¿Qué es la unión hipostática? Una persona, dos naturalezas

La unión hipostática es el nombre que da la Iglesia a cómo Jesucristo es a la vez Dios y hombre: una sola persona, el Hijo eterno, que existe en dos naturalezas completas. Qué significan los términos, los errores que se acuñaron para excluir, y por qué se siguen de ahí la comunicación de propiedades y las dos voluntades de Cristo.

¿Cómo puede un solo Jesús ser Dios y hombre sin ser dos personas ni una mezcla de ambos? La Iglesia primitiva respondió con un pequeño conjunto de palabras cuidadosamente elegidas.

En resumen

La unión hipostática es el nombre de la unión de la divinidad y la humanidad en Jesucristo. Afirma que hay una sola persona en Cristo, el Hijo eterno de Dios, y que esta única persona existe en dos naturalezas completas, divina y humana, que se unen sin mezclarse y se distinguen sin separarse. La palabra hipostática viene del griego hypostasis, que en este contexto significa el sujeto personal: la unión ocurre en la persona del Hijo. Este artículo explica los términos, muestra los errores que se acuñaron para excluir y extrae dos consecuencias fáciles de pasar por alto: la comunicación de propiedades, que permite a los cristianos decir que Dios nació y murió, y la enseñanza de que Cristo tiene una voluntad humana además de una divina. Para saber por qué la unión importa para la salvación, véase el artículo fundamental ¿Por qué Dios se hizo hombre?; para la historia del concilio que la definió, véase ¿Qué definió realmente el Concilio de Calcedonia?

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El problema que resuelven las palabras

El Nuevo Testamento habla de Jesús de dos maneras a la vez. Lo llama Dios: el Verbo que «era Dios» y «fué hecho carne»,1 aquel a quien Tomás dice «¡Señor mío, y Dios mío!»,2 aquel en quien «habita toda la plenitud de la divinidad corporalmente».3 También describe una vida humana ordinaria. Jesús «crecía en sabiduría, y en edad, y en gracia para con Dios y los hombres».4 Tuvo hambre y cansancio. Ante la tumba de un amigo, «lloró Jesús».5 Del último día dice que «nadie sabe; ni aun los ángeles que están en el cielo, ni el Hijo, sino el Padre».6 (Las citas bíblicas son de la Reina-Valera 1909, salvo que se indique otra versión; los corchetes son de esa edición.)

Ambos conjuntos de afirmaciones se hacen acerca del mismo sujeto, y San Pablo puede combinarlas en una sola frase: los príncipes de este siglo «nunca hubieran crucificado al Señor de gloria».7 La tarea de la Iglesia primitiva era encontrar una manera de hablar que mantuviera verdaderos ambos conjuntos de afirmaciones sin disolver ninguno. Muy pronto, la respuesta se formuló en paradoja. San Ignacio de Antioquía, que escribía hacia comienzos del siglo II, llama a Cristo el «único Médico, poseedor a la vez de carne y de espíritu; hecho y no hecho; Dios existiendo en la carne; vida verdadera en la muerte; a la vez de María y de Dios» (traducción nuestra).8 El vocabulario técnico posterior es un intento de decir con precisión lo que San Ignacio dijo en poesía.

Persona y naturaleza

La clave es una distinción entre quién es alguien y qué es alguien. Una naturaleza (en griego physis, estrechamente relacionada con ousia, esencia o sustancia) es lo que una cosa es: el conjunto de propiedades que hacen que algo sea humano, o divino. Una persona o hipóstasis es quién es alguien: el sujeto concreto que tiene una naturaleza y a quien pertenecen las acciones y las experiencias. Cuando decimos Pedro camina y Pedro piensa, Pedro es el único sujeto, y el caminar y el pensar pertenecen a la naturaleza humana que tiene.

Aplicada a Cristo, la distinción da la respuesta de la Iglesia. Hay un solo quién en Cristo: el Hijo eterno, la segunda persona de la Trinidad. Hay dos qués: la naturaleza divina que ha tenido siempre y que comparte con el Padre y el Espíritu, y la naturaleza humana completa, cuerpo y alma racional, que tomó de su madre. La unión es hipostática porque ocurre en la hipóstasis, la persona. San Cirilo de Alejandría usó el término en sus anatemas contra Nestorio en el siglo V:

«Si alguno no confiesa que el Verbo de Dios Padre está unido hipostáticamente a la carne, y que con esa carne suya es un solo Cristo, Dios y hombre a la vez: sea anatema.»

San Cirilo de Alejandría, anatema 2 contra Nestorio9

Conviene descartar de inmediato dos malentendidos. La naturaleza humana de Cristo no es un ser humano distinto a quien el Hijo hubiera acogido como amigo o en quien hubiera habitado; nunca existió por sí sola antes de la unión ni aparte de ella. Y el Hijo no hizo surgir una persona humana junto a sí mismo; el Hijo mismo es quien nace, crece, sufre y muere, en la naturaleza que hizo suya.

Cuatro maneras de equivocarse

El vocabulario se forjó frente a posturas que conservaban cada una una parte del testimonio bíblico a costa de sacrificar otra. Se recuerdan mejor como cuatro líneas de frontera.

Negar que es plenamente Dios. Arrio, en el siglo IV, enseñó que el Hijo era la primera y más alta de las criaturas. El Concilio de Nicea respondió que el Hijo es de una misma sustancia con el Padre, y el credo del 381 lo confiesa como «Verdadero Dios de Dios Verdadero, engendrado, no hecho» (texto del Credo según la Diócesis de México de la Iglesia Ortodoxa en América).10 El artículo de este sitio sobre San Atanasio contra los arrianos cuenta esa historia.

Negar que es plenamente hombre. Apolinar de Laodicea enseñó que el Verbo divino ocupaba en Cristo el lugar de una mente humana. San Gregorio Nacianceno respondió que un Cristo así no podía salvar la mente humana: «Si alguien ha puesto su confianza en Él como un Hombre sin mente humana, está realmente privado de mente y es del todo indigno de la salvación. Pues lo que no ha asumido no lo ha sanado».11

Dividirlo en dos sujetos. Nestorio, obispo de Constantinopla, objetó que se llamara a María Theotokos (Madre de Dios), la que dio a luz a Dios, y sus adversarios entendieron que quería decir que el hombre Jesús y el Verbo divino eran dos sujetos unidos por una asociación moral. La respuesta de San Cirilo niega toda unión «solo mediante una participación en dignidad y autoridad» e insiste en que «no conocemos sino a un solo Cristo, el Verbo de Dios Padre con su propia Carne».12 Si el propio Nestorio sostuvo la postura que atacó San Cirilo es algo que los historiadores siguen debatiendo, por lo cual este artículo describe el error en lugar de atribuírselo con firmeza al hombre.

Fusionar las dos naturalezas en una. Eutiques, un monje de Constantinopla, fue condenado por enseñar que, después de la unión, la humanidad de Cristo quedó absorbida en su divinidad. Contra esto, San León, obispo de Roma, escribió la carta a Flaviano que el Concilio de Calcedonia respaldó. Las naturalezas siguen siendo distintas, argumenta San León, y cada una actúa según lo que es: «Pues cada forma hace lo que le es propio con la cooperación de la otra; esto es, el Verbo realizando lo que corresponde al Verbo, y la carne llevando a cabo lo que corresponde a la carne. Una de ellas resplandece con milagros, la otra sucumbe a las injurias».13

Las cuatro palabras de Calcedonia

El Concilio de Calcedonia, en 451, reunió estas fronteras en una sola definición. Confiesa a Cristo como «perfecto en la Divinidad y perfecto en la humanidad, verdadero Dios y verdadero hombre», «consubstancial con el Padre en cuanto a su Divinidad, y consubstancial con nosotros en cuanto a su humanidad», y luego expone la unión en cuatro adverbios negativos:

«Este mismo y único Jesucristo, el Hijo unigénito [de Dios], debe ser confesado en dos naturalezas, inconfusamente, inmutablemente, indivisiblemente, inseparablemente [unidas], y esto sin que la distinción de naturalezas sea suprimida por tal unión, sino más bien preservándose la propiedad peculiar de cada naturaleza y uniéndose en una sola Persona y subsistencia, no separado ni dividido en dos personas»

Concilio de Calcedonia, Definición de fe14

Los cuatro adverbios se citan a menudo en una traducción moderna como sin confusión, sin cambio, sin división, sin separación. Cada uno excluye un error. Inconfusamente e inmutablemente descartan una mezcla en la que la divinidad y la humanidad se funden en una tercera cosa, o una se convierte en la otra. Indivisiblemente e inseparablemente descartan dos sujetos que simplemente cooperan. La definición no explica cómo funciona la unión. Marca los límites de lo que puede decirse y deja el misterio dentro de ellos.

No todas las Iglesias antiguas aceptaron Calcedonia. Las Iglesias ortodoxas orientales, no calcedonianas (entre ellas las tradiciones copta, armenia, siria y etíope) rechazaron su formulación y prefieren el lenguaje de San Cirilo de una sola naturaleza encarnada del Verbo. Si el desacuerdo es de fondo o sobre todo de vocabulario se ha debatido en el diálogo moderno entre estas Iglesias y las Iglesias ortodoxa y católica. El artículo sobre Calcedonia y Los siete Concilios Ecuménicos ofrecen el trasfondo.

La comunicación de propiedades

Si en Cristo hay un solo sujeto, entonces todo lo que es verdad de cualquiera de las naturalezas es verdad de esa única persona. Es el principio que los teólogos llaman comunicación de propiedades (communicatio idiomatum), y explica buena parte del lenguaje cristiano que puede sonar extraño. Por eso los cristianos pueden decir que Dios nació de María, y que el Señor de gloria fue crucificado, sin querer decir que la naturaleza divina comenzó a existir o sufrió. San Juan Damasceno, en el siglo VIII, reunió la tradición anterior en un resumen:

«Pues el Señor de la Gloria es uno y el mismo con Aquel que es por naturaleza y en verdad el Hijo del Hombre, es decir, que se hizo hombre, y tanto sus prodigios como sus sufrimientos nos son conocidos, aunque sus prodigios fueron obrados en su condición divina, y sus sufrimientos soportados como hombre.»

San Juan Damasceno, Exposición exacta de la fe ortodoxa III.315

Unas líneas antes dice que «se dice que el Señor de la Gloria fue crucificado, aunque su naturaleza divina nunca soportó la Cruz», y en el capítulo siguiente nombra el principio: «cada naturaleza dando en intercambio a la otra sus propias propiedades, por la identidad de la subsistencia y la interpenetración de las partes entre sí».16

El principio es la razón de una de las palabras más disputadas del siglo V. San Cirilo defendió el título Theotokos exactamente por estas razones. Los Padres, escribió, «se atrevieron a llamar a la santa Virgen Madre de Dios, no como si la naturaleza del Verbo o su divinidad hubiera tenido su comienzo en la santa Virgen, sino porque de ella nació aquel santo cuerpo con alma racional, al cual el Verbo, estando unido personalmente, se dice que nació según la carne».17 El título es, ante todo, una afirmación sobre Cristo: aquel a quien María dio a luz es Dios Hijo. El artículo de este sitio sobre María en la Iglesia primitiva trata de lo demás que el título llegó a abarcar.

La misma lógica se aplica a la cruz. El duodécimo anatema de San Cirilo exige la confesión «de que el Verbo de Dios padeció en la carne, que fue crucificado en la carne, y que igualmente en esa misma carne probó la muerte».18 El principio no es solo católico y ortodoxo. La Confesión de Westminster, el estándar reformado de 1646, lo formula con sus propias palabras: «por razón de la unidad de la persona, lo que es propio de una naturaleza se atribuye a veces en la Escritura a la persona denominada por la otra naturaleza».19 Los teólogos luteranos y reformados discreparon después con dureza sobre hasta dónde llega el intercambio, sobre todo en lo que respecta a la presencia de Cristo en la Eucaristía, pero comparten el punto de partida.

Dos voluntades

Una controversia del siglo VII puso a prueba si se había entendido plenamente la unión. Algunos propusieron, como compromiso con quienes rechazaban Calcedonia, que Cristo tenía dos naturalezas pero una sola voluntad o una sola operación. La objeción era que una naturaleza humana sin voluntad humana no es una naturaleza humana completa y que, por tanto, según el principio de San Gregorio, la voluntad humana no sería sanada. El Tercer Concilio de Constantinopla, en 680–681, estuvo de acuerdo:

«definiendo todo esto declaramos igualmente que en él hay dos voluntades naturales y dos operaciones naturales, indivisiblemente, inconvertiblemente, inseparablemente, inconfusamente, según la enseñanza de los santos Padres. Y estas dos voluntades naturales no son contrarias la una a la otra (¡Dios no lo permita!) como afirman los herejes impíos, sino que su voluntad humana sigue, y no como resistiendo y reacia, sino más bien como sometida a su voluntad divina y omnipotente.»

Tercer Concilio de Constantinopla, Definición de fe20

Los Evangelios dan la imagen más clara de esto en Getsemaní, donde Jesús ora: «Abba, Padre, todas las cosas son á ti posibles; traspasa de mí este vaso; empero no lo que yo quiero, sino lo que tú».21 Según la lectura del concilio, la oración no es un conflicto entre dos personas. Es la voluntad humana del Hijo, que retrocede ante la muerte como lo hace una voluntad humana, y que se alinea libremente con la voluntad que comparte con el Padre. Esa libertad no significa que el Hijo pudiera haber pecado. No podía: quien quiere humanamente aquí es el Hijo eterno, y, como dice San Juan Damasceno, su alma humana «quería por su libre albedrío aquellas cosas que su voluntad divina quería que quisiera» (Exposición exacta III.18). Su retroceder ante la muerte es un movimiento humano natural e inocente, no una inclinación a desobedecer. La enseñanza ortodoxa, y la postura contraria de algunos teólogos protestantes, se exponen en ¿Pudo Jesús haber pecado?

¿Es coherente?

La objeción más fuerte es lógica. ¿Cómo puede un mismo sujeto ser a la vez omnisciente e ignorante del último día, impasible y sufriente? Si la misma persona tiene propiedades contradictorias, la doctrina parece enunciar una contradicción.

La respuesta clásica es que las propiedades se tienen en aspectos distintos. La única persona conoce todas las cosas como Dios y crece en conocimiento como hombre; está más allá del sufrimiento como Dios y sufre como hombre. La fórmula de San Juan Damasceno, prodigios «en su condición divina» y sufrimientos «soportados como hombre», es una aplicación de esto. Si esa respuesta tiene éxito es algo que hoy discuten los filósofos de la religión, y algunos pensadores cristianos proponen otros modelos. Pero la objeción no demuestra que la doctrina diga algo como un círculo cuadrado. Dice que un solo sujeto tiene dos modos de existir, y nos pide atribuir cada propiedad según la naturaleza a la que pertenece.

Una segunda objeción es que la doctrina va más allá de la Escritura al usar palabras filosóficas. Los concilios eran conscientes de ello. Su respuesta fue que las palabras se adoptaron para proteger lo que dice la Escritura, después de que fórmulas puramente bíblicas hubieran sido aceptadas por personas que querían decir con ellas cosas contrarias. La carta de San León expone el objetivo con claridad: en Cristo el Verbo «tomó la forma de siervo sin mancha de pecado, aumentando lo humano y no disminuyendo lo divino».22 Eso es un resumen de Filipenses 2, no un sustituto de ese pasaje.

Lo que podemos afirmar con confianza

Las definiciones citadas aquí son textos históricos seguros, y su significado no está en duda: una sola persona, el Hijo de Dios, en dos naturalezas completas, unidas sin confusión ni separación, con dos voluntades naturales y dos operaciones naturales (energías) en armonía. Las Iglesias católica, ortodoxa y la mayoría de las protestantes aceptan esta cristología; la Confesión de Westminster enuncia el intercambio de propiedades en sus propios términos. Los términos se acuñaron para excluir posturas identificables: un Cristo que no es plenamente Dios, que no es plenamente hombre, que está dividido en dos sujetos o fundido en una sola naturaleza.

Lo que sigue en debate

Lo que Nestorio y Eutiques enseñaron realmente. Los historiadores debaten hasta qué punto cada uno sostuvo las posturas condenadas bajo su nombre.

La relación con las Iglesias ortodoxas orientales. Si su rechazo de Calcedonia refleja una diferencia real de creencia o principalmente de terminología ha sido objeto del diálogo moderno.

El conocimiento humano de Cristo. Cómo entender textos como Marcos 13:32 junto con la divinidad de quien los pronuncia es algo que distintos teólogos, antiguos y modernos, leen de manera diferente.

Los modelos filosóficos. Los filósofos contemporáneos defienden la coherencia de la unión de maneras diversas, y algunos teólogos cristianos sostienen formas de cristología kenótica en las que el Hijo limita el uso de los atributos divinos durante su vida terrenal. Hasta qué punto tales modelos encajan en la definición calcedonia es objeto de disputa.

Notas

  1. Juan 1:1, 14. En el texto inglés de este artículo, las Escrituras se citan de la World English Bible (dominio público). ↩
  2. Juan 20:28. ↩
  3. Colosenses 2:9. ↩
  4. Lucas 2:52. ↩
  5. Juan 11:35. ↩
  6. Marcos 13:32. ↩
  7. 1 Corintios 2:8. ↩
  8. Ignacio de Antioquía, A los efesios 7 (recensión breve), trad. Alexander Roberts y James Donaldson, ANF 1 (1885), newadvent.org/fathers/0104.htm. ↩
  9. Cirilo de Alejandría, Doce anatemas contra Nestorio, 2, trad. Henry Percival, NPNF 2.ª serie, vol. 14 (1900), newadvent.org/fathers/3810.htm. Los anatemas son de Cirilo; su condición conciliar formal es objeto de debate. ↩
  10. Credo de Constantinopla (381), trad. Percival, newadvent.org/fathers/3808.htm. ↩
  11. Gregorio Nacianceno, Carta 101, a Cledonio, trad. C. G. Browne y J. E. Swallow, NPNF 2.ª serie, vol. 7 (1894), newadvent.org/fathers/3103a.htm. ↩
  12. Cirilo de Alejandría, Tercera carta a Nestorio, trad. Percival, newadvent.org/fathers/3810.htm. ↩
  13. León Magno, Carta 28 (el Tomo), §IV, trad. Charles Lett Feltoe, NPNF 2.ª serie, vol. 12 (1895), newadvent.org/fathers/3604028.htm. Sobre la recepción de la carta en Calcedonia, véase el preámbulo de la Definición (nota 14). ↩
  14. Concilio de Calcedonia (451), Definición de fe, trad. Percival, NPNF 2.ª serie, vol. 14, newadvent.org/fathers/3811.htm. Los corchetes son del traductor. ↩
  15. Juan Damasceno, Exposición exacta de la fe ortodoxa III.3, trad. E. W. Watson y L. Pullan, NPNF 2.ª serie, vol. 9 (1899), newadvent.org/fathers/33043.htm. ↩
  16. Juan Damasceno, Exposición exacta III.3–4. ↩
  17. Cirilo de Alejandría, Segunda carta a Nestorio, trad. Percival, newadvent.org/fathers/3810.htm. ↩
  18. Cirilo, anatema 12, como en la nota 9. ↩
  19. Confesión de Fe de Westminster VIII.7, texto publicado por la Iglesia Presbiteriana Ortodoxa. ↩
  20. Tercer Concilio de Constantinopla (680–681), Definición de fe, trad. Percival, newadvent.org/fathers/3813.htm. ↩
  21. Marcos 14:36. ↩
  22. León Magno, Carta 28, §III. ↩

Bibliografía

Escritura

  • World English Bible. Dominio público.

Escritores cristianos antiguos y medievales

  • Cirilo de Alejandría. Segunda y Tercera cartas a Nestorio; Doce anatemas. Traducción de Henry Percival. NPNF, 2.ª serie, vol. 14. 1900.
  • Gregorio Nacianceno. Carta 101, a Cledonio. NPNF, 2.ª serie, vol. 7. 1894.
  • Ignacio de Antioquía. To the Ephesians. ANF, vol. 1. 1885.
  • Juan Damasceno. An Exact Exposition of the Orthodox Faith. Traducción de E. W. Watson y L. Pullan. NPNF, 2.ª serie, vol. 9. 1899.
  • León Magno. Carta 28, a Flaviano. Traducción de Charles Lett Feltoe. NPNF, 2.ª serie, vol. 12. 1895.

Concilios y confesiones

  • Credo de Constantinopla (381); Definición de Calcedonia (451); Definición del Tercer Concilio de Constantinopla (680–681). Traducción de Henry Percival. NPNF, 2.ª serie, vol. 14. 1900.
  • Confesión de Fe de Westminster (1646), capítulo VIII.

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Nestorio objetó el título Theotokos; si sostuvo la postura que condenó Cirilo es objeto de debateHistorias habituales; notas de investigación §4.3, punto 11Alta para la objeción; la interpretación se presenta como debatida
Eutiques fue condenado por enseñar que la humanidad quedó absorbida en la divinidadHistorias habituales; la carta de León se escribió contra su enseñanza (Definición de Calcedonia, preámbulo)Alta
Las Iglesias ortodoxas orientales rechazaron la formulación de Calcedonia y prefieren el lenguaje de Cirilo de una sola naturaleza encarnadaHistorias habitualesAlta; el diálogo moderno se describe solo en términos generales
El monotelismo surgió como propuesta de compromiso con los opositores de CalcedoniaHistorias habituales del siglo VIIAlta para el relato general
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