Este es uno de los debates más antiguos del cristianismo, y ha herido a muchos creyentes. El Oriente histórico tiene una respuesta distinta de la del Occidente reformado, y puede darte paz.
Los textos que apuntan a la predestinación
- Romanos 8:29–30 — «á los que antes conoció, también predestinó... llamó... justificó... glorificó.» (Las citas bíblicas son de la Reina-Valera 1909, salvo que se indique otra versión; los corchetes son de esa edición.)
- Efesios 1:4–5 — «nos escogió en él antes de la fundación del mundo.»
- Juan 6:44 — «Ninguno puede venir á mí, si el Padre que me envió no le trajere.»
- Hechos 13:48 — «creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna.»
Los textos que apuntan al libre albedrío
- Deuteronomio 30:19 — «os he puesto delante la vida y la muerte... escoge pues la vida.»
- Juan 3:16 — «todo aquel que en él cree, no se pierda.»
- 1 Timoteo 2:4 — Dios «quiere que todos los hombres sean salvos.»
- 2 Pedro 3:9 — Dios, «no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento.»
- Apocalipsis 22:17 — «el que quiere, tome del agua de la vida de balde.»
Cualquier lector honesto ve ambas cosas. La pregunta es cómo sostenerlas juntas.
La respuesta reformada (calvinista)
La elección soberana de Dios determina quién se salva. Los elegidos creen inevitablemente; su misma fe es don de Dios. El «libre albedrío» humano existe en las decisiones cotidianas, pero está caído y es incapaz de escoger a Dios sin la gracia soberana y eficaz. Esta postura es honesta sobre la prioridad de la gracia, pero le cuesta hacer coherente el amor universal de Dios («de tal manera amó Dios al mundo» suena forzado si él no se propuso salvar a la mayor parte de ese mundo).
La respuesta arminiana (wesleyana, buena parte del evangelicalismo)
Dios ofrece la salvación a todos; los seres humanos la aceptan o la rechazan mediante una respuesta libre y genuina. Dios sabe de antemano quién aceptará, pero no lo determina. Esta postura es honesta sobre la libertad, pero puede deslizarse hacia una salvación que se siente como un logro propio.
La respuesta ortodoxa (y el consenso de la Iglesia primitiva)
Sinergia: la gracia de Dios siempre va primero y siempre es suficiente; nuestra libertad es real y necesaria como respuesta. Dios atrae; nosotros corremos hacia él. Ambas cosas son reales. Ninguna se reduce a la otra.
Lo que dicen los Padres
San Juan Crisóstomo: «Todo depende ciertamente de Dios, pero no de modo que se estorbe nuestro libre albedrío.» (Homilías sobre la Carta a los Hebreos 12.5; traducción nuestra)
San Marcos el Asceta: «La gracia ha sido dada místicamente a los que han sido bautizados en Cristo, y se hace activa en ellos en la medida en que cumplen activamente los mandamientos.» (Sobre los que piensan justificarse por las obras; traducción nuestra)
San Máximo el Confesor: la gracia y la libertad no compiten entre sí. La gracia de Dios sana nuestra libertad en lugar de anularla. La gracia nos hace libres por primera vez.
El giro agustiniano en Occidente
Bajo la presión de la controversia pelagiana (siglo V), Agustín subrayó la prioridad de la gracia con tanta fuerza que algunos de sus seguidores minimizaron la libertad humana. La Reforma heredó esto a través de Lutero y Calvino. La Iglesia de Oriente nunca tomó ese camino. Ha sostenido la gracia y la libertad juntas, de forma paradójica, sin resolverlas con ningún sistema ordenado, desde Pentecostés.
C. S. Lewis sobre el enigma
«Como ven, ahora estamos intentando comprender, y separar en compartimentos estancos, qué hace exactamente Dios y qué hace el hombre cuando Dios y el hombre trabajan juntos.» (Mere Christianity, libro III, cap. 12, sobre Filipenses 2:12-13; traducción nuestra)
Lo que esto significa en lo pastoral
- No puedes salvarte a ti mismo. La gracia de Dios es necesaria. Huye de cualquier enseñanza que sugiera que te ganas la salvación.
- No eres un robot. Tu «sí» a Dios importa. Es verdaderamente tuyo.
- Puedes resistir la gracia. Esteban reprendió a sus oyentes: «vosotros resistís siempre al Espíritu Santo» (Hechos 7:51).
- También puedes responder. El Espíritu atrae; tú puedes correr hacia él.
Al calvinista que pregunta cómo preserva el ortodoxo la soberanía de Dios
El ortodoxo afirma plenamente la soberanía absoluta de Dios. La soberanía de Dios no exige aplastar la libertad humana; de hecho, su soberanía es tan grande que puede crear criaturas verdaderamente libres que cooperen de verdad con él. Un Dios que solo consigue lo que quiere anulando las voluntades que él mismo creó es un Dios más pequeño, no uno más grande.
Al arminiano que pregunta por la seguridad de la salvación
La seguridad no viene de confiar en que tú te aferras a Cristo. Viene de confiar en que él te sostiene a ti. Mantente cerca (en la oración, los sacramentos, el arrepentimiento, el amor) y descubrirás que él te estuvo sosteniendo todo el tiempo. Las advertencias de la Escritura contra la apostasía son reales (Heb. 6:4–6; 10:26–29; Gál. 5:4). También lo es su fidelidad. No presumas; sí confía.
Una palabra pastoral
No dejes que este debate te robe la paz. El Dios que te atrae es el Dios que te quiere. El hecho mismo de que te hagas la pregunta ya es obra del Espíritu. Corre hacia él. Él ha estado corriendo hacia ti desde hace más tiempo del que imaginas: desde antes de la fundación del mundo.