Hebreos dice que los cristianos ya estaban recibiendo el reino inconmovible. Un reino establecido en el siglo I y luego perdido durante diecisiete siglos es difícil de conciliar con un reino que «nunca jamás se corromperá».

La columna y el apoyo de la verdad

San Pablo escribe a San Timoteo acerca de «la casa de Dios, que es la iglesia del Dios vivo, columna y apoyo de la verdad» (1 Timoteo 3:15). En Efesios 4:11-14 dice que Cristo dio apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros «Hasta que todos lleguemos á la unidad de la fe», para que «ya no seamos niños fluctuantes, y llevados por doquiera de todo viento de doctrina». El ministerio existe para dar estabilidad frente a la falsa enseñanza.

Los santos de los últimos días recurren al mismo pasaje; su sexto Artículo de Fe afirma «la misma organización que existió en la Iglesia Primitiva, esto es, apóstoles, profetas, pastores, maestros, evangelistas, etc.».14 Si los apóstoles habían de continuar «Hasta que todos lleguemos á la unidad de la fe», razonan, su ausencia prueba una apostasía. La respuesta ortodoxa es que el ministerio de los apóstoles continuó en los obispos y presbíteros que ellos designaron, quienes recibieron tanto la imposición de manos como la fe apostólica, aunque ningún obispo posterior fue testigo ocular de la Resurrección. La casa de Dios está edificada «sobre el fundamento de los apóstoles y profetas» (Efesios 2:20), y un fundamento se pone una sola vez y luego se edifica sobre él.

Muchos eruditos modernos dudan de que San Pablo escribiera las Cartas Pastorales (1 y 2 Timoteo y Tito), señalando en parte sus «numerosas referencias a funcionarios como obispos, ancianos y diáconos»; otros defienden la autoría paulina.15 Sea cual sea la fecha que se les asigne, muestran que las primeras iglesias esperaban un ministerio ordenado que llevara adelante la enseñanza apostólica.

La sucesión en la práctica

Los apóstoles hicieron más que prometer continuidad; dispusieron lo necesario para ella. Después de la muerte de Judas, San Pedro cita el salmo: «Tome otro su obispado», y los once eligen a San Matías, quien «fué contado con los once apóstoles» (Hechos 1:20, 26). La palabra griega que se traduce «obispado» es episkopē, que la propia nota al pie de la NKJV traduce como «cargo de supervisor». San Pablo y San Bernabé constituyeron «ancianos en cada una de las iglesias» (Hechos 14:23). San Pablo dejó a San Tito en Creta para que «pusieses ancianos por las villas» (Tito 1:5), advirtió a San Timoteo: «No impongas de ligero las manos á ninguno» (1 Timoteo 5:22), y escribió: «lo que has oído de mí entre muchos testigos, esto encarga á los hombres fieles que serán idóneos para enseñar también á otros» (2 Timoteo 2:2). Esa sola oración contiene cuatro eslabones: San Pablo, San Timoteo, los hombres fieles y otros.

En resumen: los apóstoles no esperaban que la Iglesia terminara con ellos. Ordenaron a otros para continuar la misma fe. Este es el comienzo de lo que se llama sucesión apostólica: continuidad de ordenación y de fe juntas.

San Pablo sí previó problemas. Dijo a los ancianos de Éfeso que «entrarán en [medio de] vosotros lobos rapaces» (Hechos 20:29), y los santos de los últimos días con razón citan este versículo. Pero su remedio, en el mismo discurso, es: «mirad por vosotros, y por todo el rebaño en que el Espíritu Santo os ha puesto por obispos» (Hechos 20:28). La respuesta a los lobos son los pastores que el Espíritu ha designado. San Pedro dice igualmente a los ancianos: «Apacentad la grey de Dios», hasta que «apareciere el Príncipe de los pastores» (1 Pedro 5:2–4).

La generación siguiente nos dice que esto fue lo que ocurrió. {{strong: Una carta enviada por la iglesia de Roma a la iglesia de Corinto, atribuida tradicionalmente a Clemente, dice que los apóstoles designaron obispos y diáconos y luego dispusieron que otros los sucedieran.}} En la traducción de J. B. Lightfoot dice que los apóstoles, «predicando por todas partes en campos y ciudades, ... designaron a sus primicias, después de probarlos por el Espíritu, para que fueran obispos y diáconos». Sabiendo «que habría contienda sobre el nombre del cargo de obispo», «dispusieron una continuación, para que, si estos se durmieran, otros hombres aprobados les sucedieran en su ministerio».16 San Ireneo, escribiendo a fines del siglo II, dice que este Clemente «había visto a los bienaventurados apóstoles y había conversado con ellos».17 La sugerencia de Jackson de que los apóstoles «fueron quitados porque la apostasía había ocurrido» tiene que contar con esto: el Nuevo Testamento muestra a los apóstoles multiplicando su ministerio, nunca retirándolo. La historia de las listas de obispos se trata en ¿Creía la Iglesia primitiva en la sucesión apostólica? y en la guía del sitio sobre la sucesión (en inglés).

Guardar el depósito

Una familia de mandatos apostólicos supone que la fe puede conservarse. «Guarda el buen depósito por el Espíritu Santo que habita en nosotros» (2 Timoteo 1:14). A los tesalonicenses: «estad firmes, y retened la doctrina que habéis aprendido, sea por palabra, ó por carta nuestra» (2 Tesalonicenses 2:15). San Pablo alaba a los corintios: «retenéis las instrucciones [mías], de la manera que os enseñé» (1 Corintios 11:2). San Juan escribe: «lo que habéis oído desde el principio, sea permaneciente en vosotros» (1 Juan 2:24), y San Judas exhorta a sus lectores a «luchar con firmeza por la fe que fue entregada una vez para siempre a los santos» (BES) (Judas 3), un texto explorado en el video breve del sitio sobre Judas 3 (en inglés) y en La fe apostólica: entregada una vez para siempre.

Los mandatos implican que el fracaso es posible; a nadie se le dice que guarde lo que no puede perderse. Eso es cierto de cualquier iglesia o maestro en particular. Pero el mandato viene con una promesa: el depósito se guarda «por el Espíritu Santo que habita en nosotros». San Pedro dice que «la palabra del Señor permanece perpetuamente», y añade: «Y esta es la palabra que por el evangelio os ha sido anunciada» (1 Pedro 1:25).

Reprendida, pero no removida

Apocalipsis muestra a Cristo caminando entre «los siete candeleros de oro», que «son las siete iglesias» (Apocalipsis 1:20). Reprende con dureza a varias. A Éfeso se le advierte: «arrepiéntete ... pues si no, vendré presto á ti, y quitaré tu candelero de su lugar» (Apocalipsis 2:5), y Laodicea oye: «Yo reprendo y castigo á todos los que amo» (Apocalipsis 3:19). La amenaza es real, pero es local y condicional, pronunciada por un Señor todavía presente entre las iglesias. Cuando algunos dejaron la comunidad apostólica, San Juan concluyó: «Salieron de nosotros, mas no eran de nosotros; porque si fueran de nosotros, hubieran cierto permanecido con nosotros» (1 Juan 2:19). Los desertores se fueron; la comunidad permaneció.

Los textos de los santos de los últimos días, leídos en su contexto

Amós 8:11-12

Amós anuncia «hambre á la tierra, no hambre de pan, ni sed de agua, sino de oir palabra de Jehová», y que «irán errantes de mar á mar: desde el norte hasta el oriente discurrirán buscando palabra de Jehová, y no la hallarán». La profecía tiene un destinatario nombrado. A Amós se le dijo: «Ve, y profetiza á mi pueblo Israel» (Amós 7:15), y la visión inmediatamente anterior a esta dice: «Venido ha el fin sobre mi pueblo Israel» (Amós 8:2). El hambre es el juicio de Dios sobre el reino del norte de Israel en los días del propio Amós.

El libro no termina ahí. Amós 9:11 promete: «En aquel día yo levantaré el tabernáculo de David, caído», y en Hechos 15:16-17 Santiago aplica esta promesa a la entrada de los gentiles en la Iglesia: «volveré y restauraré la habitación de David, que estaba caída ... Para que el resto de los hombres busque al Señor». El Nuevo Testamento lee la restauración que sigue al hambre de Amós como ya en marcha en la Iglesia apostólica.

2 Tesalonicenses 2:3

San Pablo escribe que «[no vendrá] sin que venga antes la apostasía, y se manifieste el hombre de pecado». Jackson señala que la palabra griega, apostasia, puede significar rebelión o revuelta y no una deriva gradual, y sostiene que «la rebelión desplazaría a Dios de su posición en la Iglesia».2 El punto sobre la palabra es justo. El contexto, sin embargo, vincula la apostasía con el fin. San Pablo corrige a personas que creían que «el día del Señor ya llegó» (BES) (2 Tesalonicenses 2:2), y dice que el inicuo será destruido por el Señor «con el resplandor de su venida» (2:8). El pasaje no dice que la apostasía sería total ni que la Iglesia sería restaurada antes del regreso de Cristo, y la instrucción de San Pablo a los mismos lectores es «estad firmes, y retened la doctrina que habéis aprendido» (2:15), no esperar una restauración.

Otros textos de advertencia

2 Timoteo 4:3 dice: «vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina». San Judas, en el versículo posterior a su llamado a contender por la fe, advierte que «algunos hombres han entrado encubiertamente» (Judas 4, también en la lista de los santos de los últimos días). En cada caso se dice a los fieles que se mantengan firmes. Estos textos muestran que la apostasía ocurre dentro de la Iglesia; ninguno dice que se tragaría a la Iglesia entera.

Objeciones y respuestas

«Las puertas del Hades no prevalecieron, porque la Iglesia siguió en el mundo de los espíritus».

La organización apologética de los santos de los últimos días FAIR argumenta que las puertas prevalecen solo reteniendo a la gente dentro o fuera, de modo que el versículo puede significar que la obra de la Iglesia alcanzaría a los muertos, o que la Iglesia sería retenida por un tiempo en el mundo de los espíritus antes de volver a la tierra.18 Es una lectura reflexiva de la imagen. Pero Jesús habla de una comunidad en la tierra, a la que da autoridad sobre «todo lo que ligares en la tierra» (Mateo 16:19). Una Iglesia confinada a los muertos durante diecisiete siglos es precisamente una Iglesia a la que la muerte había vencido en la tierra.

«La indefectibilidad es circular: lo que sobrevivió se llama la Iglesia».

Esta es una objeción seria, pero los primeros cristianos no apelaban a la mera supervivencia. San Ireneo apela a una prueba pública y comprobable: cualquiera que, «en cada Iglesia», quiera «ver la verdad» puede «contemplar claramente la tradición de los apóstoles manifestada en todo el mundo», y puede nombrar a «los que fueron instituidos obispos en las Iglesias por los apóstoles».17 Describe a la Iglesia «aunque esparcida por todo el mundo», que guarda con cuidado la misma fe «como si ocupara una sola casa».19 {{strong: Los escritores del siglo II describen la misma fe enseñada en muchas ciudades mediante sucesiones conocidas de obispos.}} Hegesipo, tras visitar Corinto y Roma, escribió: «En toda sucesión, y en toda ciudad se mantiene lo que predican la ley y los profetas y el Señor».20 Cuando surgían disputas, la Iglesia las resolvía como lo hicieron los apóstoles en Hechos 15, en concilio. Hopko describe el patrón: «un consenso de opinión entre todos los creyentes inspirados por Dios que eran guiados por sus líderes designados, primero los apóstoles y luego los obispos».21 Esa afirmación puede contrastarse con los documentos, y los primeros de esos testigos se presentan en Los más cercanos a los apóstoles.

«La verdadera Iglesia es invisible, así que nunca necesitó una sucesión visible».

La Confesión de Westminster dice que la Iglesia católica «ha sido unas veces más y otras menos visible».5 Los ortodoxos responden que la Iglesia del Nuevo Testamento es un cuerpo ante el cual se puede llevar una disputa (Mateo 18:17), con supervisores nombrados (Hechos 20:28). San Pablo habla de Cristo y de «su cuerpo, que es la iglesia» (Colosenses 1:24), hecho visible en la Eucaristía: «Porque un pan, [es que] muchos somos un cuerpo; pues todos participamos de aquel un pan» (1 Corintios 10:17). San Ignacio unió ambas cosas: «Cuiden, pues, de tener una sola Eucaristía», porque hay «un solo altar; como hay un solo obispo, junto con el presbiterio y los diáconos».22 En otro lugar, en la traducción de Lightfoot, escribe: «Dondequiera que aparezca el obispo, allí esté el pueblo; así como donde esté Jesús, allí está la Iglesia universal».23 De cualquier modo, esta visión sigue sosteniendo que la Iglesia nunca desapareció.

«La Escritura predice la apostasía, de modo que se están ignorando las advertencias».

Lo hace, y las advertencias no deben suavizarse. Pero la apostasía dentro de la Iglesia es distinta de la apostasía de la Iglesia. El Nuevo Testamento abunda en la primera y en ninguna parte enseña la segunda; su remedio es siempre aferrarse a lo que se recibió.

Los santos de los últimos días pueden responder que su posición descansa finalmente en la revelación a José Smith, quien relató que se le dijo que las iglesias de su época «todas estaban en error» (José Smith—Historia 1:19); Doctrina y Convenios llama a la Iglesia restaurada «la única iglesia verdadera y viviente sobre la faz de toda la tierra» (1:30).24 Ahí está finalmente el desacuerdo, y significa que los textos bíblicos se leen a través de la revelación posterior y no al revés. El artículo más extenso del sitio sobre la afirmación de restauración de los santos de los últimos días (en inglés) trata esa cuestión.

Lo que podemos decir con confianza

  • El Nuevo Testamento advierte repetidamente de falsos maestros y de apostasía local, pero en ninguna parte afirma que la Iglesia en su conjunto dejaría de existir antes del regreso de Cristo.
  • Varias promesas están formuladas para sobrevivir a los apóstoles: «hasta el fin del mundo» (Mateo 28:20), «para siempre» (Juan 14:16), «para vuestros hijos» (Hechos 2:39), «por todas edades» (Efesios 3:21).
  • Los apóstoles dispusieron sucesores durante su propia vida (Hechos 1:20–26; 14:23; Tito 1:5; 2 Timoteo 2:2), y 1 Clemente dice que lo hicieron a propósito.
  • Amós 8:11-12 es, en su contexto, un juicio sobre el antiguo Israel, y el Nuevo Testamento aplica la promesa de reconstrucción que sigue en Amós a la Iglesia apostólica (Hechos 15:16–17).
  • La propia enseñanza de los santos de los últimos días acepta que se puede prometer que una iglesia nunca será destruida, y aplica Daniel 2:44 a la Iglesia restaurada.

Lo que sigue en disputa

  • La identidad de la «piedra» de Mateo 16:18, y por tanto lo que el versículo dice sobre San Pedro y sus sucesores, divide a ortodoxos, católicos y protestantes.
  • Dónde se encuentra la Iglesia que continúa es motivo de disputa entre las tradiciones que coinciden en que nunca desapareció.
  • Los eruditos debaten la autoría y la fecha de las Cartas Pastorales, aunque estas cartas siguen siendo testigos tempranos desde cualquier punto de vista.
  • Hasta qué punto las promesas hechas a los apóstoles (Juan 14–16) o a Israel (Isaías 59:21) se aplican a la Iglesia posterior es cuestión de interpretación, no de simple lectura.
  • La narrativa de la Gran Apostasía está siendo reexaminada por los eruditos, como en el volumen de Oxford de 2014 Standing Apart, editado por Miranda Wilcox y John D. Young.25

Conclusión

La Iglesia que describe la Escritura es un rebaño con lobos a la puerta y candeleros bajo reprensión. Lo que la sostiene es la fidelidad de su Señor, que prometió edificarla, estar con ella hasta el fin del mundo y enviar al Espíritu para que permanezca con ella para siempre. Los apóstoles confiaron en esa promesa lo bastante como para planear las generaciones posteriores a ellos, y esas generaciones dicen haber recibido lo que se les transmitió.

Para la Iglesia ortodoxa esto es, ante todo, un don recibido. En cada Divina Liturgia confiesa, en el Credo de Nicea y Constantinopla, la fe «en la Iglesia, Una, Santa, Católica y Apostólica» (texto del Credo según la Diócesis de México de la Iglesia Ortodoxa en América), y sabe por su propia historia cuántas veces esa Iglesia ha sido herida por los pecados de sus miembros. Los santos de los últimos días que aman a Cristo y anhelan Su autoridad en la tierra están haciendo la pregunta correcta. La respuesta que da la Escritura es que Él nunca la quitó. Los candeleros fueron advertidos, y el Señor que camina entre ellos nunca se fue.

Notas

  1. La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, «Apostasía» (Estudio doctrinal), Temas y preguntas (2023), churchofjesuschrist.org (versión en español). ↩
  2. Kent P. Jackson, «Early Signs of the Apostasy», Ensign, diciembre de 1984, churchofjesuschrist.org. Jackson era entonces profesor asistente de Escritura antigua en la Universidad Brigham Young. ↩
  3. Thomas Hopko, The Orthodox Faith, vol. 1, Doctrine and Scripture, «The Symbol of Faith: Church» (Orthodox Church in America, edición en línea en oca.org). Hopko cita 1 Timoteo 3:15 en la RSV. La misma página da las palabras del Credo «Iglesia, Una, Santa, Católica y Apostólica». ↩
  4. Tercer Concilio de Constantinopla (680-681), Sexto Concilio Ecuménico, sesión XIII, «The Sentence Against the Monothelites», trad. Henry Percival, NPNF2 vol. 14 (1900), newadvent.org/fathers/3813.htm. El Séptimo Concilio (787) recuerda el mismo juicio, newadvent.org/fathers/3819.htm. ↩
  5. The Westminster Confession of Faith (1646), capítulo 25, secciones 4-5, edición de la Orthodox Presbyterian Church, opc.org. ↩
  6. Catecismo de la Iglesia Católica, 2.ª ed., n. 869, vatican.va. ↩
  7. Dallin H. Oaks, «La Apostasía y la Restauración» (en inglés, «Apostasy and Restoration»), conferencia general, abril de 1995, churchofjesuschrist.org. ↩
  8. La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, Guía para el Estudio de las Escrituras, «Apostasía», sección «Apostasía de la Iglesia cristiana primitiva», churchofjesuschrist.org. ↩
  9. «Apostasía», Estudio doctrinal (nota 1), que cita Doctrina y Convenios 138:44 y Daniel 2:44; Doctrina y Convenios 65:2 y 138:44, churchofjesuschrist.org. ↩
  10. The Holy Bible, New King James Version (Nashville: Thomas Nelson, 1982), texto comprobado en biblegateway.com, es la versión que cita el original inglés; en esta edición en español las citas son de la Reina-Valera (RV1909), salvo la marcada «(BES)», de La Biblia en Español Sencillo. Se omiten las letras de referencias cruzadas. ↩
  11. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 881. ↩
  12. Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Evangelio de Mateo 54.3, trad. George Prevost, rev. M. B. Riddle, NPNF1 vol. 10 (1888), newadvent.org. Crisóstomo da esta explicación inmediatamente después de las palabras «sobre esta piedra edificaré mi iglesia» (Mateo 16:18). ↩
  13. Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: José Smith (2007), capítulo 16, «La revelación y el profeta viviente», churchofjesuschrist.org (versión en español). El New Testament Class Member Study Guide de la Iglesia (1997), lección 13, da la misma enseñanza y cita Teachings of the Prophet Joseph Smith (1976), 274. ↩
  14. Artículos de Fe 1:6, La Perla de Gran Precio, churchofjesuschrist.org. ↩
  15. «Pastoral Epistles», Encyclopedia of the Bible (Zondervan), biblegateway.com/resources. El artículo expone las objeciones y argumenta a favor de la autoría paulina. ↩
  16. 1 Clemente 42.4 y 44.1-2, trad. J. B. Lightfoot, en Lightfoot y Harmer, The Apostolic Fathers (1891), earlychristianwritings.com. ↩
  17. Ireneo, Contra las herejías 3.3.1 y 3.3.3, trad. Alexander Roberts y William Rambaut, ANF vol. 1 (1885), newadvent.org. ↩
  18. FAIR, «Apostasy/The 'gates of hell'», FAIR Answers wiki, fairlatterdaysaints.org. FAIR es una organización apologética independiente de los santos de los últimos días, no una fuente oficial de la Iglesia. ↩
  19. Ireneo, Contra las herejías 1.10.2, ANF vol. 1 (como en la nota 17). ↩
  20. Hegesipo, citado en Eusebio, Historia eclesiástica 4.22.3, trad. Arthur Cushman McGiffert, NPNF2 vol. 1 (1890), newadvent.org. La oración es elíptica tal como aparece en esta traducción. ↩
  21. Thomas Hopko, The Orthodox Faith, vol. 1, Doctrine and Scripture, «Sources of Christian Doctrine: The Councils», oca.org. ↩
  22. Ignacio de Antioquía, A los filadelfios 4, trad. Alexander Roberts y James Donaldson, ANF vol. 1 (1885), newadvent.org/fathers/0108.htm. Colosenses 1:24 y 1 Corintios 10:17 son de la Reina-Valera 1909. ↩
  23. Ignacio de Antioquía, A los esmirniotas 8.2, trad. J. B. Lightfoot, en Lightfoot y Harmer (1891), earlychristianwritings.com. ↩
  24. José Smith—Historia 1:19, La Perla de Gran Precio; Doctrina y Convenios 1:30, churchofjesuschrist.org. ↩
  25. Miranda Wilcox y John D. Young, eds., Standing Apart: Mormon Historical Consciousness and the Concept of Apostasy (Nueva York: Oxford University Press, 2014), descripción de la editorial en academic.oup.com. ↩

Bibliografía

Fuentes primarias

  • The Holy Bible, New King James Version. Nashville: Thomas Nelson, 1982 (versión citada en el original inglés; esta edición en español cita la Reina-Valera de 1909 y, donde se indica, La Biblia en Español Sencillo).
  • Clemente de Roma. Primera epístola a los corintios. En The Apostolic Fathers, editado y traducido por J. B. Lightfoot y J. R. Harmer. Londres: Macmillan, 1891.
  • Ignacio de Antioquía. Epístola a los esmirniotas. En Lightfoot y Harmer, The Apostolic Fathers, 1891.
  • Ignacio de Antioquía. A los filadelfios. Traducido por Alexander Roberts y James Donaldson. Ante-Nicene Fathers, vol. 1. 1885.
  • Tercer Concilio de Constantinopla (680-681) y Segundo Concilio de Nicea (787). Traducido por Henry Percival. Nicene and Post-Nicene Fathers, 2.ª serie, vol. 14. Buffalo, NY: Christian Literature Publishing Co., 1900.
  • Ireneo de Lyon. Contra las herejías. Traducido por Alexander Roberts y William Rambaut. Ante-Nicene Fathers, vol. 1. Buffalo, NY: Christian Literature Publishing Co., 1885. Edición revisada en newadvent.org.
  • Eusebio de Cesarea. Historia eclesiástica. Traducido por Arthur Cushman McGiffert. Nicene and Post-Nicene Fathers, 2.ª serie, vol. 1. Buffalo, NY: Christian Literature Publishing Co., 1890. Edición revisada en newadvent.org.

Fuentes ortodoxas y patrísticas

  • Juan Crisóstomo. Homilías sobre el Evangelio de Mateo. Traducido por George Prevost, revisado por M. B. Riddle. Nicene and Post-Nicene Fathers, 1.ª serie, vol. 10. Buffalo, NY: Christian Literature Publishing Co., 1888. Edición revisada en newadvent.org.
  • Hopko, Thomas. The Orthodox Faith, vol. 1, Doctrine and Scripture (secciones «Church» y «The Councils»). Orthodox Church in America, edición en línea en oca.org.

Otros estudios (incluidos eruditos que discrepan)

  • Catecismo de la Iglesia Católica. 2.ª ed. Libreria Editrice Vaticana. vatican.va.
  • The Westminster Confession of Faith. Edición de la Orthodox Presbyterian Church, opc.org.
  • «Pastoral Epistles». Encyclopedia of the Bible. Zondervan. En línea en biblegateway.com/resources.
  • Wilcox, Miranda, y John D. Young, eds. Standing Apart: Mormon Historical Consciousness and the Concept of Apostasy. Nueva York: Oxford University Press, 2014.

Fuentes de la tradición de los santos de los últimos días

  • La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. «Apostasía». Estudio doctrinal, Temas y preguntas, 2023. churchofjesuschrist.org.
  • La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Guide to the Scriptures, «Apostasy». churchofjesuschrist.org.
  • La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: José Smith. Salt Lake City, 2007. Capítulo 16.
  • La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. New Testament Class Member Study Guide. 1997. Lección 13.
  • Doctrina y Convenios, secciones 1, 65 y 138; La Perla de Gran Precio, José Smith—Historia y Artículos de Fe. churchofjesuschrist.org.
  • Jackson, Kent P. «Early Signs of the Apostasy». Ensign, diciembre de 1984.
  • Oaks, Dallin H. «Apostasy and Restoration». Discurso de la conferencia general, abril de 1995. churchofjesuschrist.org.
  • FAIR. «Apostasy/The 'gates of hell'». FAIR Answers. fairlatterdaysaints.org.

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